Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

Viaje a lo Desconocido (Crónicas desde mi Celda II).

 

Por Julio Cesar Gálvez Rodríguez

 

( periodista Condenado a 15 años de prisión por querer ejercer el libre derecho de expresión en Cuba)

Colaborador de  “Cuba Nuestra”.

 

Eran pasadas las 7 de la mañana del día 23 de abril, una tenue luz se filtraba por las persianas de concreto, y los cuatro ocupantes de la celda 50 ya habíamos desayunado --un pequeño pan redondo con picadillo de soja y un vaso de 6 onzas de refresco de piña. Tumbado boca arriba en la litera, con los ojos cerrados fui sorprendido por el tono demasiado alto de la voz del carcelero de guardia.

 

--¡ 674! Recoja todo lo suyo y el colchón déjelo allí doblado.

 

La orden fue tan imprevista que todos nos sentamos de inmediato en el borde de nuestras metálicas literas. El celador, nos observaba a través del pequeño mirador existente en la pesada puerta tapiada de hierro. Cuatro pulgadas aproximadamente bastaban para que un par de ojos vigilaran día y noche.

 

--¡Vamos! No se demore--insistió el hombre.

 

Casualmente, recordaba que se cumplían 36 días de encierro en Villa Marista. El llamado del guardia ya lo esperaba en cualquier momento. Hacia más de una semana tenía preparadas mis pertenencias en dos bolsas de nylon, de las que dan en las tiendas dolarizadas y que luego se usan para botar la basura y los desperdicios del hogar o se guarda en los bolsillos para ´´forrajear´´ como decimos los cubanos y que no es más que agarrar lo que uno encuentre para la subsistencia diaria.

 

Eché en una de las bolsas un par de tenis viejos y en la otra dos pomos plásticos llenos de agua para tomar. Me despedí con un fuerte apretón de manos de mis compañeros de cautiverio. Elbio, un joven de la Isla de la Juventud, según él, era trabajador de turismo en Cayo Largo. Un amigo también preso en Villa Marista le había hablado de robarse un avión para irse del país. Jorge, acusado de consumir marihuana y venderla entre los estudiantes de la Escuela Internacional de Deportes, ubicada en el Cotorro, municipio de la capital cubana; y un mulato cincuentón que el mismo se hace llamar El jabao¨. Este estaba fugado de una prisión en las provincias orientales y donde solo le faltaba un año para terminar de cumplir una sanción de ocho por matarife, sacrificio ilegal de ganado. Ellos al igual que yo habían perdido el nombre; 239,744; 239,632; 239,742 Y 239,674. Lógicamente eran cifras largas y engorrosas, ellos solo llamaban por los tres últimos dígitos.

 

Me paré frente a la tapiada reja, en cada mano llevaba una bolsa con mis pertenencias, y que consistían en dos jabones de baño y uno de lavar, un dentífrico y mi cepillo dental, una toalla, mis viejos tenis y mi máquina de afeitar la que recogí tan pronto salí al pasillo.

 

--Vamos por la izquierda. Dijo el carcelero, mientras se colocaba a mi derecha indicándome el camino.

 

En el pasillo como de costumbre, estaban varios celadores más. Caminamos hacia el largo corredor donde tuve que pararme frente a la mesa del oficial de grupo del segundo piso. Bajamos los 13 escalones que conducen a las taquillas que guardan los grises uniformes de reclusos y al entrar lo primero que tropezó mi vista fue con la figura de Ricardo González, Presidente de la Asociación Manuel Marques Sterling. Este terminaba de cambiarse el gris uniforme por la ropa conque había sido detenido. Nos dimos un fuerte abrazo delante de cinco o seis custodios que nos miraban con detenimiento. En ese instante entró un oficial:

 

--¡Vamos rápido! Nos están esperando.

 

Terminamos de cambiarnos, me puse la misma ropa que tenía puesta el 18 de marzo, agarré mis cosas y bajé las escaleras que conducen al piso bajo, siempre acompañado de dos guardias, uno delante y otro detrás. Llegamos al salón de la recepción de entrada y pude ver caras conocidas y estimadas. Al primero que saludé fue a Pedro Pablo Alvarez, Secretario General del Consejo Unitario de Trabajadores, amigo y vecino cercano, tenía unas cuantas libras menos de peso corporal; Manuel Vázquez Portal con su habitual choteo, ese gran desenfado de las cosas muy común en los cubanos. Edel García y Jorge Olivera Castillo a quienes al igual que a Vázquez Portal no veía desde el 4 de abril, fecha de nuestro juicio por llamarlo de alguna manera.

 

--Por favor, entren en ese cuarto—Dijo un capitán de alta estatura y de fuerte complexión física, dirigiéndose a Edel, Olivera y a mi.

 

Al entrar, nos encontramos con otros hermanos de ideas. Sentados en dos butacas y un sofá estaban El Gordo Raúl Ribero, grande entre los grandes poetas y periodistas cubanos; Miguel, un activo promotor del Proyecto Várela en el municipio de Artemisa; los economistas Oscar Espinosa Chepe, pálido y aquejado de cáncer y Arnaldo Ramos Lausarique. Todos, nos fuimos saludando. Era una interna satisfacción volver a encontrarnos reunidos a pesar de nuestra condición de presos. Conocedores de antemano que no somos culpables de delito alguno. Condenados solamente por nuestra forma de pensar y de escribir. En breves minutos fuimos interrumpidos por el mismo oficial:

 

--Recojan sus cosas y pasen para acá.

 

Me alegró salir de aquella habitación cerrada en extremo. Fuimos conducidos hasta un mostrador donde nos entregaron nuestros objetos personales. Salí sin mis cordones, no aparecieron, Beatriz me llevó dos pares en los días posteriores. Siempre "cordiales" nos sacaron uno a uno hasta el parqueo de Villa Marista. Alrededor de una veintena de oficiales, varios médicos y enfermeras nos esperaban cerca de un ómnibus sueco marca Volvo, de los que utiliza la Empresa de Veracuba para viajes turísticos. Una de las enfermeras con un listado en la mano preguntaba el número antes de subir al ómnibus.

 

Yo fui uno de los últimos. Me senté al lado de la ventanilla del segundo asiento a la derecha. Era la primera vez en mi vida que montaba en un vehículo de transporte turístico. Ironías del destino. En Cuba los ciudadanos del país no tienen ese derecho aunque tengan dólares, mucho menos hospedarse en un hotel o realizar una gira turística. Está claro, es el apartheid que sufre el pueblo de la Isla. Estábamos sentados en un carro con aire acondicionado, asientos reclinables y demás comodidades, solo reservadas para extranjeros. Nuestro estado de ánimo era bueno. En todos los rostros se reflejaba la tranquilidad de los justos. A mi lado se sentó Miguel; Héctor Maseda y Ezequiel al lado izquierdo.

 

Subieron los conductores del ómnibus y dos capitanes vestidos de uniforme de campaña verde oliva y unos chalecos negros sin mangas con las siglas G-2, DSE y MININT en letras blancas al frente y a la espalda. Los más de diez uniformados que estaban arriba del ómnibus vestían de igual forma. Nos esposaron, yo toque esposas, no alcanzaron para todos, recordé el chiste del infierno socialista y el paraíso, sonreí. Por un pequeño espacio de la ventanilla que permitían las oscuras cortinas ví a varios patrulleros de la Seguridad del Estado y de la Policía, también una ambulancia. El último en subir fue el mismo capitán que nos ordenara entrar al cuarto del vestíbulo. Todo parecía indicar que era el máximo representante de la operación de traslado. Antes de sentarse en el asiento delantero le preguntó a uno de los conductores del carro.  

 

--¿Tienes alguna película que poner en el VH?

--Sí, ¿ Pero usted le va a poner El Chacal a ellos ?

--- Eso no tiene nada de particular. Es una película como otra cualquiera. Respondió el oficial.

 

Muy interesante la selección y la conversación. Pensé. De inmediato los carros se pusieron en marcha Pudimos observar como los vecinos del lugar estaban atentos. Docenas de personas asomadas en ventanas, balcones, portales y desde las aceras, miraban con atención la hilera de carros, tal vez tratando de reconocer a alguien o pensando que sería de nosotros.

 

Eran alrededor de las 9 de la mañana cuando el ómnibus en que viajábamos acompañado de tres patrulleros de la Seguridad del Estado, una ambulancia y el carro 550 de operaciones especiales de la policía tomaron rumbo a las ocho vías, después de pasar por el Reparto La Fortuna. Nos preguntábamos entre si, hacia donde nos llevaban, cual sería nuestro destino. A los pocos minutos el otro conductor se levantó del asiento donde descansaba mientras el otro manejaba. Abrió una amplísima guantera debajo de la pizarra del carro, sacó una cinta de vídeo y la introdujo en la máquina reproductora, luego ajustó el volumen de los dos pequeños televisores. Después de los créditos, vimos el título, El Chacal.

 

Para sorpresa nuestra, repartieron bocaditos de jamón y queso envueltos en nylon transparente, refresco de naranja y café. Habían transcurrido 36 días desde la última vez que tomará café antes de salir de mi casa. Lo saboree detenidamente. Miré a mi compañero sin decir nada, quien entendiendo perfectamente me dijo:

 

--Solo presos por tratar un entendimiento entre cubanos nos da la posibilidad de disfrutar lo que solo es permitido a los extranjeros.

 

Al igual que la cinta de la película, así rodaban los carros por la carretera. Alrededor del mediodía la caravana pasaba por delante de la Terminal de Ómnibus Interprovincial de la Ciudad de Santa Clara. Dio varias vueltas por entre las calles de la ciudad antes de llegar a la sede de la Seguridad del Estado de esa provincia.

 

--¿ Quienes seríamos los primeros en bajar? Seguros estábamos que nos dispersarían por toda la isla. Se bajó del ómnibus el capitán que venía al frente y se puso a conversar con otros oficiales y parte del personal médico que iba en la "gira" más varios oficiales del lugar. Diez minutos después regresó, trayendo consigo los filies con los que había hecho todo el trayecto desde La Habana. Señaló para Ezequiel, Maseda Miguel y para mí.

 

--Ustedes se quedan aquí. Nos dijo. Otra vez fui el último. De inmediato nos hicieron entrar a un pequeño salón. Ya estaba despejado el misterio, al menos para nosotros, Villa Clara era la primera parada y nosotros los primeros pasajeros en descender. Conversábamos, cuando entró un Primer Teniente que dirigiéndose a Miguel y a Ezequiel, les dijo :

 

--! Vamos!

 

Nos abrazamos una vez más, en esta ocasión como transitoria despedida. Desconocíamos cual era el desenlace. Lo único que teníamos en ese momento era una fe total y completa de que Dios estaba junto a nosotros y de que volveríamos a encontrarnos. Cuando ambos se marcharon, se sintió un vacío raro en la atmósfera reinante. Héctor y yo intercambiamos una rápida mirada.

 

--¿ Dónde los llevarán? Dijo Héctor, y la pregunta flotó en el aire, no hubo respuestas. En ese momento un hombre vestido de civil entró en la oficina, quien dirigiéndose a mi dijo:

 

--! Vamos Julio Cesar!

--Nos veremos pronto. Nos dijimos a modo de despedida Hector y yo.

 

Recogí del piso mis pertenencias, caminé el corto tramo hasta el parqueo donde me esperaban dos oficiales en un patrullero de la Seguridad del Estado. Ya la caravana se había marchado. Me sentaron en el asiento trasero de un lada ruso en medio de dos hombres corpulentos, todavía esposado. Uno de mis custodios vestía de uniforme, el otro el mismo que se dirigiera a mi en la oficina llevaba ropas de civil.

 

El auto arrancó y recorrió una amplia avenida, dobló a la derecha y entró por una pedregosa calle. Paramos ante una enorme puerta de hierro y un joven guardia salió de una caseta de mampostería. Nos abrió y el carro inmediatamente atravesó la entrada. Parqueó ante un edificio de tres plantas. Al bajarnos, el hombre de civil habló:  

 

--Julio Cesar, esta es La Pendiente, prisión provincial de Villa Clara. Usted se queda aquí.

 --Yo soy Vladimir, el oficial de la Seguridad del Estado que está a cargo, cualquier problema avíseme.

--¡Arriba! Póngase cómodo.

 

Ya de antemano supe que para mi correría el tiempo inexorable encerrado entre rejas. Sabía también que todo el rigor penitenciario caería sobre nosotros. No obstante a eso, respiré profundamente, pensé en la soledad de mi Beatriz y los peligrosos riesgos que tendría que asumir, más recordé un viejo refrán que decía mi madre, adonde hay una mujer, no hay fantasmas. Mentalmente recité una oración y rogué a Dios me diera fuerzas y sabiduría. Que nuestro encarcelamiento sirviera para plantar semillas de unión en Cuba y que de ellas saldrían en un futuro innumerables árboles desconocidos aun.

 

Obtenida de  la redacción de Cuba Nuestra en Suecia. 

 

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