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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Carta de Nuevo País
La Habana, 4
de enero de 2010
Estimados amigos,
Ante todo, les deseo a todos un
próspero 2010. Les remito estas consideraciones con el propósito de seguir
dinamizando el proyecto Nuevo País. La mayoría de ustedes ha respondido
positivamente a la invitación de dar un impulso nuevo, imaginativo y estratégico
a la plataforma del cambio democrático en Cuba. Otros quizá se enteran del
proyecto por primera vez. Nuevo País es ese intento de lograr la construcción de
esa plataforma desde tres puntos esenciales: la apelación
exclusiva a nuestra condición de ciudadanos, nuestra reinvención política como
tales ciudadanos y el compromiso plural con la nación. Hay otros puntos, pero
tengo la impresión de que para la naturaleza de Nuevo País estos serían, a lo
mejor, los que nos conectan preliminarmente con Cuba. El concepto básico es el
de construir la Cuba de los ciudadanos.
La hoja de ruta
intelectual que podemos y debemos construir pasa por esas condiciones
mínimas. Pero podemos dinamizar el proyecto con otras iniciativas y proyectos
que gradualmente vayan conectando a la mayor cantidad de cubanos con esta idea.
Las consideraciones que siguen
quieren poner en perspectiva una de esas iniciativas que nos propusieron algunos
de los participantes del proyecto.
Concretamente, la iniciativa es
confeccionar de conjunto lo que podríamos llamar La Carta de Nuevo
País, siguiendo los magníficos precedentes de Carta 77 en la antigua
Checoslovaquia, o más recientemente de la Carta 08 en China promovida por Liu
Xaiabao, ahora preso. Se trata de que podemos aprovechar los puntos de acuerdos
tácitos, obvios y ya existentes entre nosotros, independientemente de que nos
hayamos puesto de acuerdo o no, para promover de 5 a 7 puntos de consenso que
abriríamos a la firma de todo el que quiera hacerlo. La idea es que este sea un
consenso ciudadano, no un consenso de grupos cívicos o políticos o de cualquier
otra índole. En consonancia con la naturaleza de la participación en Nuevo País
que es solo en calidad de ciudadanos.
La originalidad de esta
Carta nuestra residiría, a mí entender, en:
1-
Potenciar por primera vez en Cuba el concepto de ciudadano en una triple
dimensión: el ciudadano como fundamento de la soberanía,
distinto por completo del concepto de pueblo, explotado por las autocracias, los
populismos y las duras dictaduras; segunda dimensión, el ciudadano como
definidor de las bases y fundamentos del Estado, contrario a la idea del
ciudadano que meramente participa y vota dentro de las definiciones hechas por
la elite política y, tercera dimensión, el ciudadano en su nueva potencialidad
moderna, facilitada por el desarrollo de los medios de comunicación y por la
posibilidad de contar con una mayor información que transparentice a
la sociedad y al Estado. Todo esto sería un tránsito necesario de la
gobernabilidad a la gobernanza, entendida esta última como convivencias sociales
y gobiernos medidos en términos de calidad. Algo así como cuando nos preocupamos
por la calidad de las cosas y no por cuantas cosas tenemos y cuan populares
pueden ser.
2-
Aprovechar la crisis del modelo de sociedad-Estado en Cuba y la crisis de
los fundamentos del proyecto nacional para darle el protagonismo principal al
ciudadano. Probablemente todas las naciones necesiten reformular sus modelos y
sus proyectos en base al protagonismo de los ciudadanos. Desde luego eso se hace
más difícil en aquellas que más o menos funcionan y donde la crisis de
legitimidad, si la hay, no es tan evidente. Pero en Cuba la maduración de las
crisis del país y de la legitimidad es tan abrumadora que el camino para una
propuesta de este tipo está más que pavimentado; garantizando, si tenemos éxito,
que el futuro país sea diseñado exactamente en el lugar donde debe residir la
soberanía: el ciudadano.
3-
Proporcionar, finalmente, un vuelco que provoque un recambio en la
oposición política cubana, a la que pertenezco, que está en una franca crisis.
Yo creo que es esta una crisis recuperable, pero que necesita del empuje de los
ciudadanos. Aunque sigo creyendo que los grupos políticos y los partidos son
esenciales en una democracia, y no más que por el hecho de que no se ha
inventado otra manera de democratizar al Estado, el caso es que en Cuba la
oposición no está en capacidad de articular un proyecto de sociedad y de Estado
para presentarlo como alternativa al gobierno. Esto no es en sí mismo malo para
una propuesta basada en mejores resortes porque nos obligaría a todo a comenzar
por donde es: por los ciudadanos, evitando que el futuro del
país sea diseñado por grupos políticos viciados y corporativizados. Si la
Constitución del 40 hubiera traspasado el marco de los partidos, no habríamos
tenido ni a Batista ni a Fidel Castro. Pero sí es mala la debilidad de los
partidos para los mínimos de representación política y de identidades necesarios
en una democracia sana. Personalmente me identifico e identificaré con la idea y
necesidad de los partidos políticos, pero creo que la crisis de la oposición
cubana permite que los partidos futuros se conecten debidamente con los
ciudadanos, cosa que no ha sido hasta ahora, con las excepciones debidas.
Comenzar por donde debe ser es algo que permite, sin mucha controversia, nuestro
estado actual como oposición.
El ciudadano como centro, el
ciudadano que define un nuevo proyecto de nación y el ciudadano que pone en
apuros al tipo tradicional de partido político que se conforma en Cuba, que ha
incluido a Arco Progresista, es una ventaja creativa que podemos aprovechar en
Nuevo País para ofrecer algo distinto, estable y perdurable a partir de 2010.
La Carta de Nuevo País
nos ofrecería una plataforma inmejorable para cuajar estos propósitos, dado que
en Cuba no contamos con grandes antecedentes en esta dirección. Al menos desde
la Carta de los Diez, en 1992, nada similar se ha pensado, hasta donde conozco.
Por eso me entusiasma la idea de esos amigos de intentar algo en este sentido.
¿Qué debe contener esa
Carta? Esto es un reto. Conversando con otras personas que ya participan del
proyecto Nuevo País coincidimos en que no debería ser la repetición de los
puntos que usualmente empleamos o hemos leído en los manifiestos y declaraciones
políticas en Cuba. Cosas como: liberación de los presos
políticos, elecciones libres, libertad de expresión, etc., no deberían marcar el
estilo de La Carta de Nuevo País. Sí deben estar incluidas,
desde luego, pero dentro de formulaciones sencillamente redactadas, que estén
dirigidas a establecer las premisas, los fundamentos o las bases del tipo de
Estado-sociedad con el que nos comprometeremos y al único que legitimaremos en
lo adelante. Algo así como: nosotros… asumimos que
Cuba, su sociedad y Estado deben fundamentarse en: …, sería
algo distinto a: nosotros… demandamos que el
gobierno cubano debe o tiene que: … Con
el primer estilo lograríamos ir construyendo las bases de legitimidad que
reconocemos para el futuro en Cuba y, por inferencia, deslegitimaríamos de
conjunto el presente estado de cosas, asumiríamos lo que vale del pasado y
abriríamos la oportunidad para que gradualmente otros ciudadanos se adhieran a
La Carta y amplíen el círculo de esa nueva
legitimidad. Una adhesión que facilitaría el compromiso de los ciudadanos, sin
que comprometan sus vidas inmediatas con un tipo de exigencia que despertaría
las represalias del gobierno. Al mismo tiempo se ampliarían las opciones, porque
nadie se obliga a identificarse con una tendencia o grupo político específicos,
sino con las bases de un modelo de nación. Esto nos permitiría trabajar, dentro
de un mismo texto, en el corto, mediano y largo plazos, estratégicamente
hablando.
Hemos pensado por eso que
La Carta no debería exceder los 5 o 7 puntos; debería ser
redactada pensando en una sociedad cada vez más plural y en la dirección de
resaltar el papel y protagonismo de los ciudadanos. Con demasiados puntos,
aumentarían las áreas de fricción y desacuerdo, confundiríamos el propósito con
un programa político y perderíamos la idea de lo que es más esencial.
Qué puntos considerar esenciales es
otro reto. Los que hemos hablado del asunto no nos hemos puesto de acuerdo,
aunque debemos hacerlo en los próximos días.
Personalmente, y solo,
personalmente, creo que La Carta debe girar en torno a:
1-
Conciliar la naturaleza diversa y plural de la sociedad cubana con la
necesidad de que esta pluralidad tenga su legítima representación civil. De este
modo se garantizaría que las políticas públicas estén animadas por la diversidad
de intereses e identidades compartidas en la nación.
2-
Conciliar la representación civil plural con la necesidad, capacidad y el
derecho de que esta tenga acceso a la representación política en el Estado. Como
todos sabemos, actualmente el artículo 5 de la Constitución cubana ha hecho del
Estado uno de tipo confesional que bloquea el acceso de otras creencias y otras
morales a pensar cómo debe ser la naturaleza ética, estructural y funcional del
Estado, y a trabajar en consecuencia.
3-
Reafirmar, rescatar y actualizar la soberanía del Estado basándolo en los
ciudadanos, y dejando a un lado el término pueblo, usado y abusado como ficción
política por los tipos de gobierno que conocemos muy bien. Esto es de la mayor
importancia porque desplazaríamos la legitimidad a la deliberación de los
ciudadanos y no al tipo de acuerdo plebiscitario que se busca siempre con la
apelación al pueblo. Una palabra que, políticamente, debería ser impronunciable.
También restableceríamos el valor de las minorías, la toma racional de
decisiones y la responsabilidad individual ligada al ejercicio de los derechos.
4-
Definir un nuevo concepto social que adelante la idea de la sociedad del
bienestar. En ella se pueden conciliar economía de mercado, diversas formas de
propiedad con búsqueda de mínimos garantizados para todos los ciudadanos y
criterios de equidad social. Si no he leído mal, las tendencias principales de
la tradición política, cultural e intelectual cubana coincidían en la necesidad
de algún tipo de equidad social. Algo que fue reflejado en la Constitución del
40. Aquí el consenso ciudadano, intelectualmente hablando, no debería ser muy
difícil. Ni tampoco sería bueno discutir mucho en torno a un tipo de propiedad
específica o si la economía de mercado es buena, conveniente o mala. Nunca
debemos dar la impresión de que adelantamos un programa político o de que nos
enzarzamos en una discusión ideológica.
5-
Resaltar el valor de las minorías sociales y culturales, y la importancia
de la pluralidad racial, de modo que tengan más
visibilidad social, mayor impacto en la sociedad y mayor protección en una
cultura que tradicionalmente tiende a desdeñar a las minorías y sectores
históricamente discriminados.
6-
Impulsar la vocación y condición pacífica para la sociedad cubana,
buscando algún término que nos comprometa con la necesidad de eliminar el
ejército, y en principio, reducirlo a una autoridad civil haciéndolo depender
del Estado y el poder legislativo.
7-
Reafirmar la idea de indivisibilidad de la nación cubana en base a la
condición de ciudadano para todos los cubanos. Vivan donde vivan. La realidad de
los cubanos viviendo en el exterior probablemente sea algo permanente en el
futuro. Por tanto, todos los cubanos deben tener la posibilidad de participar en
la formación de la voluntad política del Estado como sucede con casi todas las
naciones con emigración. Por eso Nuevo País busca la adhesión y participación de
todos los cubanos en cualquier lugar del mundo.
Estos son los siete puntos que se
me ocurren a mí. Claro que pueden ser otros, y mejor concebidos. No redactados
así por supuesto si no en forma más sencilla. Estos o cualquier otro que se les
ocurra a ustedes. Aquí solo esbozo lo que me parece razonable para buscar el
consenso ciudadano, sin que aparezca como un pliego de demandas o un programa
político.
Esos, o los puntos que sean, serían
precedidos por una introducción breve en la que se resaltaría la cuestión de los
ciudadanos como punto de partida para construir la nueva legitimidad:
única con la que nos comprometeríamos, reconoceríamos y legitimaríamos en lo
adelante. Quizá un par de oraciones más sobre la necesidad del completamiento de
la nación integrando plenamente sus diversas pluralidades:
culturales, raciales, confesionales, políticas y, que vincule la nación a unos
bases inclusivas rompiendo la falsa identidad entre Estado-Nación-Destino-Elite,
que nos ha malogrado todo el proyecto nacional.
Más o menos así me imagino el
asunto, que en unos días discutiremos un grupo de ciudadanos comprometidos con
Nuevo País para intercambiar propuestas.
Si le vemos viabilidad y posible
impacto al asunto de La Carta, deberíamos, una vez redactada,
conseguir la firma en primera instancia, siempre a título primero de
ciudadano, —aunque sin desdeñar la posibilidad de se haga referencia a la
profesión o activismo específicos—, de más o menos 200 cubanos dentro y fuera de
Cuba en el ámbito de los intelectuales, profesionales destacados o activistas
reconocidos en cualquier esfera. Solo después de conseguidas las firmas,
daríamos a conocer públicamente La Carta, y la abriríamos a la
firma de todos los que quieran hacerlo. Claro, debemos superar prejuicios para
acercarnos a todos y todas las cubanas que en principio podamos considerar;
directa o indirectamente. Lo ideal es que la firmen personas con algún tipo de
ejercicio intelectual continuado, y de ser posible con reconocimiento
intelectual, académico, profesional, artístico, literario o de activismo y
liderazgo de opinión. Eso sí, en el espectro que va de la izquierda a la derecha
o simplemente de personas comprometidas con la nación, aun cuando no se vean a
sí mismas compartiendo alguna identidad política o ideológica. Todos los que
sean invitables a la primera ronda de firmas deberíamos considerarlo. Con ello
estaríamos dando una importante muestra de madurez que muchos extrañan en
nosotros y que los grupos políticos desafortunadamente no hemos sabido dar. Y
por supuesto se necesitaría ante todo superar el pesimismo y desencanto
intelectuales con las posibilidades futuras de Cuba. Desde luego, bien
justificado. Creo sin embargo, que resultaría incomprensible que no hagamos un
esfuerzo para impulsar de conjunto una propuesta y constituir una referencia
sólida, dejando el país a merced de esta bobería solemne que nos consume.
Este primer círculo de legitimación
de La Carta es fundamental desde dos puntos de vista. De más
está decir que la maduración de las crisis en Cuba coincide afortunadamente con
la maduración del pensamiento acerca de Cuba. De modo que la legitimación
intelectual de un proyecto inclusivo cuenta con una magnífica oportunidad que
creo no deberíamos desaprovechar. Es importante no solo por la visibilidad e
impacto mediático sino por algo más fundamental: garantizar que
las bases del modelo futuro respondan al nivel intelectual de los cubanos y no
más a la combinación bien letal de emociones y hormonas como ha sido hasta hoy
en la historia nuestra. También es importante porque sería atractivo para el
segundo círculo de legitimación que, coincidiríamos en esto, es el más
importante: el resto de los ciudadanos cubanos.
Como verán, sugiero solo unos
puntos y una estructura para un texto que no debería exceder las dos cuartillas.
No quiero ni queremos sucumbir a la tentación de ofrecer un texto ya hecho,
aunque sea como borrador. Eso traicionaría la naturaleza de Nuevo País que es la
de no ofrecer nada hecho de antemano, sino confeccionarlo, al menos, dentro de
un grupo de ciudadanos. Claro que la redacción del texto debería tener un mismo
estilo, y de eso se encargaría alguien que tenga la capacidad de redactar con
mayor claridad y concisión. Yo no sería el candidato.
La idea es que tengamos un texto
para el día 20 de enero. A partir de esa fecha, sin publicidad alguna,
comenzaríamos el proceso de buscar hasta 200 firmas ilustradas e ilustres y
luego lo daríamos a conocer simultáneamente en todas las ciudades del mundo
posibles, lo más simultáneamente que se pueda.
Hay en esto último un punto
importante. Algunos de los cubanos que hemos invitado a Nuevo País ven bien el
proyecto pero no quieren participar aduciendo su no compromiso con apuestas
políticas que puedan interferir con su neutralidad profesional. Quizá el origen
de la propuesta, en el Arco Progresista, alimente justificadamente ese temor. Yo
debo aclarar, sin embargo, que Nuevo País busca el compromiso primario y
fundamental de cada cubano con un nuevo proyecto de nación que necesitamos, sin
duda alguna. En ese sentido, participar en él, completa o medianamente, solo
significa dar el paso necesario para reconstruir, en base al ciudadano, la
identidad entre destino y nación que nos fue usurpada por un grupo cultural, en
nombre de la revolución y el progreso. En ningún caso la participación implica
compromiso o comprometimiento con Arco Progresista u otra tendencia política.
Para despejar dudas, se prepara un logotipo específico para Nuevo País; en el
entretanto los textos, comunicaciones u otros papeles no aparecerán más con el
logotipo de Arco Progresista. Significa que todos participamos, sin jerarquías
indebidas, en nuestra condición única de ciudadanos. Dicho esto, nadie está
obligado. No considero que el concepto manido de patria sea un deber. A lo sumo,
una opción.
Con diversas formulaciones y
diversas fuentes, también con diferente lenguaje y aproximación, muchos
coincidimos en que Cuba vive una época de necesaria refundación nacional, en la
que lo mejor parece ser lo que debe ser: la ausencia de toda
mediación fundacional entre los ciudadanos y la nación. De modo que Nuevo País
trata de captar este nuevo momento, de inmensas potencialidades ciudadanas, para
contribuir a imaginar ese nuevo proyecto de nación. La hoja de ruta
intelectual que tratamos de confeccionar es lo más cercano a un programa
pensado y deliberado por los ciudadanos, en plena horizontalidad. Pero
La Carta de Nuevo País puede ser un punto de contacto y
dimensión para el proyecto, que pienso podemos aprovechar desde ya para ofrecer
una visibilidad, voluntad y determinación ciudadanas que nos ayude a dejar atrás
un proceso de declive mediocre para nuestro país. Creo que llegó la hora de
reconstruir las legitimidades políticas de Cuba a partir de nuestra propia voz
en un espacio abierto de deliberación y consenso. Y perdónenme este
último lirismo épico.
Esperando por su participación,
Manuel Cuesta Morúa
Animador Nuevo País
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