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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Estalinismo en La Habana Robert Menard Secretario general Reporteros sin Fronteras
Viernes 4 de abril de 2003. Tribunal Municipal del Distrito 10 de Octubre, La Habana. En el banquillo de los acusados, Raúl Rivero, poeta y periodista. Como veinticinco de sus colegas de la prensa independiente, como otro medio centenar de disidentes --sindicalistas, militantes de los derechos humanos, opositores que no pueden ser más pacíficos--, está acusado de ''traidor'', vendido a los intereses norteamericanos. En su alegato, el fiscal le acusa de publicar artículos ''tendenciosos'' en la prensa extranjera. Y de colaborar con Reporteros sin Fronteras, una ``organización terrorista francesa manipulada por el gobierno de Estados Unidos...'' Podríamos pensar que hemos vuelto a los tiempos del estalinismo triunfante. No falta nada: soplones, chivatos, provocadores se suceden en el estrado. A los abogados, de oficio, les avisan la víspera del juicio. Las fuerzas de policía peinan el barrio. Expulsan a corresponsales de la prensa extranjera y a diplomáticos. En su defensa, Rivero dirá y repetirá que es un periodista, sólo un periodista. Y lanzará un soberbio: ``Yo no conspiro, escribo''. La sentencia llega tres días más tarde. ¡Veinte años de cárcel! A los setenta y cinco disidentes les condenan a penas que llegan hasta los veintiocho años de detención. ¡En total 1,450 años de cárcel! Cuando algunos observadores creyeron observar, tras la visita del Papa Juan Pablo II en 1998, algunos signos de relajación de la tensión, esta oleada represiva conmociona a la comunidad internacional. Personalidades del mundo político e intelectuales de todo tipo condenan los encarcelamientos. Algunos estados, indignados, llaman a los embajadores de Cuba y exigen explicaciones. La Unión Europea congela las negociaciones comerciales en curso. Empiezan a alzarse algunas voces, hasta entonces silenciosas. Los amigos de ayer, esos eternos compañeros de viaje que disfrutaban con los posters ajados del Che Guevara, despiertan con náuseas, con la desagradable sensación de haber cerrado los ojos durante demasiado tiempo, de haber encubierto las actuaciones de un régimen que ha sojuzgado a un país donde --hay que recordarlo porque algunos parecen autistas-- poseer un fax o una fotocopiadora sin autorización puede conducir a la cárcel. Un país donde no existe el equivalente de los samizdats de la URSS de los años 70. Un país donde querrían ''poder controlar hasta el pensamiento de la gente'', como denuncia Raúl Rivero. ¿Cómo explicar esa ceguera de una buena parte de la intelligentsia europea, contra la propia evidencia, contra las cifras, contra los hechos? ¿Cómo entender que continúen prosperando discursos a la vez huecos, totalmente falsos y cargados con tal pathos, que contagian a cualquier espíritu crítico? ¿Cómo, a fuerza de cargarse de palabras, algunos han terminado por pasar rozando el simple sentido común? Puede que alguien lo juzgue un ejemplo provocador: atreverse a afirmar que Castro no tiene menos víctimas que Pinochet en su activo; que el dictador chileno se inclinó ante el sufragio universal mientras que el predador de La Habana se sigue negando a la menor consulta realmente popular, y ha hundido a su país en la miseria y la prostitución, cuando el general de Santiago supo hacer de su país un éxito económico (al precio, no conviene olvidarlo, de gravísimas desigualdades sociales), es simplemente inaudible para nuestras almas buenas. Sin embargo, ahí están los datos, cabezotas, innegables. Y decirlo evidentemente no cambia en nada el juicio moral que tengamos sobre uno y otro dictadores. ¿Por qué tanto temor ante la sola idea de situar en el mismo plano a un Pinochet y un Castro? Porque la ''gente de izquierdas'', como se decía todavía ayer en París, en Madrid o en Roma, está convencida de que al comunismo no se le pueden imputar nunca los crímenes que se cometen en su nombre. Las responsables son siempre sus perversiones. La idea comunista es generosa, por encima de toda sospecha. Pero se ha pervertido, traicionado. No hemos conocido más que derivas, desviaciones, degeneración, burocratización... Poco importa que todos los historiadores serios digan lo contrario, no se les cree. En Europa, la acusación de anticomunismo sigue siendo un insulto. Todavía funciona como una marca de infamia, de la que hay que defenderse. Las ejecuciones comenzaron en los mismos días que siguieron a la subida al poder de Fidel Castro, la caza a todos los ''desviados'' -- homosexuales, ''holgazanes'', recalcitrantes con la moral revolucionaria-- se inició a las pocas semanas de la llegada de los ''barbudos'' a la capital cubana; se nos habla siempre del embargo norteamericano, de la presión capitalista, de la globalización asesina, para intentar justificar lo que tiene el nombre de tiranía. Hay que decir que ya nos habían servido la misma sopa cuando las armas blancas a las puertas de Moscú, los mencheviques siempre dispuestos a traicionar y los amigos de Lenin obligados, los pobres, a reducirles al silencio y encerrar en los campos a todos sus oponentes, con la amenaza de la contrarrevolución... Recordad los cientos de detenidos políticos de los calabozos de La Habana, y en las filas de la izquierda ''progresista'' de Europa o de Latinoamérica responderán recordando la lucha contra el analfabetismo y el progreso de la medicina. ¡Imaginad por un momento la indignación si, preguntados por los crímenes del nazismo, respondiérais recordando los éxitos del Tercer Reich en la lucha contra el paro o la construcción de autopistas! Hay quien más que informaciones verificadas, contrastadas, prefiere una lectura plagada de clichés, de prejuicios, y especialmente de ese antimericanismo, auténtico fondo de reptiles de una buena parte de los intelectuales de la vieja Europa. Sus repetidos encantamientos, sus utopías incansablemente recicladas, sus incesantes malabarismos no son inocentes. Han permitido a los regímenes dictatoriales, como el de La Habana, hacer pedazos a su pueblo sin que algunos tengan nada qué decir. Se dice que los buenos sentimientos no hacen necesariamente buena literatura. Son el origen de algunas de las mayores tragedias del siglo que acaba de terminar. ¡Qué de desgracias impuestas a esos pueblos de los que se reclamaba - -y se siguen reclamando--, sin pedirles jamás su parecer! Resulta sorprendente este entusiasmo por algunos crápulas exóticos de parte de los mismos que protestan ante el menor esguince a las libertades en su propio país, siempre dispuestos a coger el adoquín, a presentar una petición por la menor falta a la democracia, pero sólo en su casa. ¿Y si el blues colectivo que recorre las calles de La Habana Vieja se apoderara de los últimos supporters de una de las dictaduras más tenaces del mundo? Sería una victoria para Raúl Rivero. Pero también --y sobre todo-- para los cubanos presos de un sistema en el que ``la confusión moral lleva a la gente a pensar una cosa, decir otra y actuar de manera diferente''.
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