Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

Salvador insalvable

Bernardo Marqués Ravelo

El presidente chileno Ricardo Lagos acaba de inaugurar, en las inmediaciones del Palacio de la Moneda, una estatua, de majestuosa estatura, de 'Chicho', como le decía el poeta Guillén a su amigo Salvador Allende. Cierta prensa española, zurda por más señas, también le rindió tributo por estos días al ex mandatario, en ocasión de conmemorarse el 92 aniversario de su nacimiento. Y no desaprovechó oportunidad para presentar al suicida como un mártir, devenido, casi, en santo. Porque los irascibles representantes del proletariado mundial lo han convertido en un icono, comenzando por Cuba, cuyo Paladín Máximo bautizó con 'Salvador Allende' a una céntrica arteria de La Habana, en septiembre de 1971, pocos días después del bombardeo a la mansión de gobierno.

Salvador Allende fue un personaje de una tozudez faraónica. Se había presentado a disputar en las urnas la presidencia de su país en innumerables oportunidades, y de todas salió derrotado. Era un hombre culto, médico, y su vocación de poder lo había llevado desde muy joven a profesionalizarse en los avatares de la política.

El 'Chicho' presumía de tener un libro de Che Guevara, autografiado, en cuya primera página el argentino había dejado escrito: ''A Salvador Allende que intenta lo mismo, pero por vía pacífica...''. Se jactaba, no sin razón, de su raciocinio, buenos modales y tolerancia en La Habana de los 60, en medio de corrillos explosivos, consignas y pachangas, cuando aquella ciudad parecía tomada por las fuerzas flamígeras de todas las revoluciones posibles e imposibles.

En unas elecciones polémicas y por un margen exiguo, Allende al fin llegó a la presidencia. Pero, como sucede en la mayoría de los casos, se dejó emborrachar por el poder. Y esa embriaguez le costó la vida, a él y al menos a un montón de sus compatriotas. Porque el Chile de los 70 no era la Cuba del 59, ni remotamente. Así, el flamante gobernante se dejó adormecer por los cantos de sirena y las fulguraciones subversivas de La Habana y poco después de llegar a La Moneda, batallones de militares cubanos se instalaron en Santiago de Chile para preparar el asalto final contra la burguesía. Entre ellos estaba el legendario Tony de la Guardia, uno de los oficiales de las tropas elites castrista de esa época, que luego pagaría con su vida, en el verano del 89, como un cabrón expiatorio. Salvador hizo, ya en la silla del potro, exactamente lo contrario de lo que había predicado toda su vida: dejó a las fuerzas de la izquierda que se armaran hasta los dientes, comenzó a violar solapadamente la Constitución, y organizó con minuciosidad el despelote social repartiendo alegremente el tesoro del estado entre los más pobres de la gran nación sudamericana. Olvidó, desde luego, que la pobreza no se puede socializar y, ni siquiera, repartir. Como en los países del este de Europa, de Asia, y del reducto caribeño, en vez de crear riquezas trató de solucionar las injusticias con decretos, leyes, discursos, concentraciones populares y nacionalizaciones. Y en eso llegó don Augusto, no el varón romano sino el chileno, y mandó a parar. Y entonces ''se acabó lo que se daba''. Pero el 'Chicho', que tenía los pantalones bien puestos, se envalentonó y al general no le quedó más remedio que cañonear la residencia palatina, como le cuadra a un hombre en sus cabales y en esas circunstancias.

Lo dramático de la historia está en el horror y el drama que sobrevino y que tuvieron que vivir miles de hijos de la patria de Grabiela Mistral, como resultado de las ideas redentoras del rotundo Allende. Que las autoridades civiles de Chile le erijan un monumento a Salvador Allende es un acto de amor, por supuesto. Y de comprensión, madurez y tolerancia política. Pero me defrauda que toda la sangre vertida en las calles, ciudades y villorrios del largo país andino todavía se la apunten a la cuenta del general Pinochet.

San Juan, Puerto Rico

(Hoy, New York, lunes 3 de julio de 2000)

 

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