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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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LA HORA DEL SUICIDIO Sumario: En el año 2003, se suicidaron en Cuba mil cientoveintitrés hombres y trescientas sesenta y nueve mujeres. De ellos el 73 por ciento eran jóvenes menores de treinta años. En el 2004, las cifras oficiales indican que unos mil trescientos hombres y cuatrocientas doce mujeres se quitaron la vida. Por José Raúl García La Habana.- Marelys nunca supo su tragedia. Simplemente se tomó las pastilles de meprobamato, se acostó en la rústica cama de la barbacoa, en la calle Factoria y dejó que un sueño profundo, delicioso , se la llevara de este mndo. Dias antes de suicidarse, fue al Mercado con quince pesos para comprar flores y una docena de huevos…no le alcanzaba. Se decidió por las flores que le pomdría a Santa Bárbara. Le encendió una vela y rezó, sin pedir nada. Ya no quería pedir nada. Nada tenía. A sus 24 años, la vida se le agotaba. Llevaba seis años tratando de salir del país, a como sea. Primero escribió a unos amigos en Bilbao.Nada. Después se aventuró en un bote con seis amigos de la escuela nocturna donde daba clases de inglés. El bote se hundió a seis kilómetros de Guanabo. La policía la detuvo junto a sus amigos. La expulsaron de la escuela. No la aceptaban en ningún trabajo. Decidió pedir limosna. Todas las tardes aparecía con sus ojos negros en la Plaza de la Catedral a extender la mano a los turistas, sobre todo a los ancianos, a los que se imaginaba iban a tener compasión por ella. Ellos solo querían sexo. Y tuvo que dar su cuerpo para recibir diez, quince dólares, acostarse con los viejitos viajeros, la mayoría mexicanos e italianos sucios e ignorantes. En eso estuvo dos años. Todos le prometían sacarla del país, sacarla de la miseria humana en que vivia, ella, joven comunista, pionera ejemplar, como quería el Che Guevara…nadie la reclamó. Solo utilizaban su cuerpo hermoso, con olor a yerba. Un día la llamaron del Consultorio Médico del barrio: se le había detectado el SIDA en una prueba de sangre. No se asustó. No tuvo rencores. Fue a la farmacia y pagó cinco dólares por un poma de meprobamato. Quería volar hacia el olvido. Y voló. Salió al fin y al cabo de ese mundo miserable que vivía en la isla de Castro. No llegó a; Norte , no tuvo tiempo. Marelys Valdés, la joven comunista, la estudiante de inglés, no pudo llegar a tierra de libertad. Cuando la encontraron, en su camastro, en una esquina de la barbacoa, sus ojos negros estaban abiertos, mirando quizás una luz que la invitaba a gozar de esa libertad. .
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