Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

 

Castro, como Franco ...

Nota del editor: Gracias a Carlos Estefanía, de "Cuba Nuestra" (publicación por cubanos exilados en Suecia), por enviarnos este comunicado, donde un grupo de ex-prisioneros políticos durante el régimen dictatorial de Franco en España condena la represión castrista. 

Por el “Grupo pro revisión del proceso Granado y Delgado”

Por haber luchado contra la dictadura franquista consideramos un deber moral aportar nuestra solidaridad a cuantos, por luchar por las mismas libertades que luchábamos entonces los antifranquistas, sufren represión en el mundo.

No debe sorprender pues que la aportemos hoy a los disidentes cubanos que son de nuevo víctimas del acoso represivo de la dictadura castrista. Y no sólo porque reclaman lo mismo que reclamábamos nosotros durante el franquismo, sino también porque Castro ha superado a Franco en brutalidad represiva: condenas de hasta 25 años por el único “delito” de disentir, y de muerte por ampararse de una nave para huir de Cuba. Y, además, en ser más expeditivo: cinco días para detener, juzgar y ejecutar a los tres jóvenes negros que se querían autoexiliar, y que no habían herido ni matado a nadie. Para ejecutar a los antifranquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado, Franco “tardó” 17 días. En los dos casos: “justicia” arbitraria, expeditiva, con juicios rápidos, sin ninguna garantía jurídica, a puerta cerrada, sin presencia de observadores internacionales, y ejecuciones al alba, para escarmentar, para aterrorizar...

Pero las similitudes no paran ahí... Como Franco, y con el mismo maniqueísmo, Castro también considera que ”el que no está con él, está contra él”. La misma pedantesca convicción de ser los Guías elegidos: de Dios, para Franco, y de la Historia, para Castro. Por eso el franquismo y el castrismo son dictaduras sofocantes, sin prensa, opinión, disidencia o asociación libres, con partido único, sindicato único y, sobre todo, un Jefe Supremo, una sola voz, un solo pensamiento. Además, claro está, de la longevidad en el poder absoluto: treinta y seis años para Franco, y cuarenta y cuatro ya para Castro.

¡Cuarenta y cuatro años para crear un paraíso enrejado y mísero para la mayoría de los cubanos! Un “paraíso” en el que hay que cerrar con candado las puertas para que ningún trabajador cubano pueda escaparse de él. De ahí que Fidel necesite la opacidad y la impunidad para preservar la vigencia del mito revolucionario.

Pero los hechos no mienten, y a casi medio siglo del triunfo de la rebelión contra la dictadura de Batista, la intolerancia, el autoritarismo en nombre de la seguridad del Estado, la prepotencia e ineficacia de su burocracia han convertido la revolución en mordaza para los cubanos y en un fiasco económico que ha acentuado la dependencia exterior de Cuba. Con Batista lo era de los USA., y con Castro lo ha sido, primero, de la Unión Soviética y después, como antes, del turismo (y la prostitución).

Por supuesto, el castrismo achaca estos males al embargo norteamericano, obstinándose en no reconocer sus propios fracasos en la gestión de la economía, y en lo que es peor aún: la participación activa de los trabajadores cubanos en las tareas productivas ¿por qué lo harían después de haber visto tantas promesas incumplidas de igualdad y de libertad? ¡Cómo reprocharles este desinterés, esta desmovilización si están hastiados de verse siempre sacrificados “ante el interés supremo de la Revolución”: la continuidad del poder castrista!

Son todas estas razones las que nos han decidido a hacer pública nuestra indignación ante el último y brutal coletazo represivo del castrismo. De un régimen que aún pretende encarnar las aspiraciones primigenias de un movimiento revolucionario que concitó tantas esperanzas y que la ambición de poder del Comandante en Jefe pervirtió, generando una desilusión muy similar a la provocada por la Revolución rusa.

Sin duda aún le quedan hoy incondicionales al régimen castrista, que siguen manteniendo una visión epifánica de la “Revolución Cubana”. Son los empeñados en no reconocer esta evidencia palmaria: la Revolución se ha convertido en un sistema totalitario, antidemocrático y de vigilancia colectiva para que todo el mundo vigile y denuncie a su vecino o a su compañero de trabajo.

Sí, todavía los hay que sobreviven intactos a la insidiosa corrosión moral que ese poder ha instalado en la vida cotidiana de los cubanos, que se acomodan bien a la pesadumbre secreta del control fascista -versión “progresista”- impuesto por ese totalitarismo estalinista -versión caribeña- decidido a conducir al pueblo cubano a un fin trágico. Por eso, los que aún nos reclamamos de los valores de libertad y justicia, que siempre fueron los de la izquierda, debemos denunciar a ese Régimen que los está pisoteando, aunque demagógicamente pretenda defenderlos. Y más aún en estos momentos, cuando Fidel, como Franco al final, está haciendo padecer a numerosas familias cubanas las consecuencias de una cruel represión, justificada con una mentira infame: la de la “conspiración”. Porque infame es acusar de conspirar por reclamar el derecho a la libertad o por intentar salir de la isla para tratar de vivir mejor.

Es verdad que, desde hace algún tiempo, la disidencia cubana estaba comenzando a perder miedo, a dar la cara, lo que debió preocupar enormemente a Fidel Castro y a sus burócratas mafiosos. De ahí la proclamación de la Ley Mordaza (para castigar severamente la colaboración con “medios de difusión extranjeros” o el producir o difundir materiales “antisocialistas” tendentes a “quebrantar el orden interno”) y la declaración de “eternidad” para la versión castrista del socialismo. Pensadas las dos para utilizarse en el momento oportuno...

Un momento que llegó gracias a Bush, o, quizás, cuando Bush lo necesitaba más: para justificar su política de agresión en nombre de la defensa de la democracia!Es posible que Castro haya creído que ése era el momento de actuar implacablemente contra la disidencia porque la opinión pública mundial estaba ocupada en movilizarse contra la guerra en Irak y en denunciar el hegemonismo planetario norteamericano. Sí, es posible que haya creído que el antiimperialismo sofocaría los ecos de su nueva oleada represiva y que ésta no daría argumentos a Bush en su cruzada “para implantar la democracia”, la Democracia yanqui!. Y, de alguna manera, no se equivocó; pues no sólo Bush no ha insistido mucho en denunciar la represión de la disidencia cubana, sino que tampoco la opinión pública internacional lo ha hecho demasiado. Sí, es verdad, que al principio han sido numerosos los intelectuales destacados que la condenaron, y entre ellos algunos que lo hacía por primera vez; pero las voces de protesta no se han convertido en movimientos masivos, en una movilización y denuncia permanentes -como cuando se denunciaba la falta de libertades para los negros de África del Sur.

Las razones de esta “indiferencia” son múltiples y diversas. No es sólo ¿cómo estar contra la Revolución Cubana? También lo es el poco interés de los partidos políticos y de los Gobiernos en provocar tales movilizaciones. No sólo por no serles rentable electoralmente el tema cubano, sino también porque comercialmente hay muchos intereses... Además, en algunos sectores antitotalitarios, también influye el temor de ser asimilados a ese componente ultraderechista (minoritario, pero muy poderoso en Miami) del anticastrismo que reclama la intervención yanqui en Cuba.

Pues bien, aunque estas razones expliquen la resignación general frente a los desmanes represivos de la dictadura castrista, nosotros consideramos que es nuestro deber hablar hoy y mañana de una represión que condenamos y condenaremos siempre. Y lo hacemos y lo haremos porque, para nosotros también, el ”disentir es un acto irrenunciable de conciencia” y la pena de muerte un acto paradigmático del terrorismo de Estado, aunque éste se pretenda revolucionario.

Cómo podríamos olvidar que, en este 2003, harán cuarenta años que otra dictadura, la franquista, asesinó con parecidos pretextos al comunista Julián Grimau y a los jóvenes anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado.

 

Madrid, junio de 2003.

Octavio Alberola: 1967 y 1974, 1 año y tres meses de cárcel; 

Juan Busquets: condenado a muerte en 1949, 20 años de cárcel.

Stuart Christie: 1964, 3 años de cárcel. 

Luis Andrés Edo: 1966, 8 años de cárcel.

José Gracia Chile: 1939, 2 años de cárcel.

 Antonia Lisbona: 1939, 6 años de cárcel.

 Eloy Martín Nieto: 1972, 3 años de cárcel. 

Alicia Mur Sin: 1966, 3 años de cárcel. 

Alain Pecunia: 1962, 3 años de cárcel. 

José L. Pons Llobet: 1974, 3 años de cárcel.

 Jaime Pozas de V.: 1968, 5 años de cárcel.

 Floreal Rodríguez: 1968, 8 años de cárcel.

Gregorio Rojas: 1963, 1 año y seis meses de cárcel.

 Francisca Román: 1962, 6 años de cárcel. 

Andrés Ruiz Grimas: 1972, 3 años de cárcel. 

Juan Salcedo: 1963, 15 años de cárcel. 

Emilio Santiago: condenado a muerte en 1947, 15 años de cárcel. 

David Urbano: 1967, 7 años de cárcel

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