Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

 

Cubano y nada más

 Domingo Serrano

(Gracias a payolibre.com)

18 de febrero de 2004- Matanzas – www.PayoLibre.com – El gobierno, en su afán premeditado porque el termino revolucionario actúe como premisa en la conciencia del pueblo, lo exige, y sólo usted puede presumir de ser cubano, si está integrado al sistema político impuesto desde mil novecientos cincuenta y nueve.

Por otra parte, ya no le basta. Desde hace tiempo todo lo que integra o se mueve en el ámbito nacional, no puede tener otro calificativo.

Si hablan de deporte, es el revolucionario; si se trata de la educación, es la revolucionaria, y así, la medicina, la justicia (¡!), el transporte, el turismo, el arte, etc., no escapan. La telaraña lo copa todo.

Por lo tanto, esta maniobra cerebral da para que el ciudadano común no pueda zafarse del parlé: cubano-revolucionario, como un binomio cuadrado perfecto.

¿Y es que el cubano para ser cubano tiene que ser necesariamente revolucionario?

Si es así, los que viven en las otras fronteras, ¿qué son?

Y me refiero en sí, y a lo mejor, a los que ya con otra ciudadanía, en sus entrañas, todavía sienten, ese suave y dulce tono lleno de nostalgias, al pronunciar las tres silabas (en la mayoría de los casos), que han podido quitárselo de encima, aunque muchos lo pretendan y otros no, porque sinsabores y hasta rencores han ayudado, no para sentir desprecio, sino un dolor perpetuo que no han podido disminuir.

Ser cubano, así, sencillamente, sin ninguna otra palabra que lo acompañe, lo palpamos más que nunca (y este periodista independiente lo comprueba día a día), cuando del exterior, así vengan de donde vengan, vuelven a encontrarse con sus raíces por muy maltrechas las encuentren, y en el abrazo fuerte al bajar del avión, las lágrimas incontenibles, no sólo porque regresan para ver a sus lazos sanguíneos, después de tantos años separados. En el fondo, existe algo mucho más fuerte que los mantiene atrapados.

Muchos, cuando entran en los que fueron sus hogares, palpan las paredes carcomidas y agrietadas, pero suyas todavía. Otros, sacan los sillones a las aceras, saludando a todos los que pasan, como si el tiempo no existiera, y para patentizar que todavía no han perdido su cubanía, con todo lo bueno y malo, cubanía al fin, entablan un altisonante juego de dominó con sus vecinos de ayer en plena calle, jugándose una botella de ron. Y que decir, los que se gastan cintas de video en grabar su otrora habitación, el desvencijado comedor estilo años cincuenta, descascarados por el uso continuo, y...

Sin contar, que, rompiéndose el alma, se encaminan al cementerio, porque allí, yacen el viejo y la vieja, que ellos no pudieron ni velarlos ni asistir al entierro. Y quizás, en esos momentos, agrios, con un ramo de flores entre las manos algo temblorosas, tratando inútilmente de hablar con ellos, vuelven a sus infancias, a las caricias y regaños perdidos, y callan, se lo callan, mientras en sus mentes, sólo ellos son capaces de murmurar: ¡viejos, cómo los extraño!, para después alejarse y salir plácidos, no porque han sido actores de un rito que nos viene de la raíz hispánica, sino porque los sentimientos, por suerte, se mantienen latentes, y también, porque el cubano es así, sin o con cartelito de revolucionario, que por otra parte, se borra, se olvida, se echa a un lado, después de tantos años pegado como una costra, la cual hay que quitarse de encima, ya que el matiz político no ha podido ni podrá, lo que verdaderamente acontece en la sangre de los nacidos en esta Isla.

Isla, con sus misterios, que cada uno clasifica en diferentes formas. Que se ama o se odia, o que el odio ya disminuye sin rencores posibles, porque todo pasa, se aleja y el encuentro es inevitable y necesario, no sólo los de allá con los de acá, sino también en sentido contrario.

Y sin embargo, nada revolucionario enturbia el ambiente. La nostalgia, el (los) recuerdos de lo que fueron (¡y son!), nadie ha podido quitárselo pese a vivir en otra tierra. Y se dan cuenta (nos convencemos cada día más y más), que hay mucho que recobrar, que contar, que reír de nuevo, y por qué no, de burlarse de aquéllos que siguen y prosiguen enarbolando una palabra cada día más hueca, pasada de uso, que ya aunque se diga, huele a cosa podrida, a nube pasada, a recuerdo sin memoria.

¡SOMOS CUBANOS Y NO ES NECESARIO MÁS!

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