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Carta de Cuba, la escritura de la libertad |
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Abajo los pobres del mundo y bocabajo los esclavos sin pan. Por Lázaro Lazo Periodista independiente cubano A propósito del Primero de Mayo y los desfiles con banderas rojas al ritmo de La Internacional. La primera imagen representando al comunismo que recuerdo haber visto. cuando aún usaba pantalones cortos, fue la de un cosaco de barba negra y enorme gorro de piel, con una bomba de mecha ardiente en la mano, litografiada en un cartel pegado en una pared del barrio. La expresión del rostro asustaba a cualquier infante tímido, pero yo, como era miope, me acerqué para observarlo bien. No comprendí el texto, pero sé que era algo alusivo a que estaban haciendo alguna maraña por la destruida Europa de la segunda postguerra mundial. Cuando regresé a mi casa, le pregunte a mi padre qué era eso del comunismo y los bolcheviques. Y creo que papá me mandó a buscar ajos a alguna parte. Eran tiempos extraños para mí, entonces un escolar de la enseñanza elemental. La gente comentaba cosas de la política en voz baja, escuchaban un programa radial que tenía mucho ruidos en la trasmisión, en la voz de una mujer que alguien reconoció era la de una actriz que una vez escenificó Yerma en los teatros de La Habana. Los periódicos no decían nada de lo que en realidad sucedía, ni a mí me interesaba tampoco, de no ser las tiras cómicas de Roldán el Temerario, El Capitón y los Cebollinos, y el dúo Benitín-Eneas, que publicaban los domingos. Un día se armó tremendo alboroto en el barrio con unos papelitos que habían tirado. Pepe Jeringuilla, el policía de la demarcación, y un tal capitán de apellido Larralde, al que todos apodaban La Rata, estaban furiosos, amenazando con arrancarle la cabeza al que vieran con uno de esos. Yo me había encontrado uno y fui, otra vez, a indagar con mi padre qué cosa era aquello de Cero 3 C., porque había visto impreso en él a un tipo barbudo con una escopeta en la mano. Esta vez no hubo ajos, pero sí un buen correazo que, años después, me justificó con la excusa de protegerme entonces de cualquier mal. Ese día aprendí que la curiosidad tiene sus riesgos. Unos meses después, la cosa quedó clara en parte. Se fue El Indio y vino El Gallego, frase que no es mía, sino de Don Hilario, el dueño del bar La Barca, donde de vez en cuando mi papá y sus amigos se embarcaban con tragos de Peralta y ruido de dados en el cubilete. Y aparecieron aquellos hombres de melena y barba, con armas y cintas de balas cruzadas al pecho, como en las películas mejicanas de la matiné en el cine Maravillas. Para mí, lo dicho por el pequeño comerciasnte en bebidas y licores tenía cierto sortilegio. En mi texto escolar de Historia de Cuba se reseñaba que a la llegada de los conquistadores españoles, con arcabuces y barbas, exterminaron a los indios para cogerse el país, ponerle Juana , y regalárselo al rey que estaba del otro lado del mar, a quinicientos mil kilómetros de distancia. Surgieron en mí muchas interrogantes que el tiempo se encargaría de descifrar, para mi mala suerte, pues por averiguar una me condenaron a cuatro años de presidio político y por aclarar otras me enviaron al exilio. Y bien, pasaron los meses y vuelvo a dar de narices con otro pasquín en otra pared. Este estaba un poco rasgado, pero dejaba ver a un joven fornido con un tronco a modo de lanza, atravesándole el buche a un oso feroz que tenía la hoz y el martillo entre la pelambre. Ahora mencionaba al Peligro Rojo. Y discurrí que si al Diablo lo pintaban de rojo era porque el color era malo. Pero mucha gente usaba pañuelos rojos y no eran comunistas. El mismo Don Hilario tenía uno en el bolsillo trasero del pantalón, que yo se lo ví varias veces, cuando lo sacaba para hacerse unos pases litúrgicos por encima de la cabeza, nombrando a Changó y a Santa Bárbara con la misma efusión. Fue cuando le dio por comparar a la Revolución con el melón, que si verde por fuera y rojo por dentro. Me empezó a salir el bigote entre los vaivenes de que si Gagarin llegó al cosmos que Roldán el Temerario y Flash Gordon ya habían paseado, de gente que pedía a voz en cuello "Paredón", en una especie de comparsa frenética con tambores y todo, como si fusilar fuera una fiesta. Comenzaron a llenarse de banderas coloradas todas las calles y la palabra socialismo como atenuante de la otra. De tanto leer y escuchar cosas disímiles, y rocambolescas, andaba algo confundido. Ya no se escuchaba apenas el himno nacional y las fotos de Agramonte, Céspedes y de otros patriotas, que presidían las aulas, fueron sustituidas por las de dos viejos patilludos, que decían nombrarse Carlitos y Federico. El primero era un vago y borrachín, renegado del hebraísmo, que nunca quiso trabajar. El otro un rancio noble alemán, dueño de una fabriquita de calzoncillos de lana, capitalista y enemigo a su vez del capitalismo, que con su fortuna personal mantenía al otro vejete, para que escribiera una teoría filosófica enrevesdafa, que empezaba con el cuento de que un fantasma recorría Europa y que no era, precisamente, el Fantasma de la Opera de París . Cada vez que se entraba a las clases escolares, había que levantar las manos, tomadas entre sí y cantar La Internacional, con eso de que vivieran los pobres y que dejaran sus asientos los esclavos que aún no habían ido a coger el pan por la libreta de racionamiento. Y como ya no había soldados de metralleta y cara peluda, me mandaron un telegrama, me convirtieron en recluta del servicio militar obligatorio en un pujante ejército guerrerista, con más cuarteles que el otro. Me dieron un fusil ruso, un uniforme verde olivo hecho en China Comunista y me ordenaron que había que defender un trapo punzó, colocado al lado de nuestra enseña patria, a diente y pezuña, para que un viejo de chiva blanca y sombrero de chistera, parecido al de Mandrake el Mago, no viniera a quitarnos el placer de cantar La Internacional. A pesar de mi bizquera, me enseñaron a manejar unos aparatos ópticos de nombres raros y medidas en milésimas, para ver cuando vinieran los aviones del enemigo, cosa que en más de 30 años jamás ocurrió. Lo que nunca perdí fue el afán de curiosidad. Ahora el ruso de la bomba no aparecía por ninguna parte, y mucho menos el oso, a no ser en el circo que traían "los bolos" cada año. Los sustituían un obrero más musculoso que Arnold Schwartznegger, con una mandarria de herrero, y la koljosiana halterofilista con el instrumento de segar las mieses. Liborio había sido eliminado por decreto ley. La Internacional seguía con su cantaleta. Santa Bárbara, a pesar de su espada guerrera y manto rojo estaba prohibida. El bar ya no era de Hilario, que falleció de una alferesía cuando se lo intervinieron y ahora era un expendio de viandas ausentes. Y mi padre, extinguida para siempre la Peralta, se amoscaba, cuando lo encontraba, con un poco de Chispa de Tren., y cuidadito con el cubilete, negros, gallegos, jotas, cundangos, kás y ases, que eso era juego prohibido con pena de cárcel. Para disipar la letanía de los discursos de Fierabrás Castro, la Idea Suje de Kim Il Sun y los textos interminables del Camarada Mao, me las ingeniaba para leer los capítulos escabrosos de Paradiso, a Curzio Malaparte, con La Piel y a Albert Camus con La Peste --cosas de la falta de aseo--, la saga macondiana de García Márquez, El Buen Soldado Schveik, de Hásek, Las dos mitades del Vizconde --muy edificante--, las novelitas de vaqueros de Marcial La Fuente Estefanía y un par de tomos de la Enciclopedia Espasa Calpe del año 1926, lo que me convirtió en una verdadera polilla bibliotecaria. La lectura suele ser una perdición. Indagar demasiado, un peligro. La verdad os hará libre, dice un salmo, pero en realidad a veces te lleva a la prisión. Y así fue entendiendo que todo eso de las estrofas de La Internacional eran un puro embuste, que el mensaje era subliminar, y donde decía "arriba" era "abajo", y donde "de pie" era "bocabajo". Lo de no tener pan sí no había dudas. A partir de ese momento, vi que el barbudo de la bomba era el Comandante Tiranosaurio Castro, que a veces se disfraza de oso, pero otras veces se pone piel de cordero para engañar a los bobos. Y para hacer breve esta ligera crónica de mis memorias, resolví que La Internacional y toda su parafernalia colorada había que mandarla a la Casa del Ajo.
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