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Cuba : « Olvidar a Castro »

Nota de los editores: Reproducimos entrevista realizada por el semanario "L'Express"  al intelectual cubano Jacobo Machover, exilado en París, quien acaba de publicar un libro en francés sobre el castrismo. Gracias al colectivo Solidaridad con Cuba Libre (http://www.cubasicastrono.org) , de París, Francia, por haberla enviado. 

Por Michel Faure

En Cuba, totalitarismo tropical[1], el exiliado Jacobo Machover muestra hasta qué punto, detrás del pseudo-romanticismo de la revolución, se oculta una realidad brutal.

¿Por qué se ha mantenido tanto tiempo la revolución cubana?

¿Es la revolución la que dura? Ésta implica el movimiento. Pero en Cuba, lo que sorprende es la inmovilidad. No se trata de una revolución sino de una congelación. Todo ha sido definido desde 1959.

¿De qué manera?

Por medio de la represión y de las ejecuciones, desde el primer día. Estaban destinadas a infundir el miedo en todos aquellos que pudieran tener la intención de alzar su voz contra el régimen. En 1961, una consigna - « dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada » - determinó el marco de la actividad de los intelectuales. A partir de ahí, nada más se movió.

¿Castro era marxista antes de la revolución?

Pienso que no. En su alegato, « La historia me absolverá », cuando fue juzgado por el asalto al cuartel Moncada en 1953, no desarrollaba ningún concepto marxista. No tenía la más mínima idea de lo que eran las clases sociales; intentaba reagrupar a todo el mundo, incluyendo a la burguesía, entre sus partidarios. Acabó haciendo alianza con la Unión Soviética, pero se hubiera podido aliar con el diablo. Los soviéticos, por cierto, lo consideraban como totalmente irresponsable. La única ideología que anima a Castro es su apetencia por el poder.

A propósito de Castro, usted habla de un « dios barbudo »…

 Él y sus comandantes aparentaban ser Jesús y los doce apóstoles. Y la puesta en escena de la paloma que se posa en su hombro durante su primer discurso en La Habana… Castro sabe aprovechar la religiosidad del pueblo.

Logró un milagro sin embargo: el de sobrevivirle a la caída del imperio soviético. ¿Cómo lo ha logrado, a su parecer?

Se debe a dos factores. El primero es el terror, del que ya hemos hablado. Debido a ello, la única solución es la huida. La represión parece ser eterna. El segundo es la simpatía que Castro supo atraer hacia su persona en el mundo entero.

Pero Europa se ha vuelto recientemente más crítica con Cuba…

¡Ya era hora! Cuarenta y cuatro años después…

¿Usted también ha sido simpatizante de la revolución?

Sí. Yo vengo de una familia judía polaca, marxista hasta la médula. Mi padre había trabajado con el Che, y yo también lo quería mucho. Abandoné Cuba en 1963 con mis padres y volví por primera vez en 1978, en una época en que el régimen alenaba a los jóvenes exiliados a visitar la isla. Me habían avisado de que no tenía que frecuentar a « malos elementos ». Cuando la gente a la que yo había conocido de niño se daba cuenta de que la policía me estaba siguiendo, yo leía el miedo en sus rostros. Era un miedo que desfiguraba a la gente cercana, produto de un sentimiento inhumano.

¿Cómo ve usted el porvenir después de Castro?

El régimen desea una transición anti-democrática, dinástica, con el hermano de Fidel, Raúl. Éste sabe muy bien que no tiene ni la personalidad de Fidel ni su carisma ni su ambición. Ya no es joven. Está enfermo, es alcohólico y violento. Él llamó una vez a su hermano « nuestro papá ». ¿Podrá el sistema aguantar con él al frente ? No lo sé. Lo que sí sé, es que no existe ninguna alternativa democrática en estos momentos.

¿No podría Oswaldo Payá, el promotor del Proyecto Varela, representar esa alternativa?

No. La disidencia está dividida y dispersa. El régimen se encargó de aplastarla en marzo de 2003.

¿Cuáles son sus esperanzas, entonces?

Poder un día olvidar a Castro, no tenerlo siempre presente, en nuestros sueños y en nuestras pesadillas. Él ha determinado la vida de todos nosotros, aunque no haya sido elegido por nadie.

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[1] Cuba, totalitarisme tropical. Ediciones Buchet/Chastel, 164 páginas, 14 euros.

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