|
| |
Recuerdo del hastío en el
crepúsculo
MANUEL VAZQUEZ PORTAL
http://www.miami.com/mld/elnuevo/news/opinion/15261432.htm
La muerte de un anciano impone siempre el recuento. Un abuelo común, privado,
como una joya del amor familiar, despierta tristezas sin
estrenar en los más jóvenes y resignaciones menos idílicas en los adultos. Pero
un anciano público como una vedette se torna diana de todas las
saetas. Y si ese anciano público ha regido la vida de un pueblo por muchos años,
el rumor contrito o la algarabía ufana se vuelve entonces alboroto nacional y
sobrepasa las fronteras y se convierte en comadreo de periódicos y televisoras.
Fidel Castro ha muerto o está totalmente impresentable. El síndrome del misterio
junto a la manipulación pública de que siempre se ha valido la
dictadura cubana ha convertido, por una parte, en secreto de estado la salud del
gobernante, y por otra, en centro de las más saineteras
especulaciones mediáticas. Pero Fidel Castro ha muerto, aunque, quizás,
perentoriamente respire, ha muerto. Y ha muerto porque ha muerto el mito de la
invulnerabilidad de su poder.
Esta prueba de flaqueza al delegar el mando es la coda de su sinfonía macabra.
Cayó el telón para el gran Tartufo del socialismo cubano. No
llegarán para él más aplausos desde la platea hechizada por los malabares de un
mago de la hipocresía. De ahora en adelante todo será un epílogo. Su escena
final ya ocurrió. El poder no regresa a manos de quien lo ha perdido porque ya
se sabe de la mano temblorosa incapaz de ejercerlo. Y Fidel Castro lo sabía. Lo
sabía muy bien, y por ello fue capaz de las mayores atrocidades para no
perderlo.
En condiciones normales --realmente las más anormales del mundo-- Fidel Castro
no hubiera, ni de soslayo, delegado el poder. Toda su vida la
vivió para el poder y la fama. Para el poder acometió las más audaces, casi
delirantes, acciones; para la fama no cejó en el empeño de
presentarse al ''respetable público'' como un símbolo, más que como un ser
humano. Por eso ha muerto. En la hermenéutica sencilla de los pueblos los
símbolos no mueren. Y con su muerte humana, muere el símbolo que quiso
representar en su trágica bufonada.
Sólo la historia rescata de su condición humana a ciertos hombres y mujeres y
los convierte en símbolo. Pero Fidel Castro en su afán
trascendentalista quiso ser símbolo en vida. Por eso con su muerte, muere
también el símbolo que en realidad nunca fue.
El efecto mediático fue su artilugio predilecto para abrillantar el personaje
que ensayó desde su infancia bastarda. Quería ser el más
sobresaliente. Su megalomanía tenía como sementera las humillaciones infantiles.
Era demasiado soberbio como para no vengarse de toda la humanidad por su oscuro
origen de niño sin padre que ostentar entre los condiscípulos. Cuando el padre,
al fin, lo asumió, ya era tarde. La semilla de la rabia había germinado en su
alma.
El poder y la fama lo deshumanizaron. Y en su delirio se creyó el protagonista
de la mesianada cubana. Se creyó realmente elegido para la
misión providencial de salvar la isla, el continente, el planeta, la galaxia. Y
sólo consiguió arruinar la isla, infectar con teorías espurias el continente,
poner en peligro el planeta en l962, y perderse en la galaxia como estrellita
fugaz, sin más historia que el recuerdo del hastío
que ya producía en su largo crepúsculo como personaje obsoleto y de medio pelo.
Fidel Castro ha muerto, porque si está vivo no quiere ser la piltrafa
impresentable que ya era, pero de la que no tenía conciencia o no
deseaba tener conciencia. Demasiado vanidoso, demasiado presumido, creía estar
nimbado por el aura del símbolo, pero desde el nefasto, para él,
lunes en que se dio a conocer la proclama donde él, supuestamente en persona,
delegaba su poder, murió el símbolo y con el símbolo, si es que aún vive, murió
la piltrafa humana. No hay retorno. El poder y la fama no dan segundas
oportunidades. Y ambos son atributos demasiado banales.
Si se cuenta hasta el punto anterior hay 666 palabras. Ha muerto la bestia. Dios
ha vuelto ha triunfar en la isla que El había concebido como
paraíso pero que la ferocidad, la insania, la vanidad, el desmedido afán de
poder de un individuo con ínfulas de diosecillo trocaran en
infierno.
La larga pesadilla del pueblo cubano puede reducirse a dos imágenes mediáticas
que recogen desde la natividad hasta el fallecimiento de una
estrella de farándula política..
La primera la brindó el periodista estadounidense Hebert Matthews. Inventaba el
reportero a un gallardo Robin Hood de la Sierra Maestra que
prometía la salvación.
La segunda vino de manos del periodista cubano Juan Manuel Cao. Presenta a un
fantasma con el pecho viejo hundido, la espalda jibada por la
senectud, la mirada bizca por la desmemoria, la voz temblorosa por la ira
incontrolada, que lega una isla arruinada y delega un poder en precario a otro
fantasma que, hasta el momento en que escribo esta columna, se ha negado a
aparecer en el retablo donde las viejas brujas de ayer celebraban su aquelarre.
De fandango en fandango publicitario ha transcurrido la historia de nuestro ogro
disfrazado de mesías. Eso ha sido su vida: poses para la
prensa extranjera, mordazas para la prensa nacional, cárceles para la prensa
independiente, pero, para bien o para mal, siempre la prensa. No
podía vivir sin la algazara mediática. Y parece que en la muerte no se resigna a
pasar sin un glamoroso final publicitario. Su rostro
mefistofélico aún pretende atemorizar desde las planas de muchos periódicos del
mundo. Es una lástima que el conflicto israelo-libanés le esté robando un poco
de cámara al gran ególatra.
Arriba (up) Recuerdo del hastio Intelectuales apoyan Sociedad Civil Preparados para el funeral Ex-esposa viaja a Cuba "Socialismo" con Adidas No Cooperes con la Dictadura Los Militares: Pieza Clave American Surgeons Diagnose Castro Caballo Muerto en la Carretera Fiestas para un final Desde Cuba Habla Payá desde Cuba Huber Matos- Unidad Oposicion Mobilización total en Cuba Epidemia de corrupción August 16, 2006
|