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Institucionalidad
política y cambio democrático en Cuba: el factor internacional Ponencia de Presentación
Manuel Cuesta Morúa
Gracias
a Cuba Nuestra por este artículo. Debo
agradecer la posibilidad de presentar esta ponencia ante un público tan
especializado. En
Cuba la institucionalidad política del cambio democrático es una condición
necesaria y deseable. Voy a tomar
una cita que cito en mi ponencia central, para ilustrar esta afirmación. Dice
así: “durante
los 100 años de existencia de Cuba como república, sólo 16 años han sido
bajo cuatro presidentes civiles…Durante los otros 84 años, el país estuvo
controlado por hombres de las fuerzas armadas o, como en el caso de Castro, un
revolucionario que impuso una dictadura totalitaria...” ¿Y qué se
requiere para tener un gobierno democrático?
“Una clase política democrática, una clase política incorrupta por
venalidad, la subordinación militar a un gobierno civil, la difusión de los
valores democráticos en la sociedad, un estado basado en la ley[1]”.
Aunque
no sean los únicos, la carencia de esos cinco requisitos a lo largo de 100 años
revela las limitaciones que han impedido nutrir una tradición que impulse una
transición, de algún modo contraria a nuestra historia política. Ésta ha
sido una preocupación vieja y constante de la Corriente Socialista Democrática
Cubana, es una preocupación de toda la izquierda socialdemócrata
institucionalizada que se reúne en torno al Arco Progresista[2],
y es y ha sido también preocupación de una concertación ideológicamente
plural como la Mesa de Reflexión de la Oposición Moderada[3],
que desde su surgimiento puso en primer plano la institucionalización de los
procesos políticos para aventurar una transición democrática en Cuba.
Pero
los análisis sobre
cambio político en Cuba han puesto más el acento en las referencias a
procesos externos que en las dinámicas internas y en la
institucionalidad del cambio democrático. Así, análisis y propuestas políticos
han adolecido de lo que los sajones llaman pensamiento
desiderativo; con la consiguiente frustración ante las débiles y tenues
reformas producidas en la isla. Teniendo en cuenta lo anterior, mi ponencia básica
parte de una hipótesis central: una
transición democrática exitosa requiere la existencia de mínimos
institucionales. Y
la sostengo sobre siete condiciones: Necesidad
de espacios institucionalizados:
primero, para la fluencia e intercambio de información, personas y
proyectos que den estabilidad, control, cohesión y sentido a los cambios que se
proponen; segundo,
dado el carácter secuencial de
unas transiciones que, mayoritariamente, a) son ajenas a la violencia, b) acuden
al pacto, c) implican, sin poder marginarlos, a diversos sectores, fuerzas e
intereses de todo tipo y d) requieren canales y mecanismos que los contengan y
permitan expresarlos –más
allá de las elites– para
garantizar el éxito de una negociación que sólo puede ser institucional; tercero,
para “imponer” el sentido
de
realidad, ajeno casi siempre a poderes largamente enraizados, e impedir
la subestimación de adversarios que de otro modo serán socialmente invisibles;
cuarto, para
de-moralizar el debate, flexibilizar
a los adversarios, despersonalizar las alternativas y darle fuerza negociadora a
los liderazgos; quinto,
como únicos garantes de la compleja institucionalización de la democracia,
entre las que se incluye fundamentalmente la
institucionalización del proceso constitucional; sexto,
para procesar conocimientos e información clave en cualquier transición y séptimo,
para regular y moderar los conflictos de una transición, por vía de
reducir la representación fragmentada ––dándole fuerza y legitimidad a la
toma de decisiones––, definir los roles de los actores políticos y
sociales, y facilitar los consensos mínimos necesarios en sociedades en cambio.
Estas
siete condiciones faltan en Cuba como premisas para desvirtualizar
el proceso de transición democrática, lo que impide aprovechar con eficacia el
contexto y las fuerzas internacionales en dirección a la transición. Y
si uno contrasta esto con las condiciones sociológicas existentes en los países
que experimentaron algún tipo de transición nota otra serie de peculiaridades:
una,
las transiciones clásicas no fueron teóricamente pensadas antes de iniciarse; dos,
son eminentemente políticas; tres, la economía es un factor
independiente; cuatro, los referentes democráticos no estaban
cuestionados; cinco, no pudieron utilizar como coartadas
la seguridad nacional o la soberanía para congelar movidas políticas; seis,
se produjeron en países de fuerte sociedad civil y de movilidad creciente: física
y social; siete, el
exilio solo define un lugar físico y una condición circunstancial; ocho,
no tuvieron que reinventar la
tradición diversa de doctrinas políticas que fundamentaran la pluralidad
democrática; nueve, ninguna se enfrentó a la fuerte capacidad
simbólica de los mitos políticos y diez, todas contaron
con un suelo ético más o menos sólido que sirvió de paradigma al juego
social y político. Estas
diez constantes son importantes de contrastar por una razón básica: la
transición en Cuba parece, y solo parece, que seguirá el camino más o menos
clásico, pero sin ninguna o muy pocas de
las condiciones que facilitaron el cambio democrático en otros países. Cuba
está en transición porque se están produciendo mutaciones definitivas en las
dimensiones ideológica, cultural, sociológica, económica y política. Por eso
hablamos de postotalitarismo;
pero esas mutaciones
se están produciendo, en áreas importantes, al margen de la influencia
real de los movimientos alternativos; sin crear una contestación significativa
por parte de la sociedad y bajo la aparente continuidad del régimen político.
La dinámica propia de la transición y los cambios muy sui generis que se
vienen produciendo complejizan su proceso mismo y hacen impredecibles los
escenarios. Esto supone retos y riesgos políticos para la oposición cubana. ¿Cuáles
son esos retos y riesgos? 1-
Dificultad
de inserción social, 2-
Debilidad
al mismo tiempo que exceso de política doctrinaria, 3-
Falta
de conexión con intereses económicos,
4-
Poca
identificación con el debate político más perentorio al que se enfrenta Cuba:
el debate sobre qué tipo de nación nos vamos a dar,
5-
Poca
interrelación con las dinámicas políticas externas, 6-
Ausencia
de alternatividad asumida, 7-
Pérdida
del ciudadano político y 8-
Desubicación
permanente del debate político central Frente
a estos dilemas: ¿cómo insertarnos primero y dirigir después la transición
en un sentido realmente democrático? Esto es posible sólo a través de la
institucionalidad, lo que estaría demandando de nosotros una apuesta por la política-proceso
más que por la política-acontecimiento. De
modo que sin las condiciones presentes en las transiciones clásicas que
crearon las bases para la institucionalidad del cambio democrático, Cuba se
enfrenta a fuertes exigencias de cambio: se maximizan las demandas de la
transición frente a una débil oferta interna para satisfacer las necesidades
de un virtual mercado político. Y el tipo de cambio exigido o prevaleciente no
es el que potencia las premisas institucionales de la transición democrática.
Es el que solicita un cambio de régimen en términos clásicos. En
efecto. La transición en Cuba se ha modelizado
en los últimos tiempos según el caso español, y con fuertes referencias
estadounidenses que establecen el tipo y ritmo de la misma: transición rápida,
sustitutiva y privilegiando los procesos eleccionarios. Sin
embargo, la preeminencia de este esquema global está desfasada de la dinámica
interna de Cuba. De donde extraigo una segunda hipótesis: La
estrategia democratizadora que prevalece internacionalmente es un doble freno a
la transición cubana; sea que la midamos en términos clásicos, porque aborta
el desarrollo de las premisas institucionales necesarias para esa misma
estrategia; sea que la midamos en términos cubanos, porque no estimula la
creación de la institucionalidad imprescindible para construir un modelo propio
de transición. ¿Cuál
es esa estrategia? En el tiempo ha
sido ambivalente, pero la describo así: presión política sobre el gobierno
cubano para que adopte esquemas internacionalmente avalados de transición
democrática, con énfasis en los procesos eleccionarios, y apoyo político a
propuestas que cumplan los requisitos de esa estrategia. La
viabilidad de ésta ha querido combinar la certeza moral con los mecanismos políticos.
A): el gobierno debe convencerse de que su modelo, inviable, no funciona y B):
no hay inserción de Cuba hasta tanto el gobierno no dé pasos en las
direcciones indicadas por la estrategia. Y El ciudadano político necesario para
sustentarla se ha visto, según ella, en alguna parte, atrapado por el consenso
involuntario que produce el totalitarismo. Pero
precisamente el espacio que hay entre la certeza moral y el ciudadano político
atrapado por el totalitarismo es el necesario para potenciar el proceso de institucionalización
del cambio democrático; proceso definitorio para cualquier tipo de transición
que se produzca. La
hegemonía de esta estrategia ha tenido dos efectos: rearme político del régimen
para neutralizar cualquier desafío legitimable a su poder, y debilitamiento de
las alternativas de la sociedad civil en Cuba. Hoy el totalitarismo político ha
ganado la partida. Y nos devuelve, no sé por cuánto tiempo, hacia la agenda de
los derechos humanos. Ahora
bien. La tentación de seguir semejante estrategia ahoga físicamente el proceso
de institucionalización del cambio democrático y lo deslegitima políticamente
al otorgar mayor relevancia en el proceso a los Estados Unidos: un actor geopolítico
y geoestratégico, absolutamente contraproducente para la democratización de
Cuba por cuatro razones: Una
razón histórica, vinculada a su difícil
relación con Cuba; una cultural, su
modelo de democracia no es practicable atendiendo a la tradición cubana; una
de mentalidad política, los
estadounidenses son buenos en cambios rápidos, bruscos y de sustitución hegemónica,
amparados en el tipo de diplomacia punitiva
y de protectorado que practican, pero
no están preparados para procesos de transición graduales como es el caso de
Cuba y una geoestratégica; como es
una nación con intereses globales en El
gran tablero mundial que
describe Zbgniew Brzezinski, los Estados Unidos tienen imperativos más acá de
los valores humanos y políticos que dicen defender. La necesidad de alianzas y
enroques con países y regímenes ajenos a esos valores, para defender una ruta
estratégica en cualquier punto del tablero,
les quita fuerza moral para promover democracias y respeto a los derechos
humanos en otros puntos de ese mismo tablero.
La
incontinencia hegemónica de los
Estados Unidos es, sin embargo, cultural. Y el resultado de ella en Cuba ha
supuesto históricamente una deslegitimación política de las instituciones del
cambio democrático. Extraigo
por tanto una tercera hipótesis evidente: el
protagonismo geopolítico de los Estados Unidos dentro de la estrategia
internacional para promover la transición en Cuba deslegitima la construcción
de los mínimos institucionales del cambio democrático y legitima doblemente el
modelo político actual en Cuba: fundamenta
un nacionalismo ideologizado por
metas sociales positivas, y justifica un socialismo
nacionalizado por fines históricos. Creo
por tanto que se requieren otros actores geopolíticos distintos y con una
estrategia diferente con el fin de
impulsar lo que considero más fundamental para la transición en Cuba: la
institucionalidad del cambio democrático.
¿Cuál
podría ser esa estrategia diferente?: la hegemonía del diálogo
crítico como fórmula por excelencia para aproximarse a Cuba, la cual
posibilitará la necesaria institucionalización del cambio democrático. Esto
exige un enfoque más reposado que permita desplegar una agenda multilateral
sobre bases críticas, constructivas
y vinculantes al
mismo tiempo que ampliadas a la
emergente sociedad civil. La
idea fundamental detrás de esta estrategia
es que sólo las políticas gradualistas han producido los mejores
resultados en procesos de democratización complejos. En este sentido es
importante “no confundir una visión
clara con una distancia corta… esa sensación de estar parado en la cima de un
acantalido, mirando por encima de un gran bosque a una montaña distante que es
la meta. La cumbre está tan cerca que parecería que uno podría extender la
mano y tocarla. Eso es así, hasta que uno se mete en los árboles y empieza a
abrirse camino hacia la montaña[4]”
Este error de perspectiva ha ocurrido demasiado con y en Cuba. Esta
estrategia obliga a nuevos enfoques. Sólo expondré los que me parecen más
relevantes: 1-
Un enfoque integral de los
derechos humanos. El único productivo en Cuba. Es este uno de los propósitos
de la Coalición Diálogo Pro Derechos.
2-
Una política, pese a los
últimos y graves acontecimientos ocurridos en la isla, vinculante,
de diálogo y de no aislamiento del gobierno de Cuba. 3-
Una potenciación de los
intercambios y los proyectos dirigidos hacia la institucionalización
del cambio democrático. 4-
Una aproximación política
basada en una Plataforma
de Mutuas Garantías entre todos los sujetos del cambio democrático.
Los trabajos del Grupo Memoria, Verdad y
Justicia son una importante contribución en este sentido. La
comunidad internacional, si quiere tener una mayor y mejor influencia en el
escenario cubano, debe tener en cuenta estos enfoques. Estos
harán viable una transición que sólo será posible con y desde actores institucionales.
Institucionalización
que constituye un imperativo político e histórico.
Políticamente, sólo la institucionalidad produce estrategias flexibles,
dinámicas y porosas que suavizan el intercambio social y permiten deslizar la
transición desde concepciones realistas. Fue y es un error político pensar que
en Cuba la lógica constitucional era superior a la lógica política. En
sociedades como la cubana, el sentido de lo político está por encima del
sentido de sus propias instituciones: el concepto de Revolución, con su invención
diaria, devora constantemente la Constitución. Intentar atraparla
constitucionalmente la reforzó en el momento mismo en el que la sociedad, no
las instituciones, la devoraba. Políticamente
también, la institucionalización
ofrece seguridades y legitimidad a los potenciales actores que pueden
incorporarse a las dinámicas democráticas de la sociedad civil. Grupos pequeños,
que tienden a anquilosarse, son propios de las lógicas
revolucionario-conspirativas, no de las complejidades sociológicas de una
transición. Ella permite por otra parte politizar
el debate político en contraste con la personalización
que sufre cuando éste no tiene respaldos institucionales. Esto es importante
para impedir que las alternativas se agoten con las personas. Peligro permanente
de la política cubana. Finalmente,
la institucionalización
democrática neutraliza el retorno de los viejos actores que dominan el knownhow
y el hardware de la política. Históricamente,
por su parte, la institucionalización
es básica para lograr una mutación de las prácticas culturales de la política
cubana, y constituye la única garantía para forjar una tradición que
reequilibre la tradición autoritaria de nuestra cultura política.
El
reto de la comunidad internacional está aquí ahora mismo. Todas las preguntas
sobre el postcasrismo tienen respuesta en
la
clase, la fuerza y el grado de institucionalidad democrática que tengamos,
para afrontar los desafíos de una sociedad que casi está obligada a reinventar
su tradición democrática. Hoy no hay otra alternativa que comenzar la
construcción del futuro. Ahora mismo. Pero
quizá resulte obvio decir que, en términos de gobierno y de fuerzas políticas,
sólo Europa y América Latina tengan ofertas disponibles para poner en práctica
esta estrategia. La
Habana, 24-08-03 Lic.
Manuel Cuesta Morúa, Secretario General de Corriente Socialista Democrática
Cubana, organización miembro del Arco Progresista y de la Mesa de Reflexión de
la Oposición Moderada.
[1]
En: González, Edward.
Después De Castro: Regímenes Alternativos y Política De Estados
Unidos. Págs. 14 y 15 RAND Corporation
2002. [2] Arco Progresista: concertación de organizaciones socialdemócratas de dentro y fuera de Cuba surgida en marzo de 2003. Conformado actualmente por: Mujeres de Izquierda Democrática, Movimiento Juvenil Socialista Democrático, Partido del Pueblo, Movimiento Cubano por la Democracia, Coordinadora Socialdemócrata de Cuba, Centro de Estudios del Socialismo Democrático “Diego Vicente Tejera” y Corriente Socialista Democrática Cubana. [3] Mesa de Reflexión Moderada. Creada en 1998 como una coalición de organizaciones liberales, democratacristianas y socialdemócratas fundamentalmente de Cuba y el exilio. Esta compuesta también por otras organizaciones de naturaleza, sindical, civilista, de derechos humanos y profesionales. Su principal documento es la Plataforma Común, una propuesta política hecha pública en 1999. [4] “Paul Saffo and the 30 year-Role” Paul Saffo, Design World, 24 (1992) :18, En Mediamorfosis, Comprender los nuevos medios. Roger Fidler Ed. Granica, México, 1997
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