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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Carta de un desterrado a su mamá Mi madre común y corriente Por Lázaro Lazo Periodista independiente cubano, vive en San Juan , Puerto Rico Mi madre fue una mujer común y corriente, tal y como solemos calificar a lo que no resulta una Madame Curie, o una Sor Teresa de Calcuta. Pero tan extraordinaria y sobresaliente como alguna más, aunque única para mí. Cuando nací, los agoreros y adivinos que enlazan los misterios de la vida le dijeron que sería boxeador, alto oficial de la Marina, presidente de la República. Papá deseaba que su insólito varón fuese un astro del beisbol, un rudo proxeneta, hombre de billetes y que no saliera un fontanero de mala muerte como él. Ella soñó que sería médico, para aliviar las penas del mundo. Concentró todo su amor en mí, viéndome dar mis primeros pasos con indescriptible alegría. Era, gracias a Dios, un chico sano, aunque no muy bonito, según el criterio de la comunidad, que excluía el de mi abuela y, por supuesto, el de ella. Cada vez que la evoco en mis pensamientos, la veo lavando, planchando o sentada ante la máquina de coser, en interminables jornadas para el sustento familiar. Tenía una mano grande y gruesa, de áspera y callosa palma, que proporcionaba las caricias màs suaves y tiernas que haya tenido. Pocas veces la oí gritar con ira o enfado, y sí la vi muchas veces llorar. Siempre tuvo la satisfacción de que, al contrario de otros niños, no solía jugar a las pedradas ni decía malas palabras a las personas mayores. De ahí que no tuviera personalidad para convertirme en un acaudalado y mucho menos presencia física para señor de burdeles. Fontanero, ni pensarlo. Eso sí, he trabajado más que la mula del carbonero de mi barrio. Tampoco fui el pelotero ansiado, ni el boxeador de brutal pegada. Mi única fama deportiva se la debo al fútbol, cuando era el intrépido "Viscaunt", durante un campeonato interescolar, en que anoté un autogol que le dio la victoria al equipo contrario. Prefería la lectura de los tomos de los hermanos Grimm, Julio Verne, Salgari y Kipling, afición que mi padre afirmaba me iba a "enfermar" y que mamá ensalzaba en sus comentarios con las vecinas, adjudicándome vastos conocimientos en piratería y viajes por el globo terráqueo. A pesar de mi empeño, no le cumplí en eso de ser médico. Total, con la Marina jamás tuve que ver algo y aspirar a presidente de la nación no se podía porque el Stalin de la barba no daba chance. Para compensar sus anhelos, con gran sacrificio y tenacidad de mi parte, logré la licenciatura universitaria en Lengua y Literatura, y me vestí completo de blanco el día de la graduación. Esa vez lloró de alegría cuando le dije que en el oficio de las letras se podía llegar a curandero de almas. Ella siempre estuvo presente en cuanto lugar me arrojó la vida y nunca me falló en las espaciadas visitas a la prisión política. Allí siempre estaba ella, con la jabita con gofio azucarado y tostadas con ajo, para paliar el hambre y la artritis que provocaba la humedad de los fosos de La Cabaña, o la de los pantanales que rodeaban el Combinado del Este. En mi desafortunada existencia siempre fue mi consuelo. Pero como casi la totalidad de mi familia, hizo el viaje lento y sin regreso a la Necrópolis de Colon. Allí yace no muy lejos de mi padre, un poco más allá de la madre de mi hijo, y algo distante de mi abuela. Como dice la canción: "Madrecita del alma querida, en mi pecho yo siempre llevo una flor, y en las noches calladas de invierno, vive tu recuerdo en mi corazón." A veces quisiera tenerte junto a mí para poder tocar tu albo cabello, aunque no pudieras hablar, como cuando estabas en el último período de tu enfermedad. No basta con ponerte una flor, rezar una breve oración y besar tu fotografía en este Dia de las Madres. Me haces una gran falta, una tremenda falta, en la soledad sin palabras del destierro. |