Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

 

Sobre Valdés Tamayo

El activista de los derechos humanos, miembro de la  Asamblea para Promover la Sociedad Civil  y ex-preso de conciencia del Grupo de los 75, Miguel Valdés Tamayo, quien falleció mientras se encontraba en licencia extrapenal fue enterrado el pasado día 12 en un emotivo acto en La Habana, donde participaron destacados líderes de la disidencia. Presentamos fotos del sepelio y un escrito de Tania Quintero sobre este activista.

 

Cronología de una muerte anunciada


Por Tania Quintero, (Exilada en Lucerna, Suiza)
(gracias a la Unión Liberal Cubana y al Puente Informativo Cuba-Miami)


La primera víctima mortal del Grupo de los 75  ha fallecido en Cuba. Acababa de cumplir 50 años, era de la raza negra y siempre vivió en Párraga, uno de los barrios habaneros más humildes.

Miguel Valdés Tamayo nació en La Habana el 20 de diciembre de 1956 y  en su ciudad natal falleció el 11 de enero de 2007. De oficio mecánico de televisión, estaba casado con Bárbara Elisa Collazo Portillo. Fue fundador y presidente del Movimiento Hermanos Fraternales por la Dignidad y miembro de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil.

Poco antes de su detención, en marzo de 2003, había sufrido dos infartos. En el mes de abril fue condenado a 15 años de privación de libertad y enviado a la prisión de Kilo 8, a 533 kilómetros al este de la capital cubana. Catorce meses después, el 4 de junio de 2004, por sus graves problemas de salud, sería beneficiado con una licencia extrapenal.

Miguel Valdés Tamayo padecía de miocardiopatía hipertensiva dilatada. Cuatro veces tuvo que ser hospitalizado. La última vez, 21 días en la
sala de terapia intensiva del hospital de reclusos de la prisión Combinado del Este, Ciudad de La Habana, a donde las continuas gestiones de su esposa lograron trasladarlo.

Una semana después de su excarcelación, el 11 de junio/04, una tal Eva, de la gubernamental Federación de Mujeres Cubanas, le daría a Miguel un acto de repudio. A voz en cuello le gritó "gusano y mercenario del gobierno de los Estados Unidos" y le lanzó una advertencia: no le permitirían vivir en el lugar.

Apenas había transcurrido un mes cuando el 3 de julio, otro sujeto siniestro del vecindario, conocido por El Coyote, entraría a su patio y delante de la ventana del cuarto donde Miguel se encontraba con su esposa, comenzó a insultarle con palabras obscenas. Miguel se paró en la venta y le dijo:

— Estoy en libertad condicional, me encuentro enfermo y no deseo tener problemas con nadie.

Al escuchar estas palabras, el agresor buscó un machete afilado y blandiéndolo espetó:

— Yo no creo en guapos de prisión.

Si la sangre no llegó al río fue por la intervención de su esposa, su suegro y varios vecinos. Miguel y Bárbara decidieron mudarse para otra localidad, dentro del propio reparto: Calzada de San Agustín No. 691 entre San Miguel y Gustavo, Párraga, Arroyo Naranjo, Ciudad de La Habana. Pero allí tampoco cesaron las provocaciones.


En octubre, dos meses antes de morir, fue detenido. Con anterioridad, Valdés Tamayo había responsabilizado al gobierno cubano por lo que le pudiera pasar y señaló que detrás de todo el hostigamiento hacia su persona estaba el Departamento de Seguridad del Estado.

En los catorce meses que Miguel estuvo en Kilo 8 no dejó de denunciar las golpizas y contínuas violaciones a los derechos humanos, mediante informes -algunos publicados en Internet- o en las ocasiones en que pudo burlar la censura y libremente escribir a su esposa. En una de esas cartas dice: "Nos siguen violando la correspondencia postal, por lo que no nos llegan cartas de nuestros familiares. Nos las pierden, las desaparecen o retienen. Las pocas que nos permiten recibir nos las entregan abiertas".

En otra testimonia las amenazas que reciben los presos políticos por parte de una banda de presos comunes, que cumple órdenes de la dirección del penal a cambio de beneficios personales. También narra los intentos de suicidios y autoagresiones que a diario ocurren en Kilo 8 y en otras prisiones del país, debido a los malos tratos e infrahumanas condiciones en las cárceles cubanas.

El 19 de febrero de 2004 Miguel Valdés Tamayo informa a la opinión pública que el 17 de febrero, después de tres meses sin poder tener "pabellón" (vis a vis) con su esposa, a ella no le permitieron verlo y tuvo que recorrer de vuelta los más de 500 kilómetros que separan a Camagüey de la Ciudad de La Habana.

No había terminado de sacudirse el polvo del camino, cuando el 20 de febrero le comunican que Miguel ha sido ingresado en el hospital provincial Amalia Simoni. No lo pensó dos veces y decidió regresar. El viaje fue una verdadera odisea: por dificultades de transporte, demoró 24 horas. Finalmente, un sábado por la noche llegaba a Camagüey. Al amanecer del domingo se encontraba a la entrada a la sala-carcelaria del hospital.

Tras muchos ruegos, un guardia le concedió diez minutos. Cuando entró, enseguida le vio, acostado en la cama número 33.

— Lo vi muy delgado. El es de tez negra y estaba demasiado pálido. Me dijo que su corazón funcionaba mal y que no lo atendían como requería
su padecimiento. Fue todo lo que pudimos hablar, porque a los pocos minutos vino el militar a buscarme. No sé si es peor la galera del penal o la habitación-celda del hospital.

Miguel siempre detalló a Bárbara su vida en la prisión:

"Los medicamentos que me enviaste no me los han entregado. No me toman la presión arterial. Vivimos ocho reos en un cubículo de seis por tres metros de ancho, junto a un baño y un lavadero. El televisor está ubicado en un salón donde se congregan 88 personas, las disputas son reiteradas, especialmente si coinciden el béisbol y la telenovela. Sólo he recibido asistencia religiosa una vez. Engañan al padre de la iglesia, diciéndole que nosotros no queremos su presencia y a nosotros nos dicen que el padre no nos quiere visitar. Existe un solo teléfono para 600 reclusos. La comida cotidiana es harina de maíz hervida, puré elaborado con alimentos desconocidos, caldos insípidos, potajes aguados con unos pocos frijoles y cuando hay controles en la jefatura de la prisión, nos dan carne en pequeñísimas raciones".

Bárbara Elisa tenía derecho a una visita conyugal cada 5 meses y a  una familiar cada 3 meses. El horario de sol se limitaba a una hora diaria, de lunes a viernes.

En una de sus misivas terminaba con una declaración de principios: "Mi camino es recto, firme, hasta la libertad del pueblo cubano. Vivan los derechos humanos!".

Desde hacía año y medio Miguel Valdés Tamayo y su esposa habían recibido visado para viajar como refugiados políticos a Holanda y a los Estados Unidos. Pero las autoridades cubanas no les concedieron el permiso de salida para ninguno de los dos países.

De haber tenido un tratamiento adecuado en Europa o los Estados Unidos, probable-mente hoy Miguel Valdés Tamayo estuviera vivo.


Descansa en paz, Miguel!

Enero 16, 2007

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