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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Crónica póstuma para un extremista Por Domingo Serrano (gracias a Payolibre.com) 17 de febrero de 2004. Matanzas – www.PayoLibre.com – Ahora estará allí solo. Irremediablemente, solo. Frío, sin ver ni oír y ni poder alzar la voz. Que era mucho para él. No tendrá ni siquiera quien, con un poco de compasión, le tribute una simple, y ordinaria flor. Nada. Y a lo mejor, ni un recuerdo fugaz. Pudo haber sido un vecino querido y respetado, pensara como pensara. Pero su muerte, o fue indiferente o consistió en una apacible venganza esperada y silenciosa. Ya nadie continuará temiéndole. Se largó (por decirlo con la expresión menos literaria), cuando muchos, desde hace tiempo le deseaban que se fuera hacia el presunto mas allá, y verlo alejarse para siempre, como una pandemia. Los instintos en él prevalecieron por su posición férrea a través de estos largos años, desde que se mudó para la cuadra. Y todos, incluso este corresponsal de Cubapress, reconocimos que teníamos a un comunista con rasgos estalinistas, puerta con puerta. “Su aval revolucionario”, lo puso a prueba, desde el primer acto de repudio que dirigió, para que todos supiéramos, sin vacilación alguna a quien teníamos tan cerca. Y lo mismo hizo en los mítines frente a los hogares de los supuestos contrarrevolucionarios. Y no le bastó. Implantó una inquisición atea, por la cual le apodamos “la amenaza roja”. Tiró, huevos y tomates en los rostros de los que nos abandonaron en el caliente agosto de los ochenta. Y mantuvo una guardia perenne cuando el éxodo masivo de los noventa, para saber quien se iba o no. Se volvió en el sumun dictador entre nosotros y sus arengas contra los que no pensaban como él, lo mismo la vocifereaba en medio de la cola del pan, que en las asambleas del “comité de defensa de la revolución”. Sin embargo. Ironía del supuesto destino. Hubo que ingresarlo en Terapia Intensiva, cuando su hijo, el futuro joven comunista de relevo, cogió una lancha para el norte. Esa estocada en pleno corazón de padre, que pudo no hacerlo cambiar, pero sí conllevarlo a reflexionar y comprobar que todo no es blanco y negro, lo motivó más para incentivar sus arengas, y apretó la tuerca en su monolítico pensar y proceder, llegando a repudiar al único descendiente que tenía, obligando a su mujer, personaje gris en esta historia, que actuara como un títere bajo su orden o mandato. Por suerte (y perdónenme), ella lo dejó solo y no precisamente porque cogió otra balsa. Su corazón no quiso seguir latiendo y se conformó con un rustico ataúd revolucionario, construido con tablas baratas de pinotea, para quizás (nadie lo pudo saber), descansar. No obstante, ni el dolor por la pérdida de ella, lo amortiguó, para su “abnegada labor” en pro del socialismo cubano. Y ya viejo, apoyándose en un bastón, casi ciego, se sentaba en la acera de su casa, desde por la mañana hasta por la noche, espiando quien entraba en casa de quien. Quien recibía a parientes del exterior, y quizás, rumiando en sus adentros, por no poder entrar en los cerebros de los demás, para poder detectar el próximo desafecto contra el régimen. Hasta que allí mismo y sentado como siempre en su viejo sillón, se fue para nunca volver. De la cuadra, poquísimos asistieron al velorio y al entierro. Las coronas (cuatro), ninguna fue enviada en nombre de sus ex vecinos. A su despedida, fueron los dos sepultureros y cinco veteranos “de glorias pasadas”, arrastrando los pies de una nota tintineante en toda la ceremonia final. Por otra parte, y desde ese día pagano-religioso, todavía no tan lejano, a mí me dio por vislumbrar que en el firmamento, volvía a brillar una estrella sobre nosotros, sus víctimas. fin
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