Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

 

Caricaturas y pancartas

Zoe Valdés

Mientras en Europa se publican en diversos diarios unas cuantas caricaturas sin más importancia que eso, la de ser caricaturas, y se arma la de San Quintín en el mundo musulmán, como si de un bombardeo se tratara (ni con la guerra de Irak los musulmanes armaron tanto jaleo en contra de las embajadas), en Cuba se mantiene una polémica entre carteles o pancartas, como quieran llamarles.Hay que decir toda la verdad: quienes primero pusieron un cartel enfrente de la oficina de intereses americana fue la dictadura castrista, con aquel que lleva casi más de 30 años instalado y que advierte: "Señores imperialistas, no les tenemos ningún miedo".Algún cubano chistoso escribió debajo con letra diminuta: «Más bien les tenemos cariñito». Las brigadas de tropas territoriales creadas por la dictadura desembarcaron en camiones de guerra para borrar un letrerito minúsculo, escrito a bolígrafo. Nadie me lo contó, lo vi con mis propios ojos -yo vivía frente a la oficina de intereses-.Las brigadas de tropas hicieron más ruido y alarmaron más al barrio que el propio cartelito, el que, por demás, casi nadie había visto. Hubo hasta quien dijo que el cartelito lo había puesto la misma dictadura para lo de siempre, sentirse atacada, y conseguir así las justificaciones para el babeo de que el imperialismo nos ataca de nuevo, etcétera.

No dudo de que con las caricaturas de Mahoma pase lo mismo, que alguien haya encendido la mecha por detrás, no digo para que existiesen o fueran publicadas, digo para aglutinar a todo ese marasmo de extremistas violentos; de terroristas, en una palabra.Porque las imágenes de violencia que hemos visto estos días -de quema de banderas, de embajadas, y de lo que se pusiera por delante-, confirman que esta gente está dispuesta a cualquier cosa. Es lógico, su vida es el fanatismo, y con éste no hay nada que hacer, no se puede dialogar con el fanatismo. Díganselo a un cubano: vivir bajo el castrismo durante 47 años es vivir bajo la constante opresión del fanatismo.

Recuerdo que hace algunos años, en [la revista cultural] Caimán Barbudo, el caricaturista de origen español a quien todos llamaban El Gallego Posada, hizo una caricatura ingenua, no podía ser de otra manera, de Fidel Castro. El periódico fue destruido en menos de lo que canta un gallo y varias cabezas rodaron, en el sentido figurado. Lo que sucede con esto de las caricaturas de Mahoma es que aquí no hay metáforas que valgan, aquí las cabezas ruedan de verdad, como ha sucedido con varios periodistas, cuya única misión ha sido informar sobre la actualidad en Oriente, en el mundo musulmán. A los fanáticos islamistas les importan un bledo la información y la vida, para ellos sólo existen Mahoma, Alá, el profeta y lo que derive de ello. Qué le vamos a hacer.A falta de una vida sexual plena, a falta de una vida normal, sencillamente, no pueden entender otra cosa que no sea el radicalismo fanático.

Hay quienes se equivocan afirmando que Occidente no conoce a Oriente y que los orientales sí conocen a Occidente, y que ésa es una de las razones por las que se sienten vejados. Es una generalidad que, como mínimo, resulta una ofensa para Occidente, porque Occidente no sólo les ha abierto las puertas -cosa que a la inversa no hacen los orientales fácilmente-, sino que constantemente los occidentales se desplazan en ayudas humanitarias, se solidarizan con sus necesidades, aceptan las mezquitas que proliferan -hasta en aeropuertos y espacios comerciales ya se pueden ver centros de oración-, y no podemos decir que pululen las iglesias en los países árabes.

Escritores, filósofos, teólogos y hasta ideólogos islamistas han sido publicados en el mundo occidental a troche y moche y participan en emisiones televisivas donde se permiten el lujo de gallear con propósitos inadmisibles, como decir que la orientación religiosa musulmana está por encima de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Eso será visto así por ellos, por los islamistas, pero no por nosotros, los occidentales del mundo democrático. Y si ellos piden que aceptemos su visión del mundo, deberían aceptar la nuestra. En ocasiones se benefician más de ella que los propios occidentales.

La opinión de los que critican las caricaturas y las encuentran provocadoras, ofensivas e inaceptables, resulta absolutamente ilógica para nuestros criterios. Una caricatura es provocadora, siempre, y subrayo siempre. Ofensiva, ¿por qué no? Como persona que ama la inteligencia por encima de todo, y que aprecia la sabiduría -que comporta el juego de la ironía, de las citas a otras culturas-, prefiero una caricatura a una bomba.

Y ahora debería detenerme en la caricatura que más odio ha difundido en el mundo islámico estos últimos días: la de Mahoma con un turbante y debajo, una bomba. Hay quienes no encuentran explicación a semejante representación. Primero, porque en la cultura árabe no se representa el rostro de Mahoma. Ah, pues si esas caricaturas se hubieran hecho en un periódico árabe resultaría correcta la reflexión al respecto de la representación, pero resulta que las caricaturas se hicieron en el mundo occidental, donde la imagen prepondera desde hace siglos, en la música, en la literatura, en las artes...; la caricatura es una forma artística y ese discurso artístico occidental tiene que ser comprendido por quienes pretenden un abrazo, alianza, o entendimiento de civilizaciones. ¿O es que se exige comprensión sólo de una parte? ¿No está poniéndose la religión musulmana demasiado susceptible, demasiado histérica? Debería ponerse más histórica, con proyección de futuro.

Y ya que vamos al meollo, los terroristas; los miembros de Al Qaeda que atentaron en Estados Unidos, en España o en Inglaterra; otros grupos terroristas que han atentado en Francia y en el mundo; aquéllos que degüellan sin piedad a inocentes y que mantienen desde el 2001 al mundo en vilo; aquéllos que han convertido nuestras vidas en auténticas pesadillas, responden a una religión, según ellos, «el profeta Mahoma los guía». Pues no veo ninguna incoherencia, ni siquiera ofensa, en que un caricaturista represente a Mahoma con una bomba debajo del turbante. Y yo, entre defender a un caricaturista y hacerle el juego a los fanáticos, es obvio que me situaré del lado de la vida y del arte. En pleno siglo XXI, el papel de las religiones debería ser, esencialmente, sustentar la cultura desde la arista espiritual, jamás acabar con ella.

Es inconcebible que los musulmanes que viven su religión de manera humana y natural no se muestren más fervientes en contra de los terroristas que tan mal les representan. ¿Por qué esa misma violencia que hemos sufrido estos días a causa de unas caricaturas no se ha desatado cuando los terroristas, en nombre de Mahoma, han acabado con miles de vidas entre las que ha habido también creyentes musulmanes? Para la religión musulmana es muchísimo menos peligroso un caricaturista que un terrorista.

Entre tanto, Irán continúa con su proyecto atómico, y ya sabemos el peligro que eso conlleva en las manos de un loco, de un fanático.Para aquellos que lo olvidaron, recuerden la crisis de los misiles en Cuba en el año 1962: el mundo en un hilo, ¿por culpa de quién?, de Castro. Cuarenta y siete años más tarde, Castro considera al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad uno de sus mejores aliados.Hasta Teherán viajó en mayo de 2001, meses antes del 11-S, para arengar y amenazar en contra de Estados Unidos. El horror tiene un punto en común: el fanatismo.

Pero detengámonos en el presidente iraní. Hace pocas semanas sostuvo opiniones terribles, humillantes, en contra de los judíos y del Holocausto. Hubo protestas, las de siempre. ¿El mundo islámico protestó? Si lo hizo fue tan tibio que pocos se enteraron. Entonces, ¿qué están exigiéndole a Occidente? El peligro no son las caricaturas.El verdadero peligro se llama en estos momentos Irán, Siria, Hamas en Palestina, ¡terroristas en el poder! Porque, ¿cómo llamar a aquéllos que obligan a sus mujeres a parir cinco hijos para que los tres primeros sean educados por los dos últimos? Los dos últimos sólo son, para los ojos de sus padres, bombas, dinero...Inadmisible.

En cuanto a las pancartas de La Habana, da vergüenza hablar de esto. Banderas negras sembradas por el dictador para tapar el texto de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre que la oficina de intereses americana ha decidido mostrar a los ciudadanos cubanos. En un país que se dice democrático, sembrar banderas negras en contra de la libertad contiene una simbología fascista. Banderas negras en contra de la Declaración Universal, cuyo texto está prohibido en la isla. Se dice y no se cree. Puro fanatismo. Unos queman banderas, otros las inauguran de color negro, el color del horror. Con el mar de fondo, desde el punto de vista estético, la imagen es espantosa. Pero, desde el punto de vista humano, el daño podría ser irreversible. ¿Quién protesta contra esto?

Zoé Valdés, escritora cubana, autora de La eternidad del instante, ganadora del Premio Ciudad de Torrevieja (2004), y de muchas otras obras de importancia. Reside en Europa.

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