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LOS CUBANOS: ¿CREYENTES O MATERIALISTAS?
Del libro EL PARAÍSO CASTRADO: una visión distinta, con narraciones
peculiares, sobre 110,862 km cuadrados de viaje instantáneo por la Isla de lo
'real-desastroso', de Iria González-Rodiles.
Cuba es como el ajiaco, ese exquisito manjar criollo en el que se funden los
sabores de distintos ingredientes, viandas y carnes.
Con el predominio de lo español y lo africano, con pinceladas de chino, árabe,
francés y otros granitos de tierras lejanas, se integra, en rica mezcla, la
nacionalidad de esta isla caribeña. Variopinta es su gente, heterogénea su
cultura y, no menos entrelazadas, sus religiones. Es una tierra donde conviven
católicos, protestantes, santeros, abacuás, paleros... creyentes por convicción
o “por si acaso”.
Aquí, cristianos “a su manera” acuden a la consulta de los babalaos, en
obediencia al viejo consejo popular que, ante situaciones personales críticas,
sugiere “ir a Guanabacoa”, suburbio habanero donde proliferan esos sacerdotes de
la religión afrocubana.
A la vez, durante las misas y procesiones, entre los devotos católicos, se
distinguen los atuendos blancos y los collares multicolores de los santeros,
palpable reflejo de un sincretismo religioso que data del tiempo de la colonia.
Por eso, a nadie le sorprende que asome un indiscreto azabache contra “el mal de
ojo” entre la ropa blanca del recién nacido, mientras recibe en su cabecita el
agua bautismal que lo cristianiza.
Y aún quienes dicen no creer “ni en su sombra”, buscan cualquier asidero cuando
la vida les impone malas rachas: desde herraduras para la buena suerte hasta
plantas “lengua de vaca” contra las maledicencias. Y cuando en ninguna
superstición logran alivio o el fin de sus pesares, se les oye invocar al Poder
Divino. Son quienes, al decir popular, “sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando
truena”.
¿Un ajiaco con pescado?
Pueblo creyente es el cubano. Siempre lo ha sido, aun después de aquel mes de
abril de 1961, cuando poco después de dos años del triunfo insurreccional, la
joven Revolución se convirtió al socialismo, y su máximo mandatario se hizo
marxista-leninista. Fue como echarle pescado al ajiaco: los sabores de los demás
ingredientes no se perciben, aunque estén ahí, en la mezcla.
Junto a las inevitables contradicciones originadas por la coexistencia del
estado totalitario y las religiones, surgió una tremenda disyuntiva para los
fieles: elegir entre el proyecto terrenal o la religión; dejarse arrastrar por
la corriente de los tiempos o sufrir el estigma en la “nueva sociedad” que se
gestaba.
Mientras el torbellino de varias décadas arrastraba a la mayor parte de la
sociedad cubana hacia una ''revolución externa'',
los menos perseverarían en la más difícil de todas las ''revoluciones'' posibles
--la interior--, ésa que renueva al hombre, lo aproxima a Dios y a sus
semejantes, lo libera y lo capacita para emprender verdaderos cambios
exteriores.
Pero la muchedumbre se proyectaba, desaforadamente, hacia el mundo externo,
esperanzada de lograr un futuro de abundacias materiales, una vida terrenal
paradisíaca, bajo la guía de hombres-ídolos pertrechados con una ideología
totalitaria.
Así, renegar fue el camino de muchos. Pero los más, aunque alejados de su
religión, mantuvieron la fe en secreto. Los menos, nunca abandonarían la
práctica religiosa, activa y abierta. Entre estos últimos, no pocos declaran
haber sido marginados por ese motivo durante décadas y haber sufrido, incluso,
encarcelamiento. Otros, como los Testigos de Jehová, aseguran que fueron
víctimas de torturas en las cárceles.
Hasta que, poco a poco, la falacia ha dado paso a la realidad: los eternos
ídolos se descubren como mortales, con todas sus insuficiencias humanas; la
libertad se muestra como yugo; la autoproclamada ''revolución de los humildes y
para los humildes'', como el empobrecimiento generalizado de la sociedad y del
país que excluye sólo a determinadas esferas del poder.
Huérfana de asidero espiritual, la gente retorna progresivamente a la fe y
suelta en los templos la carga acumulada durante años. Frente a Dios, la doble
moral y el miedo carecen de sentido.
La farsa
Es posible que, después de tantos años de intransigencia, nadie esperara ya la
componenda que se produjo cuando, a principios de los años noventa, el Partido
Comunista aprobara el ingreso de los creyentes a sus filas, aunque bajo ciertas
condiciones.
La decisión no fue bien acogida ni por los comunistas, ni por los religiosos. No
la comprendieron aquellos que renegaron de su fe, convencidos de que “la
religión es el opio de los pueblos”, ni tampoco los que ocultaron sus creencias,
alejándose de la práctica religiosa pública. Pero mucho menos aún, quienes por
su firme religiosidad experimentaron el martirio durante años.
La nueva política religiosa sigue considerándose un gesto contradictorio,
incoherente, hipócrita, oportunista: el “paripé” se produjo al cabo de treinta
años, cuando el 'tiempo de gloria' había quedado atrás y la frustración del
'proyecto' era ya un hecho insoslayable al que el derrumbe del campo socialista
dio el tiro de gracia.
Progresivamente, la fe religiosa ha retornado a la luz con fuerza sin igual.
Muchos opinan que el pueblo se refugia en la fe debido a los tiempos duros que
se viven en la Cuba de hoy. Otros, lo atribuyen a la maniobra oficial.
Pero lo cierto es que la fe —como una semilla enquistada por mucho tiempo— al
fin germina. El ajiaco, sin pescado, recobra poco a poco su sabor original, su
gracia, su tradición, su cubanía.
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