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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Dos escritos de Raúl Rivero
Raúl Rivero es el mas destacado de los sobre 75 disidentes encarcelados por el régimen castrista en la mas reciente ola represiva. Además de sus labores por los derechos humanos y la democracia, es uno de los mejores poetas y escritores de la Cuba actual. COmo bien dice en su escrito: "Nadie me hace sentir como un criminal, un agente enemigo, ni como un apátrida, ni como ninguna de esas necedades que el gobierno usa para degradar y humillar. Soy solo un hombre que escribe. Y escribe en el país donde nació, y donde nacieron sus bisabuelos". Estas dos piezas son muestras tanto de sus ideas como de su calidad literaria. El poema "Orden de Registro" fue traducido al francés y presentado en el reciente acto en favor de los disidentes, organizado por Jorge Semprún y otros destacados europeos en París.
Orden de Registro ¿Qué buscan en mi casa estos señores? ¿Qué hace ese oficial leyendo la hoja de papel en la que he escrito las palabras "ambición", "liviana" y "quebradiza"? ¿Qué barrunto de conspiración le anuncia la foto sin dedicatoria de mi padre en guayabera (lacito negro) en los predios del Capitolio Nacional? ¿Cómo interpreta mis certificados de divorcio? ¿A dónde lo llevarán sus técnicas de acoso cuando lea las décimas y descubra las heridas de guerra de mi bisabuelo? Ocho policías revisan los textos y dibujos de mis hijas se infiltran en mis redes afectivas y quieren saber dónde duerme Andreita y qué tiene que ver su asma con mis carpetas. Quieren el código de un mensaje de Zucu y en la parte superior de un texto críptico (aquí una sonrisa triunfal del camarada) "Castillos con caja de música. No dejo salir al niño con el Coco. Yeni". Vino un especialista en intersticios un crítico literario con rango de cabo interino que auscultó a punta de pistola los lomos de los libros de poesía. Ocho policías en mi casa con una orden de registro una operación limpia una victoria plena de la vanguardia del proletariado que confiscó mi máquina Cónsul ciento cuarenta y dos páginas en blanco y una papelería triste y personal que era lo más perecedero que tenía ese verano.
Me cuesta mucho sentirme culpable La letra de la ley sobre la protección de la independencia nacional y la economía de Cuba les permite a las autoridades de mi país condenarme por el único acto soberano que he realizado desde que tengo uso de razón: escribir sin mandato. El camino que inicié hace unos pocos años con la ruptura total con los medios de prensa y cultura del gobierno me ha ido convirtiendo en un ser humano distinto, alguien que se ha liberado por cuenta propia, alguien que en un entorno amenazado y hostil pudo empezar el viaje hacia la libertad individual. Los miedos, las prisiones, el acoso, sólo han servido para darle más valor a esos hallazgos. Han contribuido a que mi devoción por la soberanía del hombre sea ahora un instinto indomable, mucho más que una noción y una necesidad. De modo que una disposición redactada con la tinta perecedera de las trampas políticas, envuelta en una maniobra chapucera para hacer aparecer a un pequeño grupo de periodistas que trabajamos en Cuba como aliados de narcotraficantes y proxenetas y mercenarios a sueldo de Estados Unidos, me produce sólo un variado cóctel de repugnancia. Tribu caribeña Los años de cárcel que la ley promete con generosidad, por encima al temor del encierro y el castigo, hay que verlos con consternación. Es presentar a la nación cubana como una tribu enquistada en el Caribe, clausurada para la información y el debate de las ideas, ajena a la evolución y al cambio. Para el brazo en alto de esta nueva ley, así como para los insultos de los oscuros funcionarios del periodismo oficial, las llamadas amenazadoras a mi casa, para el sobresalto de cada día yo tengo -me doy cuenta cuando me quedo solo con mi máquina- el regocijo de saberme libre. La certeza de que informar con objetividad y profesionalismo y escribir mi opinión sobre la sociedad en que vivo no puede ser un delito muy grave. Me cuesta mucho trabajo sentirme culpable. Es casi como si se me acusara de respirar o se me anunciara una eventual prisión por amar a mis hijas, a mi madre, a mi mujer, a mi hermano y a mis amigos. No puedo asumirme como un delincuente por contar con precisión el drama de más de 300 prisioneros políticos, o por informar que se derrumbó un edificio en La Habana Vieja, o por publicar una entrevista con un cubano que quiere para su país una sociedad plural y plena de libertad de expresión. Nadie, ninguna ley podrá hacerme asumir una mentalidad de gángster o de delincuente porque reporte el arresto de un opositor o de un delincuente; o dé a conocer los precios de los productos básicos de alimentación en Cuba, o redacte una nota donde diga que me parece un desastre que más de 20.000 cubanos se vayan cada año al exilio, a Estados Unidos, y otros centenares estén tratando de quedarse en cualquier parte. Nadie me hace sentir como un criminal, un agente enemigo, ni como un apátrida, ni como ninguna de esas necedades que el gobierno usa para degradar y humillar. Soy solo un hombre que escribe. Y escribe en el país donde nació, y donde nacieron sus bisabuelos.
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