Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

 

LA "FIAT" NO ES DE FIAR

Leonel Morejón Almagro

Delegado del Concilio Cubano, condenado a un año y meses. Carta desde la prisión enviada a la agencia APIC para su divulgación.

El Malecón habanero se podría bautizar como el Malecón de la Esperanza, o el Muro de los Sueños. Lugar de citas mágicas donde las parejas se besan sin prejuicios y muchos mitigan su hambre, dolores y carencias acompañados por las brisas marinas de un mar testigo mudo de múltiples lamentos.

Muy cerca del Torreón de San Lázaro, en plena Avenida del Malecón, ha abierto sus puertas (aunque abrir no es la palabra exacta) la nueva agencia de ventas   y taller Fiat, que está en sociedad con la empresa CUBALSE. Su principal objetivo económico: vender autos marca Fiat a los extranjeros temporales o residentes en Cuba. ¿Para los cubanos? Bueno, para los cubanos sólo queda el consuelo de babear un poco la inmensa vidriera que conforma toda una pared  entre la acera y los autos en exhibición. Los cubanos que miran con ojos asombrados y no se atreven a traspasar la puerta de cristal, temiendo ser tratados como perros. 

Duro es reconocer el daño en la psiquis que ha provocado el régimen con la política sostenida durante años de 'apartheid' económico. Grandes sectores sociales carecen de autoestima y no reconocen ser portadores de derechos naturales, por lo que asimilan las diferencias y hasta el desprecio con cierta resignación.

Ante un negocio con características tan peculiares surgen varias interrogantes. ¿Será próspera una empresa que no puede vender sus mercancías a los habitantes del país donde se establece? ¿Conocerán los dueños de la Fiat de tan absurda y antidemocrática restricción? ¿No es tachable moralmente un negocio de este tipo?

Sobre la última pregunta, muchos podrán responder que los intereses económicos no tienen ideales, o que en el mundo del negocio lo importante es   vender, la ganancia, el mercado, no importa a quién, ni las circunstancias, ni la moral, ni los derechos humanos.

Es por lo que pienso, en el futuro, abrir un negocio en Roma. Mi agencia vendería cualquier producto de mi Cuba hermosa: el exquisito puro habano o el indiscutible ron, o todo el níquel que quisieran. Pero eso sí: a los romanos no les vendería ni una libra. No. Aunque vendamos en sus tierras podrán comprar las mercancías cualquier ciudadano, lo mismo de las Filipinas que de la lejana Australia. Pero a los romanos, no. Por supuesto, en esta suposición, habría que ver si los romanos aceptasen tal ofensa. Bueno, después de todo, es posible que quien autorizó este negocio para la Fiat pensó: "Si los cubanos no tienen pan, ¿Para qué quieren Fiats?"

Para hacer justicia, debemos decir que algunos cubanos podrán comprar autos Fiat. Serán pocos privilegiados, que trabajan en firmas extranjeras, u otros casos especiales, siempre autorizados personalmente por el señor Carlos Lage Dávila, vicepresidente de los consejos de Estado y de Ministros, sin duda una gloria para el afortunado, si valoramos que en el mundo moderno comprar un auto no es un acto de trascendencia gubernamental, y en nuestro país esta  alta figura del gobierno se ocupará de gestión tan trivial.

País de contradicciones, los propietarios de autos vendidos por el estado socialista son propietarios a medias, pues no pueden vender sus autos a nadie, ni siquiera a otros cubanos. En el mes de octubre del año 94 comenzaron en Cuba una serie de confiscaciones masivas, a todos los cubanos que se atrevieron a vender o ceder sus autos a un tercero sin contar con el estado. Ante estas confiscaciones arbitrarias, solicité al Consejo de Gobierno y el Tribunal Supremo de mi país que ordenase la devolución, suspendiese los procesos de confiscación y derogara la cláusula humillante que impedía a los cubanos vender libremente sus autos, entorpeciendo la consideración de un derecho civil, el de la libre disposición de los bienes. Este trabajo que después fue confirmado por 10 colegas, algunos de ellos eminencias de la nación, jamás fue atendido, y a pesar de una respuesta del máximo órgano, la cláusula que impide que los propietarios vendan sus autos libremente aun existe. 

En fin, como los cubanos no tienen créditos, ningún obrero cubano, o   profesional, podrá rodar un Fiat por el país. Que habría que esperar a que un   extranjero de paso se enamore de un cubano o una cubana y le regalase un auto. Cosa no imposible, pero esporádica. Mientras tanto, me he jurado que cuando el ciudadano de mi país tenga el derecho a comprarse un auto, con independencia de dónde trabaje o cómo piense, sin tener para ello una necesidad de que haya o no crisis, para ese entonces, yo no compraré un Fiat.