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Fusilados al amanecer
Carlos Alberto Montaner
Fidel Castro se quedó helado cuando José Saramago, el Premio
Nobel de Literatura, publicó su ya célebre carta con el "hasta aquí he
llegado". Aún le resultó más dura la "deserción" de Eduardo
Galeano, un ensayista uruguayo de menor peso literario, pero con una relación
casi carnal con la dictadura cubana. Después de dieciocho mil fusilados y
ciento veinte mil presos políticos a lo largo de cuarenta y cuatro años de
ininterrumpidas persecuciones, que incluían desde homosexuales hasta Testigos
de Jehová, pasando por lectores de Vargas Llos a y amantes de la música de los
Beatles, ¿cómo y por qué iba a imaginar el Comandante que las míseras
muertes de tres infelices "negritos" -como les llama despectivamente-,
y apenas 75 nuevos condenados a cárcel, provocarían una sublevación entre las
huestes de sus mimados escritores y artistas, incluidos los cantantes Ana Belén,
Víctor Manuel, Joaquín Sabina, y otros populares personajes de la izquierda?
Las dictaduras comunistas con vocación imperial, como la cubana, siempre
requieren un coro internacional de apoyo. ¿Cómo Fidel Castro puede ser un
tirano implacable si Gabriel García Márquez, tan talentoso y simpático, es su
amigo? ¿Cómo va a ser cierto que los guardafronteras ametrallan balseros y los
carceleros asesinan a los presos políticos, como le ocurrió a mi amigo Alfredo
Carrión, si Mario Benedetti, ese tierno poeta uruguayo, apoya la revolución?
Es tan importante este cuerpo de dóciles sicofantes, que el Máximo Líder,
siguiendo de cerca el modelo soviético, creó una poderosa rama del Ministerio
del Interior para potenciarlo: el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos.
¿Por qué tanta gente valiosa e inteligente se presta a esta desvergüenza? La
coincidencia ideológica cuenta, pero menos que la vanidad y los intereses económicos.
La dictadura recompensa con dinero y con fama. Edita libros y discos. Hay
premios, prensa, halagos. Pero hay también un aspecto psicológico importantísimo:
la revolución aporta un circuito de apoyo internacional. Tiene mucho de secta
religiosa. Hay una masonería revolucionaria, cálida y entusiasta, que entrega
su corazón y sus aplausos en cada rincón de la cultura donde el coro entona
sus alabanzas. Romper con la revolución cubana es también romper con todo eso:
pregúntenle al escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, a quien los
castristas de su país hasta le han enviado una bomba por correo.
Hoy mucha gente está dispuesta a pagar ese precio. El Comandante y la revolución
pe rdieron totalmente su atractivo. Los dos están muy viejos. Han hecho mucho
daño. Han matado y encarcelado excesivamente. Han generado demasiada miseria,
demasiados exiliados, demasiados delatores. El pretexto del imperialismo yanqui
ya no alcanza para encarcelar al primer poeta del país, a Raúl Rivero, a
veinticinco periodistas independientes, a catorce bibliotecarios y a otros
treinta demócratas, por decir verdades. Mucho menos para matar a tres muchachos
que de manera incruenta intentaron secuestrar una lancha para escapar del
infierno.
Castro y sus propagandistas han intentado contener la desbandada con un
Manifiesto envilecido, encabezado por Alicia Alonso, a cuyo pie han puesto sus
firmas temblorosas veintiocho escritores y artistas: Miguel Barnet, Roberto Fernández
Retamar, Cintio Vitier, Silvio Rodríguez y un forzoso etcétera. ¿Qué
dicen, qué los han obligado a decir? Que no los dejen solos porque Estados
Unidos los invade. Pobre gente. Fidel Castro también los fusiló al amanecer y
no se han dado cuenta.
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