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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Semana del 9 de febrero de 2000 EN EL 2000, EL PUEBLO EN LA MISERIA Por Ulises Cabrera, Pueblo Libre La Habana.—El año 2000, el último del siglo XX y del segundo milenio, encuentra al pueblo cubano sumido en la peor miseria de su historia, a pesar de las reiteradas promesas y los cantos de sirena del régimen totalitario en el poder desde cuarenta y un años. Y lo peor es que para su crítica situación socioeconómica no se vislumbra la menor esperanza. El espejismo de la recuperación y el despegue en su nivel de vida, uno de los más deteriorados del planeta, está sólo en el discurso oficial. Es un cliché que ha perdido credibilidad en las masas, desposeídas de todo: desde libertad y derecho hasta el amparo de un techo y el pan cotidiano. La solución a la crisis actual del país resulta imposible en las actuales circunstancias. Si se analiza sensata, objetiva y desprejuiciadamente no es tan coyuntural el relevo de funcionarios, aparente reformas epidérmicas o el constante reclamo a la supresión del embargo de Estados Unidos. Porque lo que requiere la nación es un cambio radical del sistema, lo que implica la reconstrucción en gran escala del país arruinado y oprimido, la apertura a una genuina democracia, la preponderancia de la sociedad civil, el establecimiento de una economía moderna, competitiva, desencentralizada, eficiente, capaz de premiar con el éxito y una vida mejor a los que desarrollan la producción y conquistan mercados, a los que son capaces de hacer fructificar los cuantiosos recursos humanos y naturales que Cuba posee y que hoy están bloqueados por una esterilizante ideología fracasada, prepotente y caótica, y una cúpula del poder congelada en el tiempo y en la concepción científica del mundo. A pesar de algunos exiguos logros parciales, la balanza comercial y de pagos del país registra un creciente déficit y la deuda externa se incrementa. En realidad la única fuente de divisas frescas está en el turismo y en las remesas familiares que llegan a una minoría de la población, fundamentalmente desde Estados Unidos. La manipulación de las cifras del Producto Interno Bruto (PIB), que el gobierno sitúa en un crecimiento del más del 6 %, en 1999 es el simple resultado de compararlas con las del desplome surgido en 1990 y 1994, cuando el colapso del Campo Comunista y, fundamentalmente, de la Unión Soviética que arrastró a Cuba a una crisis económica y social insondable, la peor de todos los tiempos, al suspenderse de improviso las cuantiosas ayudas que recibía, mayor que la destinada por Estados Unidos en el Plan Marshall para toda Europa al finalizar la II Guerra Mundial. No obstante el innegable fracaso macro económico, el ángulo más grave y explosivo está en el constante descenso del nivel de vida de la población, que ya hace algunos años tocó fondo, y el pueblo sobrevive a duras penas sumido en la miseria generalizada, carente de todo lo básico que exige la condición humana y desprovisto de toda esperanza de alcanzar felicidad, sosiego, estabilidad y la mínima perspectiva de superar sus creciente y ominosas desventuras. La vidriera propagandística de “potencia emergente”, de un pueblo alegre y dichoso en “un paraíso socialista igualitario” hoy ha perdido todo brillo y sólo la defienden los tontos útiles que aún quedan, y aparentan asumirla los profesionales de la izquierda que son cada vez menos —y todos en el exterior— porque en la isla la realidad se ha ido abriendo paso, como inseparable compañera de todo un pueblo que la sufre en sus entrañas desde hace más cuatro décadas, marcadas por la mentira oficial. El ciudadano común y corriente cobra su mísero salario en moneda nacional y con excepción de la limosna de la misérrima entrega de algunos productos racionados, todo debe pagarlo con los dólares que no posee, a no ser que sea un alto funcionario, reciba una mesada de un tío rico en Estados Unidos, robe al estado, trafique con el hambre del pueblo en la bolsa negra o simplemente se incorpore a la delincuencia, el peldaño menos remunerativo de la escala de la corrupción imperante. Iniciamos el año con salarios medios mensuales entre los 200 y 230 pesos cubanos, al arbitrario cambio oficial de unos 20 dólares, jubilaciones promedio de unos 1,200 pesos anuales, equivalente a unos 60 dólares, ambos rubros entre los más bajos del mundo, sólo comparable con los de Haití, y algunos países del África subsahariana. Sin contar el desempleo. Trabajar en empresa extranjeras o mixtas es poco menos que asfixiante porque los empleados de la industria de la recreación tienen que ceder una buena parte de sus propinas a organismos del estado para “fines humanitarios”. En los consorcios mixtos del estado y firmas foráneas el gobierno es el empleador exclusivo, que otorga los privilegios del cargo y cobra los sueldos en dólares, a las tarifas internacionales, en tanto les paga a los trabajadores de la isla en los depreciados pesos y en una cuantía bajísima. EL monopolio de los servicios de la población es absolutamente estatal, en moneda cubana y, por lo tanto, no se prestan, y cuando se logran obtenerlos son pésimos y caros. Si se le rompe el viejo televisor o radio soviético no hay piezas para repararlo a no ser que las adquiera a precios de oro en la bolsa negra. Las tintorerías están paralizadas por falta de insumos, los organismos comunales atesoran enormes listas de servicios por prestar, solicitados en los últimos diez años y así, si no es dólares o a un particular en forma clandestina no se puede lograr una reparación de albañilería, plomería, carpintería, etc. Y las medicinas, en un país que se auto titula “Potencia médica” están reportadas como “faltantes” en las farmacias para la población pero siempre presentes, a precios astronómicos, en las dolarizadas. La industria azucarera (en el pasado pre comunista era la primera fuente de ingreso del país y un modelo mundial de eficiencia) continúa arruinada con mezquinas producciones que apenas rebasan los 4 millones de crudo, base 96 grados de polarización, y está enferma de crónica incosteabilidad, con una industria de otros derivados de la caña que en los años 70 parecía prometedora y hoy, con la excepción de la elaboración de bebidas alcohólicas, prácticamente es inexistente. La causa principal del desastre azucarero es el déficit cañero, por bajos rendimientos agrícolas, siembra y resiembras costosas que en un alto índice se pierden por ineficiencia en las semillas, plantación, fase de cultivo, corte alto, enfermedades y plagas, entregas tardías a la central azucarera, y otras. Pero no es sólo la falta de caña, también en la industria hay burocratismo, falta de rigor tecnológico y desestímulos a los trabajadores. En toda la rama productiva de Cuba impera el centralismo, la designación privilegiada al pariente y al amigo, y al incondicional. La ignorante improvisación y corrupción en la dirección, la producción baja, la imprevisión en la contratación de insumos, el incumplimiento en saldar las cuentas a pagar y la abulia hacia la gestión de cobro, la falta de control, la errática contabilidad y auditoría, la obsoleta tecnología... El estado prioriza los productos agropecuarios con destino al turismo, las tiendas dolarizadas y las exportaciones. En los dos primeros puede forzar el consumo aunque con una infraestructura totalmente inadecuada. Pero en el mercado exterior la mercancía fracasa por su baja calidad, precios, presentación y promoción competitivos. Y así, por citar un ejemplo, la Industria Ligera, en un balance oficial de fin de año admitió, textualmente: “Deficiencias técnico-organizativas en la producción, caída de los precios en el mercado externo, falta de una debida comercialización y atrasos n la puesta en marcha de inversiones fueron factores que provocaron un nuevo impasse”. La economía en el 2000, como a lo largo de este desventurado período marxista, para Cuba ha sido su más evidente Talón de Aquiles, sin excluir los otros, como lo fue durante 72 años, en su definitivo desplome, la Unión Soviética y, posteriormente, en sus satélites, algunos de ellos prósperos hasta entonces, como la Alemania oriental, Checoslovaquia y hasta cierto punto Hungría. El llamado por sus protagonistas “comunismo real” ha estado signado, desde su parto en San Petersburgo con el asalto al Palacio de Invierno en 1917, por el fracaso global. Pero en forma relevante por la conculcación de libertades y derechos, inherente a la debacle económica. Cuba no es la excepción y si la economía no ha colapsado ya es porque el pueblo, con su miseria inenarrable, carga sobre sus desnutridos hombros con todos los males del sistema, y sostiene con su trabajo, no remunerado, la quimérica y edulcorada imagen del falso éxito del único país socialista que aún sobrevive en el mundo occidental, aunque con un amorfo e indefinido eclecticismo. MI EXPERIENCIA INFANTIL Por María de los Ángeles González Amaro, UPECI La Habana.—Pude percatarme de lo que representaba para mí el comunismo cuando con apenas siete años de edad una compañerita de aula y de pupitre me gritó, disgustada: “!Tu padre es un latifundista!” Paralizada por el efecto, mi corazón infantil se agitaba al conocer, por labios de mi maestra, lo malo que eran los latifundistas. Las horas para mi no transcurrían, tal era mi anhelo por llegar a mi casa y preguntar por qué mi papá era eso que decían los niños. Y aun hoy, muy a pesar mío, guardo ese mal recuerdo que provocó el rechazo a los niños como yo, por un sistema que encerró durante años al hombre más maravilloso del mundo: mi padre. Grandes contiendas tuve que librar desde muy pequeña. La indiferencia hacia mí de una tía comunista y sus acciones mal intencionadas contra mis padres provocaron que mi madre me mantuviera encerrada luego del regreso de la escuela, o mejor dicho, del nuevo centro, ya que exigí el cambio de plantel después de lo ocurrido. Las turbas castristas desfilaban frente a mi casa. Yo los veía pasar a través de las persianas. Los gritos se repetían una y otra vez: “!Paredón para los mercenarios!” Al no tener a nuestro padre al lado, mi pobre madre cosía para mantenerme. Yo ayudaba a poner botones. Así es como recuerdo las noches de mi infancia, llenas de lágrimas, terror e incomprensiones... Muchas anécdotas pudiera relatar hoy cuando comienzo a madurar. Recuerdo una mañana cuando mi madre y yo nos disponíamos a tomar el ómnibus y, sorpresivamente, una mujer gritó: “!Qué me miras, siquitrillada!” Entonces se les decía así a las personas que Fidel Castro, en nombre del gobierno revolucionario y del pueblo, les arrebataba sus propiedades. El lector se preguntará quiénes eran, en realidad, mis padres. Y a qué clase social pertenecían. Para satisfacer su curiosidad le informaré que mi padre era un simple mecánico y mi madre cosía ropa de señoras y niños para ayudarlo económicamente, por lo que se infiere cuál era nuestra posición social. Las razones que al parecer tuvieron todas esas personas para odiarnos (y hasta así lo hicieron algunos familiares) fueron el rechazo y desprecio que sentían mis padres hacia el comunismo. Ese repudio llevó a mi padre a distintas cárceles, al igual que mi hermano, que con sólo 14 años quisieron privarlo de su vida en el pelotón de fusilamiento. Varias décadas han pasado después de aquel 1º. de enero de 1959. Pero el tiempo se detuvo para los dirigentes comunistas. Sólo se permite impartir en las escuelas la doctrina de un partido único. El tema religioso, la libertad de expresión y la libre elección está terminantemente prohibida para los cubanos. La palabra democracia está proscrita en los libros de texto. Las obras de José Martí son cuidadosamente seleccionadas. Ha sido tanto la insistencia del gobierno en patentizar su doctrina que sólo logró en estos años que la juventud comparara nuestra bandera, nuestro escudo y la palma real con figuras frías de la ideología marxista. La imposición del odio a los norteamericanos y a su sociedad condujo a los jóvenes el deseo desesperado de alcanzar “el sueño americano”. Y por su causa, miles de ellos perecieron en el Estrecho de la Florida. Nuevas estrategias se ponen a prueba para intentar rescatar el patrioterismo al estilo del “Máximo Líder”. Tocó ahora su turno a un niño de seis años a quien su madre sacó del país ilegalmente, y que el destino, para no ser reiterativo, sacó de los brazos de su madre. Gritos de histeria, como los de los años 60 vuelven a ser escuchados pero ya nadie cree en ellos. DEL PERIODISMO AL EVANGELIO Por María del Carmen Carro, UPECI La Habana.—Tras cerrar las rejas de la celda tapiada 210, del Departamento Técnico de Investigaciones, en 100 y Aldabó, la prisionera número 30, 072 tropezó con la mirada de una joven que preguntó: “¿Usted debe ser de los derechos humanos?” La presentación no se hizo esperar. Dijo: “Soy Yenisley Colombé Callejas. Tengo 18 años. Yo reconozco a las que traen por problemas políticos y llevo aquí tres meses. He estado con Maritza Lugo, y Berta Antúnez. Esta última me regaló un reloj y aquí me lo quitaron. También estuve con Eliana González, y ahora con usted. Todas son muy buenas. Ayer, por ejemplo, encendimos una vela a San Lázaro y rezamos mucho. Eliana nos guiaba... Ustedes son distintas, todas las presas lo decimos...” De pronto el llanto se apoderó de la joven que decía, dándose golpes en la cabeza: “Si me pudieran perdonar. Yo caí en el jineterismo y en las drogas porque no sabía que los que andaban conmigo me iban a complicar tanto. Ellos me obligaron y mire cómo me hirieron la espalda... No tenía todos los días qué comer y encontré en esto una vida fácil. Hoy comprendo el daño que me hice y el disgusto a mi madre.” Yenisley pidió que le enseñara a rezar. Y la recién llegada tuvo la oportunidad, sin imágenes, sin templo, de demostrar el verdadero valor del Evangelio. Cuando la pusieron en libertad la reportera le dio un beso en la frente y un fuerte abrazo a la joven. Además del Evangelio, la periodista le enseñó las palabras del Apóstol a su madre: “Piensa que nacen entre espinas, flores...” HAY MARITZA LUGO PARA RATO Por María del Carmen Carro, UPECI La Habana.— En mi recuerdo quedó latente el primer encuentro con esta mujer convertida en símbolo y leyenda para la oposición cubana. Fue un importante descubrimiento de que hay más paloma que leona en Maritza Lugo. Para muchos opositores decir el nombre de la vicepresidenta del Partido Democrático 30 de Noviembre es todo un llamado a continuar y lograr la instauración de la democracia en Cuba. De experiencia inolvidable puedo calificar el encuentro con la bella joven, de ojos expresivos, andar sereno y que busca en cada gesto ser comprendida cuando pregunta: “¿Tú me entiendes, verdad?” O en momentos de mucha tensión, como los del día 2 de noviembre, cuando rodeados por la Seguridad Cubana, en la Necrópolis de Colón me preguntó ante la tumba de Pedro Luis Boitel: “¿Vas a sacar tu grabadora?”, a lo que respondí: “Y tú: ¿Vas a continuar?” Allí la valiente mujer pidió un Padrenuestro y tres Avemarías a pesar de las amenazas de los gendarmes que ya le habían avisado que de suceder algo fuera de lo permitido ella sería la máxima responsable. Y ambas temblamos: ¿Quién dijo lo contrario? Porque ambas conocemos las celdas tapiadas y porque simplemente somos mujeres. Detrás de Maritza Lugo se mueve toda una leyenda de mujer judoka, deportista, intrépida. Pero yo conocí a la madre, la catequista, la esposa capaz de llevar su amor por Rafael Ibarra Roque, quien cumple 20 años de prisión. La joven luchadora ha sufrido mucho por la libertad de todos los presos, convirtiéndose en una de las víctimas de la injusticia. Maritza es la opositora “tormento” para la Seguridad Cubana. El día 15 de agosto del año pasado fue acusada por el delito de cohecho. Se mantuvo 22 días en huelga de hambre. En aquellos momentos, ante la arbitraria acusación, ella expresó: “Mi delito nunca lo han podido comprobar. A instancias de los oficiales que abandonara la lucha, contesté: ‘Yo seguiré siendo la misma...’” En la prisión de mujeres conocida como “Manto Negro” existieron para la cautiva momentos imborrables. Y fueron sus encuentros con sus dos hijas, de las que dijo: “La más grande que tiene uno son los hijos. Aún escucho la voz de Rosi, la más pequeña, que me decía, llorando: ‘Mamá: ¿Cuándo te vas a la casa? No quiero estar sin ti’. Fue muy duro. La mayor, Gladys, se porta muy valiente. Yo hablaba con ella y a Rosi le decía: ‘Piensa en tu padre, en todo lo que te hemos enseñado’” Ese mensaje de la madre prisionera hoy cobra más fuerza. Porque las autoridades se proponen encausar a la mujer símbolo, a la mujer leyenda, que se encuentra desde el pasado 22 de diciembre en una celda tapiada de 100 y Aldabó. A la entrada de la finca “Baraguá” sus pequeña Rosi colocó un cartel que dice: “Liberen a mi mamá”. Maritza se prepara para estar de nuevo en prisión y lo ratifica cuando expresan: “Ellos tienen la fuerza, yo tengo la razón. Si tengo que volver a la cárcel volveré. Y me quedaré en mi patria, hasta que Dios quiera.” Así es Maritza Lugo.
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