Compatriotas:
Vamos hacia un nuevo Congreso del Partido, encuentro de
todo el pueblo cubano.
En momentos tan decisivos como los de hoy, José Martí
definió que "...el Partido existe, seguro de su razón, como el alma visible
de Cuba".
Martí fundó en 1892 el Partido único de los patriotas de su
tiempo, el Partido Revolucionario Cubano, para alcanzar la independencia de Cuba
y contribuir a la de Puerto Rico, hacer la guerra necesaria contra el yugo
colonial español, poner freno a los apetitos de Estados Unidos y crear una
república "con todos y para el bien de todos" en la que se conquistaría
"toda la justicia".
Siete décadas después, en los días gloriosos de
Playa Girón, surgió su legítimo heredero, el Partido Comunista de Cuba, también
seguro de su razón.
Para los cubanos, patria independiente, democracia
genuina y socialismo, están indisolublemente unidos. Nuestro Partido continúa al
de Martí y mantiene en alto, con firmeza, las banderas que nos legaron los
próceres y por las cuales han derramado su sangre tantos héroes y mártires.
"El Partido es hoy el alma de la Revolución", ha dicho Fidel Castro,
su fundador y guía.
I. LA REVOLUCIÓN CUBANA ES UNA SOLA
La Revolución Cubana que comenzó en La Demajagua el 10 de octubre de
1868, es una sola hasta nuestros días. En ella son inseparables los ideales de
independencia nacional, justicia social y hermandad entre los hombres.
Los
iniciadores de nuestra Revolución dieron la libertad a sus esclavos, lucharon
contra un régimen colonial basado en la esclavitud y en una cruel
estratificación social. Desde el mismo año 1868 participaron en la gesta hombres
surgidos de las capas más humildes de la sociedad. Constituyeron la gran masa de
combatientes y muchos alcanzaron altos grados militares y relevantes posiciones
en la conducción de la guerra.
El pueblo compartió riesgos y sacrificios, y
asumió el papel protagónico en la forja de su destino. En la manigua y la
emigración, en el aula y el taller, buscó la unión indispensable y proyectó la
imagen de la nación deseada. Guáimaro y Baraguá, Jimaguayú y La Yaya jalonaron
ese proceso singular en medio de la más feroz batalla contra España.
Factores diversos explican la radicalización social de nuestras luchas por
la independencia, iniciadas más de medio siglo después que en el resto de
América Latina. En nuestro caso, había no solo que liquidar el yugo colonial
sino enfrentar también los afanes expansionistas de Estados Unidos. Era
imprescindible derrotar además a una oligarquía criolla que se unió a los
colonialistas o se hizo anexionista.
Cuba constituyó, y lo es aún, una de
las piezas más apetecidas por la clase dominante norteamericana. Uno de los
primeros presidentes del entonces naciente imperio, Thomas Jefferson, expresó
con toda claridad a inicios del pasado siglo el interés de poseer la Isla.
En 1820, bajo la presidencia de James Monroe, Estados Unidos proclamó la
teoría de la fruta madura, es decir, una vez separada Cuba de España debía caer
en poder de su vecino del Norte.
Los mandatarios que le sucedieron hasta el
momento de la intervención militar de 1898, reafirmaron esa política. Se
recurrió a presiones, ofertas de comprar la Isla y empleo de elementos
anexionistas criollos.
El gobierno estadounidense se opuso y logró anular la
propuesta para expulsar a España de Cuba que El Libertador Simón Bolívar llevó
al Congreso de Panamá de 1826; asimismo conminó a México y Colombia, en términos
muy enérgicos, a que se abstuvieran de realizar cualquier tipo de expedición
contra el dominio colonial en la Isla.
Con el ánimo de lograr sus propósitos
anexionistas, los intereses esclavistas norteamericanos financiaron a mediados
del siglo XIX dos expediciones armadas, que encabezó Narciso López. Sin embargo,
desde entonces Estados Unidos se opuso invariablemente a las que organizaban los
patriotas emigrados para liberar a Cuba.
El enemigo inmediato a vencer era
la metrópoli española. Pero el más peligroso para nuestra nación lo constituía
ya el imperialismo norteamericano.
Carlos Manuel de Céspedes pudo descubrir
en la etapa inicial de la Guerra Grande que "apoderarse de Cuba" era
"el secreto" de la política estadounidense.
Martí supo apreciar la
dimensión de esa amenaza, denunciarla, organizar a los patriotas para
enfrentarla y ofrendar en esa lucha su vida ejemplar. En su testamento político,
poco antes de caer, lo advirtió: "...ya estoy todos los días en peligro de
dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos
con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se
extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más,
sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para
eso."
La guerra del 95 conducía inexorablemente al fin del colonialismo
español. La invasión desde oriente dirigida por Máximo Gómez y Antonio Maceo,
extraordinaria proeza militar, extendió la contienda a todo el país y con las
campañas que realizaron en el occidente y centro de la Isla dieron un golpe
determinante al ejército de la corona española, desmoralizado y en franca
bancarrota.
En 1898 se produjo la sospechosa y nunca aclarada, explosión del
acorazado Maine en la bahía de La Habana, pretexto que abrió las
puertas a la intervención militar de Washington en la colonia que ya España
tenía virtualmente perdida.
Después que Estados Unidos declaró la guerra a
España, hecho calificado por Lenin como la primera guerra imperialista de la
historia contemporánea, los norteamericanos se dedicaron durante tres meses a
bloquear y hostigar las costas y puertos cubanos, agravando las penurias que la
población sufría desde la Reconcentración de Valeriano Weyler.
Luego
centraron los esfuerzos en lo que resultaron sus acciones fundamentales: la
destrucción de la escuadra del almirante Cervera, anclada en la bahía de
Santiago de Cuba, y la toma de la ciudad, que ya estaba sitiada por los mambises
y cuya liberación era solo cuestión de tiempo.
El ocupante yanqui, tras la
rendición de las huestes españolas allí acantonadas no permitió que entraran a
la ciudad las tropas bajo el mando de Calixto García, cuyo aporte había sido
decisivo para el desembarco de los norteamericanos y los combates de Santiago.
Estados Unidos arrebató a Cuba la independencia por la que habían luchado
durante tres décadas, machete en mano, cientos de miles de sus hijos, sin
escatimar ríos de sangre y enormes sacrificios de familias enteras.
Nuestra
nación fue objeto de la más infame transacción y excluida de los arreglos que
pusieron fin a la guerra que ella había ganado. A sus espaldas, Estados Unidos y
España negociaron y conciliaron intereses hasta culminar en la firma del Tratado
de Paz de París.
Caídos ya Martí y Maceo, la disolución del Partido
Revolucionario Cubano por Estrada Palma facilitó la labor divisionista de los
yanquis. Ellos lograron durante su primera ocupación militar (1899-1902) el
licenciamiento del Ejército Mambí, es decir, completaron el desarme político y
militar del independentismo lo que posibilitaba implantar en la Isla un modelo
de sociedad neocolonial.
El comportamiento de los ocupantes correspondió
desde su llegada a la más pérfida estrategia anticubana.
Habían transcurrido
más de dos meses después del cese de los combates y la situación era registrada
así en su diario por Máximo Gómez: "Aquí se me ha reunido todo un pueblo
hambriento y desnudo. La situación es, por demás aflictiva. Según lo pactado
entre España y los Estados Unidos la evacuación por parte de los españoles, de
la isla, se hará despacio y cómodamente, para después ocuparla los americanos.
Mientras tanto, a los cubanos nos ha tocado el despoblado y por premio de
nuestros servicios, de nuestro cruento sacrificio, el hambre y la desnudez, que
hubieran sido más soportables en plena guerra que en esta paz, donde no nos es
permitido ostentar nuestros laureles tan bien conquistados."
La gesta
gloriosa protagonizada por las tropas mambisas, fue dolorosamente sellada en
1899 con la entrega de las armas al ocupante extranjero, a cambio de 75 pesos
para cada uno de sus combatientes.
En un periódico cubano de la época,
La Discusión, apareció la siguiente opinión:
"Exigir del
soldado cubano, entre bayonetas extranjeras, que entregue su arma y su equipo a
cambio de un puñado de monedas es una humillación que nadie tiene derecho a
imponerle... menos que nadie el poderoso que se titula aliado suyo y pretende
todavía que le tengamos por amigo de los cubanos."
El Cuerpo de
Voluntarios que había servido al ejército colonial español, no fue desarmado y
las propiedades de los colonialistas y sus cómplices fueron protegidas por el
invasor.
El imperio, que ya tenía importantes intereses en la isla,
aprovechó su ocupación militar para acaparar totalmente el negocio de la
exportación del azúcar y el 90 por ciento de la del tabaco. Obtuvo ilegales y
gratuitas concesiones de todos los recursos mineros del país conocidos hasta
entonces. Adquirió grandes extensiones de tierra mediante la compra a precios
irrisorios o el desalojo de decenas de miles de campesinos, muchos de ellos
soldados y oficiales del Ejército Mambí. Sentó las bases para la creciente
penetración en los servicios públicos, la producción y las finanzas hasta lograr
el control total de la economía de la neocolonia.
Impuso, además, mediante
el chantaje, la Enmienda Platt que consagraba como un brutal derecho de Estados
Unidos el de intervenir a su antojo en Cuba y establecer la Base Naval yanqui en
Guantánamo.
A la vez, propició en medio de su ocupación militar unas
fraudulentas elecciones en las que apenas participó el 7 por ciento de la
población e instaló al frente de aquella ficción de república independiente un
gobierno pronorteamericano, integrado por personeros de la oligarquía azucarera,
por políticos que habían colaborado con el colonialismo español y la
intervención yanqui, y unos pocos renegados que traicionaron la causa mambisa.
Sobrevino una larga etapa en la cual el pueblo siguió marginado del poder
político, privado de los más elementales derechos humanos. La discriminación del
negro y la mujer formaban parte de la naturaleza del sistema, lo mismo que la
opresión, la explotación, la miseria, el hambre, el desempleo, el analfabetismo,
el negocio de la prostitución y del juego.
Ninguno de los gobiernos
oligárquicos hizo algo verdaderamente sustancial en favor del pueblo. Todo se
limitaba a las consabidas promesas demagógicas durante las campañas electorales.
El ejercicio de la política servía para remachar el yugo extranjero y propiciar
la corrupción de los gobernantes.
Solo existía una posibilidad y una remota
esperanza: continuar la revolución de Céspedes y Martí y llevarla a su
culminación. Los ideales de independencia y justicia del siglo XIX se
enriquecieron, a lo largo de la república neocolonial, con las ideas de otros
grandes revolucionarios del mundo. En los hombres y mujeres de pensamiento
avanzado, la conciencia patriótica se hizo sinónimo del más radical
antimperialismo y de la necesidad de cambiar el sistema social desde sus bases.
A lo largo del presente siglo sucesivas generaciones fueron capaces de
reproducir el heroísmo y el sacrificio de los mambises. Su convicción en la
victoria se fundamenta, como expresó Ignacio Agramonte, en la vergüenza de los
cubanos.
Finalmente logramos conquistar "la patria de hermandad y
justicia" que diseñó el Apóstol.
El primero de enero de 1959 no sucedió
lo mismo que a fines del siglo pasado: esta vez los mambises sí entraron en
Santiago. Los cubanos fuimos al fin dueños del destino de la nación. A partir de
ahí se inició el duro enfrentamiento bilateral con Washington que se mantiene.
La confrontación empezó el mismo día que cayó la tiranía de Batista. Sus más
connotados asesinos, torturadores y malversadores encontraron refugio seguro en
el territorio de Estados Unidos y el apoyo de su gobierno.
Al mismo tiempo
tergiversaron calumniosamente los juicios ante los tribunales cubanos de los
esbirros de Batista que no pudieron escapar, culpables de las más brutales
violaciones de los derechos humanos. Continuaba así el apoyo de la Casa Blanca a
la dictadura batistiana.
Desde entonces comenzaron sus campañas de calumnias
encaminadas a crear una imagen falsa de nuestra realidad. No han dejado de
realizarlas y multiplicarlas, como demuestra la guerra radial expresada en unas
1 500 horas de transmisión que como promedio emiten semanalmente contra
nuestro país.
La política invariable de Washington ha sido reconquistar a
Cuba con el empleo de cualquier vía o método, sin observar principio ético
alguno, con absoluto desprecio a nuestra soberanía nacional.
Las más altas
instancias del gobierno norteamericano promovieron la guerra sucia contra
nuestro país a poco de alcanzada la libertad definitiva. El propio Presidente de
Estados Unidos tuvo que admitir, públicamente, su responsabilidad por la
agresión de Girón. La CIA ha estado involucrada en la preparación de numerosos
atentados contra los dirigentes de la Revolución, incursiones aéreas y navales
piratas, fechorías de bandas y grupos terroristas. Se ha empleado además contra
Cuba la agresión biológica, cuyo ejemplo más reciente es la aparición de una
nueva plaga que daña gravemente numerosos cultivos.
En mayo de 1959, la
Reforma Agraria desató la furia imperialista contra Cuba. Al año siguiente, los
elementos esenciales de la política norteamericana de bloqueo ya habían sido
desplegados con toda claridad, mientras estaban en marcha los preparativos de
agresión militar. En febrero de 1962, la Casa Blanca suspendió totalmente el
comercio y presionó a otros países para que la secundaran, e intensificó su
campaña de aislamiento diplomático de Cuba en el hemisferio occidental.
La
Revolución, lejos de retroceder ante la escalada yanqui prosiguió las
transformaciones dirigidas a rescatar la riqueza nacional y avanzar hacia una
mayor justicia social. Fueron dictadas las leyes de nacionalización en ejercicio
de nuestra soberanía, de acuerdo con el derecho internacional y con el apoyo
unánime de nuestro pueblo.
La firmeza y la unidad del pueblo sobresalieron
durante la Crisis de Octubre, bajo la amenaza nuclear de Estados Unidos.
Gracias al intercambio económico justo con la Unión Soviética y otros países
socialistas, y a su solidaridad, logramos disminuir de manera considerable los
crecientes efectos del bloqueo, y evitar que se concretara el plan
estadounidense de paralizar la economía nacional y sumir en el hambre a nuestro
pueblo.
A partir del año 1989, se iniciaron los acontecimientos que
finalizarían con el derrumbe del socialismo en Europa y la disolución de la
Unión Soviética. Cuba perdió de golpe el 85 por ciento de su capacidad de compra
y su Producto Interno Bruto se redujo drásticamente. En Washington creyeron
llegado el momento de reforzar el bloqueo para poner fin a la Revolución Cubana,
lo que empezaron a vaticinar como inminente.
En octubre de 1992 fue
promulgada la ley Torricelli, caracterizada por el uso de "dos carriles".
Por una parte, prohíbe nuestras transacciones con filiales de empresas
norteamericanas en terceros países, e impide que barcos que arriben a Cuba lo
hagan por seis meses a puertos de Estados Unidos y, por otra, utiliza
modalidades más sutiles, principalmente en esferas relacionadas con la
ideología, con la intención de corroernos por dentro y atraer a elementos que
ellos clasifican como "más vulnerables", ingenuos o poco alerta.
En dos
palabras, al recrudecimiento del bloqueo suman una clara intención subversiva
interna que, juntas, pretenden el invariable objetivo estratégico de destruir la
Revolución.
El bloqueo es también expresión de un hegemonismo que el mundo
rechaza. Cada año, con votación siempre creciente, la Asamblea General de la ONU
demanda que se le ponga fin.
Hay que tener presente que el peligro de una
agresión militar no ha desaparecido, aunque parece que esta variante ha cedido
por ahora su espacio a otras. Estados Unidos conoce muy bien que una invasión a
Cuba significaría para ellos un alto costo en vidas humanas. La experiencia
histórica indica que ante la forma solapada en que actúa nuestro enemigo, no
debemos descuidarnos ni un instante y mantener sólida nuestra defensa. Lo
inaceptable para ellos es la existencia misma de la Revolución Cubana.
En
medio de incontables dificultades, el país ha logrado en estos últimos años
detener la caída de su economía y adoptó las medidas necesarias para iniciar su
recuperación y encontrar nuevos mercados y socios económicos y comerciales.
Ante el evidente fracaso de su política, Estados Unidos promulgó la llamada
ley Helms-Burton que refuerza aún más el bloqueo, establece nuevos castigos a
los que inviertan en Cuba o comercien con ella y establece sin el menor pudor
los pasos a dar para transformarla en una colonia de Washington, incluidos sus
planes subversivos internos y que comprenden el financiamiento y apoyo material
a los grupúsculos contrarrevolucionarios.
Con esa ley quedan claramente
desenmascarados los verdaderos propósitos del imperialismo al pretender dictar
cómo tendría que ser el futuro de Cuba, incluso después que hubiese alcanzado lo
que jamás lograrán: la derrota de la Revolución.
Es así como establece que
el feroz bloqueo económico, comercial y financiero seguiría en vigor hasta que
se completase la "devolución" a los batistianos, explotadores, ladrones,
antiguos dueños yanquis y a sus herederos, de las propiedades que hoy son del
pueblo, incluidas las tierras, viviendas, hospitales, centros de trabajo y de
estudio.
El documento emitido el pasado enero por el presidente
norteamericano William Clinton, en cumplimiento de dicha ley, confirma
desvergonzadamente esas intenciones y las describe en detalle.
Cuba enfrenta
hoy el mayor desafío de su historia: el país más poderoso del mundo, su enemigo
secular, ha convertido en política oficial, y la expone abiertamente, su
intención de liquidar a la nación cubana y esclavizar a su pueblo.
Se trata
no solo de un enorme reto para los cubanos de hoy. Es sobre todo una terrible
amenaza para las generaciones futuras. Frente a él tenemos la obligación
insoslayable de fortalecer nuestra unión y la voluntad de resistir y multiplicar
nuestros esfuerzos en todos los terrenos.
Hoy está más claro que nunca, que
Revolución, Patria y Socialismo son una y la misma cosa.
En Cuba no habrá
restauración del capitalismo porque la Revolución no será derrotada jamás. La
Patria seguirá viviendo y seguirá siendo socialista.
La obra creadora de la
Revolución
El primero de enero puso fin a las violaciones flagrantes,
masivas y sistemáticas de los derechos humanos que caracterizaron al régimen
proyanqui de Batista y que tan frecuentes han sido bajo los gobiernos satélites
de Estados Unidos en América Latina.
Después del triunfo de la insurrección,
no ha habido entre nosotros un solo crimen político, un torturado, un
desaparecido. No hubo más obreros y estudiantes reprimidos, ni campesinos
extorsionados o desalojados.
La Revolución se siente orgullosa del historial
que puede mostrar en el terreno de los derechos humanos. Le dio al cubano una
patria libre, independiente y democrática, donde impera la dignidad plena del
hombre.
Conquistamos el derecho a la vida. La mortalidad infantil pasó de
más del 60 por mil nacidos vivos a menos de 8 en el presente, y la esperanza de
vida aumentó en unos veinte años al llegar a más de 75, cifras que nos sitúa en
el primer lugar del Tercer Mundo y que son comparables a las existentes en
países altamente industrializados.
Conquistamos el derecho a la educación:
de un país con más del 40 por ciento de analfabetos pasamos a un nivel de noveno
grado de escolaridad como promedio y a tener la más alta proporción de maestros
por habitantes, lo que también ocurre con los médicos.
Son estremecedores
los datos sobre los niños que en el mundo no tienen hogar, escuela ni asistencia
médica; que están sometidos a agotadoras jornadas laborales, e incluso a formas
de esclavitud, vendidos, utilizados en el negocio de la prostitución y la
pornografía, víctimas del contrabando de órganos humanos. Ninguno de esos niños
es cubano.
Cuba ha hecho el máximo en defensa del empleo y la seguridad
social para los trabajadores. Ni un solo cubano ha sufrido desamparo en los
últimos 38 años.
La Revolución destruyó las bases institucionales del
racismo y de toda discriminación, y trabaja sin descanso por la incorporación
activa y plena de los cubanos a la vida del país independientemente del color de
la piel, del sexo, de las creencias religiosas.
La Revolución abrió las
puertas de la igualdad, el trabajo y el estudio para las mujeres. Antes de 1959
apenas llegaban al 12 por ciento de la fuerza laboral, y muchas de ellas en el
servicio doméstico. Hoy, un 42 por ciento de la fuerza laboral del país es
femenina, y constituye el 60 por ciento del total de los técnicos de nivel medio
y universitario.
En nuestro país, como establece la Constitución socialista,
existe libertad para todas las religiones. El IV Congreso aprobó el ingreso al
Partido de revolucionarios con creencias religiosas.
La Revolución ha
defendido particularmente los derechos de ancianos y minusválidos.
Nuestros
logros en salud, educación, nuestras hazañas deportivas, el avance alcanzado en
el terreno del arte y la cultura en general, el desarrollo en el campo de las
ciencias, son reconocidos internacionalmente. Sin embargo, lo conquistado va más
allá.
La Revolución humanizó el trabajo en los puertos y en los almacenes de
azúcar, en la construcción y otros sectores. Creó la Marina Mercante y una flota
pesquera, y desarrolló la aviación civil.
Como propiedad de la nación, se
construyeron numerosas industrias en muy diversas ramas de la economía.
En
cuanto a la vivienda, una de las primeras medidas de la Revolución fue la ley
que redujo los alquileres a la mitad. Con la Ley de Reforma Urbana, el pago del
alquiler se convirtió en amortización de la adquisición del inmueble, por lo que
la inmensa mayoría de la población es propietaria de su vivienda o está en
camino de serlo. Ya un 85 por ciento la amortizó.
Cambió radicalmente la
vida rural. Doscientos cincuenta mil campesinos recibieron el título de
propiedad de la tierra que laboran en forma individual o colectiva, según su
voluntad.
Los obreros agrícolas obtuvieron trabajo estable y debidamente
remunerado en las empresas estatales que se crearon en los grandes latifundios
nacionalizados. La escuela, el médico, la luz eléctrica, entre otros beneficios
sociales, llegaron a todos los rincones de Cuba. La Revolución mecanizó la mayor
parte del corte de caña, la cosecha de arroz, el laboreo de la tierra.
Nuestro país se llenó de carreteras y caminos, así como de obras hidráulicas
para uso productivo; se implantaron el ordeño mecánico, la aviación agrícola,
técnicas desconocidas en el medio rural. Los bosques fueron protegidos y se ha
hecho crecer considerablemente la masa boscosa existente en la etapa
prerrevolucionaria. En las montañas surgieron filiales universitarias.
Todos
esos logros los alcanzamos sin que cesara un solo minuto la hostilidad
norteamericana.
El conjunto de transformaciones y lo alcanzado hasta el
Período Especial hubieran permitido desarrollar con éxito el programa
alimentario trazado por el proceso de rectificación de errores y tendencias
negativas. Sin negar que padecíamos de ineficiencia, paternalismo y otros males.
Al llegar el Período Especial cambiamos la forma de producir. Se otorgó a
los obreros agrícolas la tierra en usufructo para organizar la producción
cooperativa y se les traspasaron plantaciones y medios de producción, con
facilidades de pago.
Más de tres millones de hectáreas pasaron a las
Unidades Básicas de Producción Cooperativa. Predomina en la rama agropecuaria la
producción cooperativa campesina y obrera, coexistiendo la empresa estatal, la
cooperativa y el agricultor privado.
Después de tres décadas de un nivel de
vida que aunque relativamente modesto iba en gradual avance, con indicadores de
bienestar, igualdad y orden social sin parangón en el Tercer Mundo, la vida
cotidiana del pueblo se tornó de súbito muy diferente. Llegaron los días
difíciles actuales en que predominan las carencias materiales, se produce una
indeseada diferenciación social y aumentan las ilegalidades, todo lo cual daña
nuestros valores.
En su informe al V Pleno del Comité Central el Buró
Político vinculó el trabajo político-ideológico con la situación radicalmente
nueva del Período Especial.
"Tenemos, y tendremos socialismo" —dice el
informe aprobado por el CC—. "Pero el único socialismo en Cuba ahora posible,
requiere asimilar de forma creciente factores tan difíciles de conducir como las
relaciones monetario-mercantiles e incluso determinados elementos
capitalistas..."
Sin renunciar a su rumbo socialista, Cuba debe insertarse
en la economía mundial, dominada por las transnacionales, caracterizada por el
intercambio desigual, y en mercados internacionales inundados de productos donde
la competencia es cada vez más difícil.
Los retos que ello plantea para
cualquier país del Tercer Mundo, se multiplican en el caso de Cuba, excluida de
las instituciones del sistema financiero internacional y sometida a una feroz
guerra económica por parte de Estados Unidos. Carecemos de créditos a largo y
mediano plazos y debemos pagar elevados intereses por créditos comerciales a
corto plazo.
Nuestra apertura económica conlleva la creación de empresas
mixtas y otras formas de asociación con el capital extranjero, cuyo fomento
Estados Unidos trata de entorpecer. Sin embargo, el esfuerzo principal es
nuestro. Tendremos solo aquello que seamos capaces de crear. Si trabajamos mejor
cada día avanzaremos más por mucho que se prolongue la hostilidad del imperio.
La lista de los problemas es enorme. Las limitaciones en alimentación,
vestido, calzado, medios de higiene y medicamentos; los apagones y la carencia
de combustible doméstico; las graves dificultades en transporte, vivienda y
servicios comunales, han puesto a prueba la voluntad heroica de nuestro pueblo,
que resiste con abnegación y estoicismo esas penurias.
Toda desidia, todo
despilfarro, toda actitud burocrática, toda tolerancia con el robo de materias
primas y artículos, favorecen el bloqueo enemigo y debemos combatirlos
resueltamente.
Objetivos estratégicos permanentes ahora decisivos son:
ahorrar en todo, rebajar costos, lograr mayor eficiencia en la producción y los
servicios.
Las tareas concretas están claras. Continuar la batalla
alimentaria. Alcanzar el mejor resultado posible en cada zafra, y una labor
óptima en la siembra y cultivo de la caña. Lograr un salto en la construcción y
una mayor explotación de instalaciones turísticas. Obtener la utilización más
eficiente de portadores energéticos, sustituir importaciones e incrementar
exportaciones. Avanzar en la aplicación de la política tributaria y el
saneamiento de las finanzas internas.
Ante nuestra dura realidad solo cabe
la conducta patriótica y revolucionaria de trabajar más y mejor.
II.
EL PARTIDO DE LA UNIDAD
La primera epopeya por la liberación del
yugo colonial, la Guerra de los Diez Años, fracasó fundamentalmente por la falta
de unidad de los mambises.
En desunión entre sí andaban la Cámara de
Representantes, el Gobierno de la República en Armas y el Ejército Libertador.
Tampoco se logró el mando único sobre todos los territorios en campaña.
La
división fue la causa principal que condujo al claudicante Pacto del Zanjón, la
indigna paz sin independencia ni abolición de la esclavitud. Maceo en la
Protesta de Baraguá salvó la honra y dignidad de los cubanos y su gesto fue
desde entonces paradigma de intransigencia revolucionaria de la nación.
Igual suerte trágica, también por el divisionismo, en el cual primaron el
factor racial y la falta de una preparación adecuada, corrió la Guerra Chiquita
que estalló a continuación de la Guerra Grande.
Martí, interpretando la
necesidad histórica de unidad, derivada de esas dramáticas experiencias, creó y
encabezó el Partido Revolucionario Cubano. Llevó a cabo una obra mo-numental
encaminada a cohesionar a los gloriosos veteranos y a los pinos nuevos, y
superar las contradicciones de diverso carácter existentes en las filas de los
patriotas para reanudar con éxito la guerra necesaria.
Maceo, por su parte,
había llegado también a la conclusión de la urgencia de un partido único de la
independencia y siempre fue defensor de la unidad.
En carta a Martí de 1888,
el Titán de Bronce afirma que la unión de los cubanos ha sido "el ideal de
mi espíritu y el objetivo de mis esfuerzos" (...), "sin ella serán
estériles todos nuestros sacrificios, y se ahogarán siempre en sangre nuestras
más arriesgadas empresas".
Gómez aceptó el ofrecimiento del Partido,
que lo nombraba General en Jefe de la guerra en preparación y suscribió con
Martí el Manifiesto de Montecristi, programa de la Revolución que había
estallado el 24 de febrero de 1895.
La misma actitud resueltamente
patriótica asumieron los más prestigiosos jefes militares de las anteriores
contiendas.
En el medio proletario de la emigración cubana, en el que Martí
forjó las sólidas bases del Partido, se destaca la adhesión del marxista Carlos
Baliño, líder de los torcedores de Tampa y Cayo Hueso.
Solo la unidad de los
revolucionarios puede conducir a la unidad del pueblo. Ella requiere un solo
partido, antes como ahora asentado en los trabajadores.
La división entre
los patriotas cubanos facilitó la implantación por los yanquis del modelo
neocolonial en Cuba.
La neocolonia se distinguió inicialmente por la
mascarada del bipartidismo entre los llamados liberales y conservadores. Con el
tiempo proliferaron numerosos partidos políticos con características similares,
solo el nombre era diferente.
El pluripartidismo perseguía dividir a los
explotados y oprimidos y sembrar la ilusión de que había democracia. También
actuaban las inevitables rivalidades de politiqueros envueltos en conflictos por
el saqueo del erario público, las que propiciaron una segunda ocupación militar
norteamericana en el año 1906.
El síndrome de la Enmienda Platt y la amenaza
de la intervención de las tropas del Norte gravitaron negativamente sobre la
conciencia patriótica.
Hacia los años 20, estallaron encendidas protestas de
estudiantes, intelectuales y trabajadores. Surgieron las primeras organizaciones
sindicales nacionales, con figuras como Alfredo López.
En 1925 un grupo de
revolucionarios comprendió que la clase obrera debía romper el monopolio
político de la oligarquía y crear su propio partido. Baliño y Julio Antonio
Mella, el gran líder estudiantil, fueron sus fundadores.
El primer partido
marxista-leninista se consagró a divulgar las ideas del socialismo científico,
alentar la creación de sindicatos clasistas y dirigirlos en incesante lucha, así
como organizar al pueblo en el combate por la liberación nacional y social. En
aquella lucha se forjaron líderes incorruptibles como Jesús Menéndez y Lázaro
Peña.
Todos los demás partidos de la república neocolonial, incluso los que
tuvieron figuras honestas que tenazmente impulsaban proyectos reformistas, para
no hablar de los reaccionarios, eran incapaces de representar los intereses de
más largo alcance del pueblo trabajador.
Esos intereses exigen la conquista
revolucionaria del poder para poner fin a la dependencia de Estados Unidos y a
la explotación capitalista y lograr, mediante una nueva conciencia social, la
elevación espiritual del hombre a su condición natural de hermano del hombre.
En la memoria del pueblo cubano, el pluripartidismo correctamente se asocia
a la politiquería, injusticias, abuso, promesas demagógicas siempre incumplidas,
fraude, corrupción, envilecimiento de la política.
Cada cierto tiempo
aquella democracia formal y hueca, buena solo para los ricos y sus cómplices,
era quebrada por regímenes tiránicos surgidos de las mismas fuerzas que
dominaban la vida nacional y así Cuba padeció los más prolongados y sangrientos
con Gerardo Machado y Fulgencio Batista.
De nuestra propia experiencia
histórica ha brotado, pues, la gran lección: sin la unidad, nada pueden alcanzar
en su lucha los revolucionarios y el pueblo.
Durante la república
dependiente no fue posible lograr un partido único de los revolucionarios y
menos que influyera decisivamente en el conjunto de la nación, dividida por
clases sociales antagónicas y niveles muy diferentes de conciencia.
La falta
de una vanguardia unida y de unas fuerzas armadas propias del pueblo, frustró
los grandes objetivos de la Revolución de 1933 contra Machado.
Por una parte
luchaban los comunistas, lidereados por Rubén Martínez Villena, impulsores de la
huelga general obrera que condujo al derrocamiento del "Asno con Garras". Por la
otra, la fuerza representada por Antonio Guiteras, también firmemente
antimperialista, de mucha autoridad entre los estudiantes y sectores medios. No
lograron unirse y la Revolución pudo ser aplastada por Batista y la embajada
norteamericana.
Los sectores populares, en una situación mundial de
resistencia a las agresiones fascistas, lograron impulsar ciertas reformas
democráticas y la convocatoria de una Asamblea Constituyente.
Sin embargo,
los principios progresistas en la Constitución de 1940, como la abolición del
latifundio y la discriminación racial, nunca se cumplieron porque faltaron las
leyes complementarias al oponerse las clases dominantes. Esto solo era posible a
través de una verdadera y profunda revolución social.
El pueblo cubano
padeció a lo largo de varias décadas esos fenómenos y acabó asqueándose de tan
repugnante politiquería. En ese sentimiento generalizado ganó una enorme
audiencia la prédica moralizadora del máximo líder del Partido Ortodoxo, Eduardo
Chibás, quien con el sacrificio de su vida reveló la imposibilidad de barrer con
la corrupción dentro del régimen social existente, lo que pronto comprendería la
vanguardia juvenil de esa organización.
Al evidenciarse en los años 50 la
permanente crisis estructural del neocolonialismo en Cuba y temer al movimiento
popular en alza, el imperialismo acudió a la solución reaccionaria con la vuelta
al mando de su viejo servidor, el general Batista, y puso fin como opción legal
al pluripartidismo.
Esto no fue un hecho aislado sino una política de
Washington, aplicada cada vez que, por distintas razones, resultó conveniente a
sus intereses en América Latina. Para ello ha recurrido a diversos métodos,
entre otros el empleo directo de sus fuerzas armadas, como en República
Dominicana, en 1965, o a través de la acción de la CIA, como en Guatemala, en
1954, y Chile, en 1973.
En su alocución del 10 de marzo de 1952, Batista,
con su habitual cinismo y prepotencia, tras dar el golpe de Estado declaró:
"...en Cuba los partidos políticos se habían olvidado de que existían tres
partidos, el partido amarillo, el partido azul y el partido blanco..." en
clara referencia al ejército, la policía y la marina de guerra.
Ninguna
agrupación política burguesa se enfrentó consecuentemente al régimen de Batista.
La actitud de esas agrupaciones osciló entre el apoyo al régimen, la solicitud
de migajas de poder y condenas verbales sin acciones efectivas o el llamado
quietismo. Algunas figuras, individualmente, mantuvieron una postura vertical y
fueron víctimas de la tiranía.
El Partido Socialista Popular (PSP) condenó
el carácter proimperialista del golpe, pero estaba aislado en medio del
anticomunismo de la Guerra Fría y la represión de que era víctima. Se enfrentó
con decisión al régimen castrense pero no halló la vía que podría conducir a
derrocarlo.
El régimen batistiano contó todo el tiempo con el apoyo del
gobierno de Estados Unidos.
Cuando parecía que no habría salida a la
gravísima situación en Cuba, cuando mayoritariamente el pueblo no creía en nada
ni en nadie, todo empezó a cambiar el 26 de Julio de 1953.
El asalto a los
cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y Céspedes, de Bayamo, marcó el
surgimiento de cuatro elementos que serían los decisivos para hacer la
Revolución. Nuevos dirigentes jóvenes encabezados por Fidel Castro, quien ya
poseía conciencia martiana y marxista-leninista; una nueva organización de
vanguardia; la táctica de la lucha armada popular, y un programa capaz de unir
en la acción a todo el pueblo, presentado ante sus jueces por el Jefe de aquella
necesaria "carga para matar bribones, para acabar la obra de las
revoluciones".
En su alegato, conocido como La historia me
absolverá, el Jefe de la Revolución proclamó que el autor intelectual de la
heroica acción fue José Martí.
La lucha armada se reinició con la llegada
del Granma a las costas de Oriente. Con Fidel y otros supervivientes
del Moncada, como Raúl y Almeida, y valiosos nuevos combatientes, como Camilo y
el Che, luego de reveses iniciales, y de afrontar obstáculos sobrehumanos, el
Ejército Rebelde se reorganizó en la Sierra Maestra.
Mientras, en el llano,
crecía la acción clandestina: Frank País es su ejemplo más alto. Por las huellas
de Mariana Grajales, las cubanas se entregaron a la lucha. Celia Sánchez
simboliza la presencia abnegada de la mujer en la Revolución.
José Antonio
Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, creó el
Directorio Revolucionario, que llevó a cabo en 1957 el audaz asalto al Palacio
Presidencial, como hecho sobresaliente de su activa lucha contra la tiranía.
Desde la clandestinidad el PSP, dirigido por Blas Roca, y la Juventud
Socialista continuaron denunciando al régimen y promoviendo la unidad.
Las
fuerzas revolucionarias se identificaron en la acción para la conquista del
poder, al tener principios patrióticos comunes, servir al pueblo, cuyo repudio a
la tiranía se expresaba de mil modos, y finalmente coincidir en aceptar el papel
decisivo del Ejército Rebelde, nacido de las filas del Movimiento 26 de Julio y
forjado en 25 meses de cruenta guerra liberadora.
Luego del triunfo de la
insurrección, en medio de la más intensa lucha de clases, pero ahora con el
poder en manos del pueblo laborioso y su Ejército Rebelde, los periódicos de la
oligarquía se quedaron sin lectores y los partidos burgueses desaparecieron del
escenario nacional sin que mediara ley revolucionaria alguna para prohibirlos.
Estaban sumidos en el más absoluto desprestigio por su historial corrupto y sus
vínculos con el sistema neocolonial.
Los politiqueros marcharon al Norte,
donde mantuvieron las gastadas imágenes de sus agrupaciones, con la esperanza de
regresar detrás de las bayonetas yanquis. Bien pronto la CIA reclutó a muchos de
ellos y los puso al servicio de sus criminales planes, y desde entonces, estos y
sus seguidores, sirven a la causa ignominiosa del anexionismo.
Fueron
disueltos el Ejército y la Policía antinacionales, y los demás órganos de
represión, que durante la existencia de la república neocolonial, robaron,
oprimieron, atropellaron y asesinaron al pueblo. Los cuarteles fueron
convertidos en escuelas y recuperados cuantiosos bienes malversados. Comenzaba a
desmantelarse el podrido aparato estatal burgués.
Los líderes de la
Revolución victoriosa comprendieron que estaban por llegar los momentos más
complejos y peligrosos, pues inexorablemente deberían hacer frente al enemigo
histórico de Cuba y a la contrarrevolución a su servicio.
En aquellas
circunstancias cobró fuerza el proceso de unión de los revolucionarios, quienes
acordaron avanzar hacia la formación del Partido único, como la vía ideal y más
segura de alcanzar la unidad permanente del pueblo.
Surgieron las
Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) con la fusión del Movimiento 26
de Julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de
Marzo.
Quienes desde estas tres organizaciones habían enfrentado
heroicamente al terror de la tiranía y mantenido los principios, constituyeron
lógicamente el núcleo medular del nuevo Partido. Ostentan la distinción de
Fundadores.
Revolución triunfante desató un movimiento de masas sin
precedentes, y fueron expulsados de los sindicatos los dirigentes mujalistas
impuestos, instrumentos de la patronal y la tiranía.
Las masas, intoxicadas
durante largos años por la propaganda proimperialista, anticomunista y
antisoviética, aprendieron rápidamente, por su propia experiencia, el engaño de
que habían sido víctimas. Sus enemigos, el gobierno de los Estados Unidos y las
clases explotadoras del país, quedaron desenmascarados desde el primer año de
Revolución.
En tales peculiares condiciones, la construcción del nuevo
Partido unido debía rehuir las concepciones dogmáticas, sin olvidar la necesidad
de una vanguardia.
Martí nos dio la clave: En una situación de auge de la
conciencia independentista, el clima revolucionario imperante y la inminencia de
la guerra necesaria, había que reunir "a los revolucionarios, juntos en un
plan inexpugnable, para la obra alta y sostenida, juntos, en una organización
sencilla y sana".
Con esa enseñanza martiana y la advertencia de Lenin
acerca de que el partido del proletariado en el poder "se constituye y
desarrolla seleccionando a los mejores elementos de la clase", se formó
nuestra vanguardia.
Al señalar a principios de la década del 60 los errores
del sectarismo cometidos en la formación de las ORI y aplicar creadoramente las
ideas de Martí y las de Lenin a las condiciones específicas de Cuba en ese
momento, Fidel hizo un aporte extraordinario a la teoría y la práctica de la
organización de un Partido revolucionario en el poder, que en esa etapa pasó a
llamarse Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS).
El Partido debía
integrarse por hombres y mujeres ajenos a cualquier sospecha de connivencia con
la tiranía o la patronal, que aceptaran voluntariamente pertenecer a él y
suscribieran sus objetivos socialistas. Ejemplares en el cumplimiento de todas
las tareas que la Revolución planteaba en el terreno de la defensa, la
producción, el activismo social. De probada honestidad e intachables en su
conducta cotidiana en el seno del colectivo, la comunidad y en la educación de
sus hijos.
Tales cualidades que se requerían para integrar una genuina
fuerza de vanguardia, debían ser expuestas por las comisiones organizadoras del
Partido a los colectivos de trabajadores y propiciar que ellos señalaran quiénes
de sus compañeros poseían tales virtudes, se entablara un amplio debate de
opiniones y se decidiera por votación los que reunían los méritos para formar la
cantera de obreros ejemplares.
Aun las comisiones analizarían con mayor
profundidad e individualmente a cada integrante de esta cantera, para formar las
organizaciones partidistas de base.
De esa manera, el núcleo del Partido
constituía el espejo de las mejores virtudes del colectivo de los trabajadores,
devenía su vanguardia, formada con la opinión de todos, constituía el grupo de
dirección revolucionaria del centro de trabajo.
En todos los casos, la
opinión de las masas y no las decisiones unipersonales ha sido, y es, la
condición determinante para la selección de los militantes.
También se
construyeron los núcleos del Partido en el seno de las Fuerzas Armadas y el
Ministerio del Interior.
Hemos logrado forjar así un Partido de rigurosa
selección y al mismo tiempo, con gran autoridad y pleno apoyo de los
trabajadores e íntimamente vinculado a las masas. Para sus militantes no debe
haber ningún privilegio, solo mayor disciplina, sacrificio, más tareas,
responsabilidades, motivados por el amor a la patria y su ilimitada lealtad al
pueblo.
El inédito camino elegido necesariamente condujo, en los primeros
tiempos, a una organización numéricamente pequeña: 40 mil entre 1962-64, y a
mantener un incremento gradual. El crecimiento de sus filas sería un resultado
del aumento del número de los trabajadores y de la elevación de su conciencia
revolucionaria.
En 1965, el PURS, que con tales métodos de masas había sido
capaz de erradicar la estrechez sectaria, tomó el nombre que definía su objetivo
final, Partido Comunista de Cuba. Se creó el primer Comité Central y se unió la
prensa revolucionaria en los periódicos Granma y Juventud
Rebelde.
Actualmente contamos con más de 770 mil miembros que
representan dignamente a las masas de trabajadores manuales e intelectuales,
civiles y militares, de la ciudad y del campo.
En algo más de tres décadas
la militancia del Partido se multiplicó casi 20 veces.
Esa formidable fuerza
se suma a los alrededor de 500 mil jóvenes comunistas, quienes también se rigen
por principios selectivos de ingreso y marchan unidos a los integrantes de
nuestras organizaciones de masas y sociales.
Nuestro Partido puede mostrar
un método de selección que se caracteriza por ser tan democrático como riguroso.
La calidad para el ingreso no lo es todo. Los militantes, agrupados en sus
organizaciones, tienen que trabajar activamente para aplicar la política del
Partido, en su medio laboral y social y ante las más disímiles situaciones.
La vigilancia colectiva de la organización de base y de los organismos de
dirección, el permanente análisis crítico y autocrítico en el seno de estos y la
evaluación sistemática de los resultados tangibles de cada militante o cuadro,
constituyen las bases para corregir las insuficiencias y errores individuales o
generales, la separación de las filas de quienes dejan de ser dignos de
integrarlas, así como para la promoción, democión y renovación de los cuadros.
En el presente debemos continuar la consolidación de la justa política de
promover especialmente como cuadros, sin mecanicismos, a negros y mujeres, de la
misma forma que se ha estado haciendo respecto a los jóvenes, lo que afianza la
autoridad moral del Partido ante nuestro pueblo. El Partido debe insistir en la
aplicación de esa política en todas las esferas de la sociedad.
El
fortalecimiento en calidad y cantidad del Partido ha proseguido en los duros
años del Período Especial, pese al impacto ideológico negativo del derrumbe del
socialismo en la Unión Soviética y en Europa del este y al agravamiento del
criminal bloqueo yanqui con sus terribles consecuencias para la situación
material de la población.
¡En los últimos cinco años, han ingresado
232 mil trabajadores ejemplares, es decir, el 30 por ciento de la actual
militancia!
La experiencia demuestra cómo la acción del Partido ha
sido decisiva en la búsqueda de soluciones para enfrentar los efectos de la
crisis económica durante los últimos años. El Partido está en condiciones, hoy
más que nunca, de perfeccionar su papel como guía de la sociedad cubana.
En
el centro de la atención del Partido ha de estar la vida misma del colectivo de
trabajo o estudio, de la unidad militar, la comunidad, el territorio. Allí donde
la ejemplaridad de todos y cada uno de los militantes se revela cotidianamente,
la inercia no tiene cabida y el estado político moral se fortalece.
Este es
el Partido de todas las batallas.
El que tiene por ideología las enseñanzas
de los geniales maestros de los trabajadores Marx, Engels y Lenin, la doctrina
martiana y las ideas creadoras y el ejemplo de Fidel.
El que demanda de cada
uno de sus integrantes pensar con su propia cabeza y expresarse libremente en el
seno de las organizaciones partidistas y actuar unidos, como uno solo, una vez
adoptado un propósito.
El que educa y aprende en su permanente contacto con
el pueblo trabajador, "pulsando sus opiniones, pulsando sus
emociones...", como señalara el Che.
El que tiene como estilo de
trabajo conocer en todo momento las dificultades, los criterios y las propuestas
de las masas.
El que dirige a la nación cubana en la salvaguarda de la
independencia del país.
El que ha impulsado la obra de creación y justicia
en este último tercio de siglo.
El que ha educado a varias generaciones de
revolucionarios en la fidelidad sin límite a la Patria y en la causa del
internacionalismo.
El que ha conducido con firmeza e inteligencia la
resistencia del pueblo, héroe colectivo de la epopeya que Cuba escribe en la
última década del siglo XX.
El que jamás retrocede ante los peligros y
confía plenamente en la victoria final.
El enemigo combate a nuestro
Partido, no porque sea el único, sino porque su existencia y labor garantiza la
unidad de nuestro pueblo.
El pueblo cubano decidió tener un partido único
precisamente para alcanzar la unidad nacional revolucionaria, sin la cual le
sería imposible defender su patria libre, democrática, socialista.
Haber
creado el Partido de la unidad de los cubanos es uno de los méritos más
relevantes de Fidel y la dirección histórica en el terreno de una estrategia de
lucha victoriosa contra el enemigo más poderoso y cínico de todos los tiempos.
Respecto al Partido único de los revolucionarios de su época, al defenderlo
de las intrigas de los colonialistas españoles, Martí afirmó:
"Nació
uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo
creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo
que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano es el pueblo
cubano."
Podemos decir, en rechazo a la histeria, las calumnias, las
mentiras y los propósitos del enemigo:
El Partido Comunista de Cuba perdura
y crece, aun en la adversidad de estos años, porque el pueblo cubano quiere. Es
la conciencia vigilante y la columna vertebral de la resistencia de la nación
cubana.
III. LA DEMOCRACIA QUE DEFENDEMOS
La Revolución
Cubana llevó a cabo una honda y excepcional democratización en todos los órdenes
de la vida política, económica y social del país y demostró que es posible hacer
efectiva la idea de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Nuestro sistema político, genuinamente democrático, de amplia participación
popular, socialista, se fundamenta en la dignidad, la igualdad y el ejercicio
real de los derechos humanos. La supervivencia de la Revolución, en estos años
tan duros, se explica solo por su profunda base democrática. Una transformación
revolucionaria es irreversible cuando el pueblo la protagoniza, la defiende y
profundiza en ella cotidianamente.
El sistema cubano no es importado ni
ajeno a nuestra historia, sino cosecha consecuente de más de siglo y medio de
empeños redentores iniciados por el presbítero Félix Varela, devenidos guerra
popular en 1868 y 1895 y culminados el primero de enero de 1959.
Una nación
enteramente libre y soberana, basada en la justicia y la solidaridad, es la
Patria que tenemos hoy, la que quisieron nuestros próceres y la que sigue
combatiendo al imperialismo que intenta destruirla.
Desde el Moncada Fidel
ha movilizado e incorporado realmente al pueblo cubano en la lucha por el
triunfo de sus aspiraciones históricas y los sueños siempre postergados de
fundar la república martiana.
En la Sierra Maestra, en medio de la guerra,
se advierte la simiente de lo que la Revolución Cubana, luego de su victoria,
significaría en términos democráticos. El pueblo nutrió y sostuvo su propio
ejército, y en los territorios liberados se dictaron las primeras leyes agrarias
y surgieron los gérmenes de una vida más digna y humana.
En enero de 1959,
ante la bancarrota del régimen tiránico, el imperialismo y sus agentes internos
no pudieron reacomodar sus fuerzas para conseguir una salida conveniente a sus
intereses, porque el pueblo convirtió el clima insurreccional en la unánime
huelga general convocada por el Jefe de la Revolución.
Desde ese momento,
por primera vez en la historia de la nación, las masas ejercieron de manera
efectiva el poder. Comenzó la transformación de la sociedad y la Revolución
triunfante estuvo en condiciones de enfrentar los furiosos embates de los
enemigos internos y externos.
En las últimas cuatro décadas, la
participación popular ha sido decisiva ante todos los desafíos y tareas.
El
pueblo se integró a la defensa armada del país y llevó a cabo voluntaria y
masivamente heroicas misiones internacionalistas. La concepción de la Guerra de
Todo el Pueblo revela la naturaleza democrática de la Revolución y constituye
nuestra arma principal frente a las reiteradas amenazas imperiales.
En Cuba
se hizo realidad la definición martiana:
"¡República es el pueblo que
tiene a la derecha la chaveta del trabajador, y a la izquierda el rifle de la
libertad!"
La histórica victoria de las masas sobre el analfabetismo,
los cursos de seguimiento, la educación obrera y campesina y la extensión de la
enseñanza universitaria hasta el Foro de Ciencia y Técnica, han sumado los
esfuerzos de toda la sociedad para cumplir el postulado de Martí: "Ser
cultos es el único modo de ser libres."
Los trabajadores asumieron
conscientemente su papel en la creación de la riqueza nacional. Las
transformaciones económicas contaron con su indiscutible protagonismo. Millones
de cubanos, como pidió el Che, se entregaron al trabajo voluntario e hicieron
aportes valiosos a la construcción de la nueva sociedad. A partir del proceso de
rectificación, el Partido ha convocado a revitalizarlo como elemento forjador de
los valores inherentes al hombre nuevo.
La Revolución estimula la
creatividad de las masas en todos los campos. Son incontables las soluciones que
se han ido aportando a la producción y los servicios. Esto, desde luego, ha sido
posible gracias al predominio de la propiedad socialista y a la democratización
de la enseñanza, que ofreció oportunidades de instrucción a todo el pueblo y
facilitó la superación técnica de los trabajadores. Hemos hecho realidad el
principio martiano de vincular el estudio con el trabajo.
Las políticas para
el desarrollo de la salud, la educación, la cultura y el deporte, reconocidas
universalmente por sus éxitos, también se fundamentan en una vasta proyección
social con la permanente acción popular.
La igualdad de oportunidades para
todos ha sido, y es, propósito permanente de la Revolución cuya obra está
signada por un verdadero y consecuente humanismo, a pesar del daño que los
efectos del obstinado bloqueo yanqui causan a esta justa política.
El
desempeño de las organizaciones de masas ilustra el carácter de la democracia
cubana: la CTC y los sindicatos, la ANAP, los CDR, la FMC, las organizaciones
estudiantiles, la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana y otras
muchas de índole social, integran un sistema de comunicación, debate y dirección
colectiva y han sido un factor movilizativo de primer orden para acometer
importantes tareas políticas y sociales.
El socialismo en Cuba es parte
orgánica de su proceso histórico. La autenticidad y la originalidad de nuestro
sistema político y sus instituciones sobresalen por encima de circunstanciales
desaciertos e insuficiencias presentes en toda obra humana. Un rasgo esencial de
nuestra democracia consiste en su capacidad para, con la intervención de las
masas, rectificar deformaciones, eliminar errores, derribar obstáculos y
concebir nuevos caminos.
Pese al acoso tenaz y sistemático del imperialismo,
la Revolución, lejos de abroquelarse, generó formas de participación que con el
tiempo se han ido perfeccionando y que exigirán siempre una continua renovación.
Esa voluntad de resistencia y transformación recorre la trayectoria de la
fundación y el desarrollo de las instituciones cubanas.
El crecimiento
constante de la conciencia del pueblo, marchó parejo a la elevación de su nivel
cultural y educación ciudadana y a su avance social y material, y ello se
expresó, a mediados de los años 70, en nuestra Constitución socialista. Fue
discutida por todos los cubanos y en comicios donde participó el 98 por ciento
de los electores, a partir de los 16 años de edad, el 97,7 por ciento de los
votantes lo hizo a favor y en contra solo el uno por ciento. Así surgieron las
instituciones representativas estatales de un pueblo que desde el primero de
enero de 1959 venía ejerciendo el poder.
Nuestro pueblo decidió ratificar en
la Constitución:
"El Partido Comunista de Cuba, vanguardia organizada
marxista-leninista de la clase obrera, es la fuerza dirigente superior de la
sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los
altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad
comunista."
La base del sistema político cubano es la elección de los
delegados de circunscripción. Los candidatos son propuestos y seleccionados en
reuniones de vecinos; la votación es libre, secreta, directa y el escrutinio,
público; para ser elegidos es necesario alcanzar más del 50 por ciento de los
votos. Los delegados, que forman las Asambleas Municipales del Poder Popular,
rinden cuenta periódicamente a sus electores y pueden ser revocados por estos en
cualquier momento. Los representantes electos a todos los niveles, no reciben
remuneración alguna por esa labor. Nuestro sistema electoral es ajeno a la
politiquería, el fraude, la compraventa de votos. El Partido no postula, ni
elige, ni revoca.
Esta democracia plena, ha sustentado y sustenta nuestro
Estado de Derecho. Ni en los más duros momentos, ni en las condiciones críticas
de estos años, hemos renunciado al más amplio y decidido ejercicio democrático.
Los lineamientos aprobados por el IV Congreso del Partido, después de un
amplísimo proceso de consulta popular, sirvieron de base para modificar aspectos
sustanciales de la Constitución de 1976 y la legislación electoral. Se
estableció la elección por voto directo y secreto de los diputados a la Asamblea
Nacional y los delegados a las Asambleas Provinciales; quedaron mucho mejor
definidos los campos de competencia de los órganos del Poder Popular y la
administración estatal, y se generalizó la experiencia de los Consejos
Populares, piedra angular de la participación de la comunidad en la solución de
sus problemas.
La esencia del sistema político cubano pone énfasis en la
incorporación auténtica del conjunto de la sociedad a la toma de decisiones. El
debate de los asuntos de interés público, desde los de trascendencia nacional
hasta los locales, contribuye a la unidad y es un punto de partida para la
adopción y la aplicación de medidas prácticas.
Al respecto se multiplican
enriquecedoras experiencias tales como la gestión comunitaria de los Consejos
Populares; los congresos sindicales, estudiantiles y de otras organizaciones de
masas y sociales, cuyos análisis, con la presencia de dirigentes del gobierno,
han definido políticas. Se promueve permanentemente la búsqueda colectiva de
soluciones, la distribución de responsabilidades, la convocatoria social y el
control popular.
Las organizaciones de masas, las agrupaciones sociales y
profesionales y otras formas de asociación han dado espacio y cauce a los
intereses y las preocupaciones de todos los sectores de nuestra sociedad civil
socialista.
Las medidas adoptadas en 1994 por la Asamblea Nacional del Poder
Popular para el saneamiento de las finanzas internas, surgieron de un proceso de
amplia discusión popular: los parlamentos obreros en más de 80 mil centros de
trabajo y estudio.
Las asambleas por la eficiencia que se celebran al menos
dos veces al año, hacen posible la participación efectiva de los trabajadores en
la discusión de los problemas y planes de la economía; son vías para el
ejercicio de su papel como dueños colectivos de los medios de producción.
Las audiencias públicas convocadas por las comisiones de la Asamblea
Nacional y el proceso masivo de difusión y análisis de la Ley de Reafirmación de
la Dignidad y la Soberanía Cubanas y la Declaración de los Mambises del Siglo
XX, son nuevas expresiones del hondo patriotismo de nuestro pueblo.
La
democracia socialista se autoperfecciona constantemente para fortalecer
espiritualmente al hombre, contribuye a darle un mayor sentido creador a su
existencia y a su trabajo y una calidad superior a su vida.
Hemos trabajado
contra el apoliticismo sin formar fanáticos. La Revolución necesita ciudadanos
que ejerzan libre y conscientemente sus responsabilidades y sean capaces de
practicar cabalmente sus deberes y derechos.
No hay brecha posible entre
nuestros dirigentes y el pueblo. En la sistemática comunicación e identificación
con las masas radica uno de los factores que garantizan la unidad de acción y la
fortaleza del poder revolucionario. La democracia socialista exige de los
cuadros austeridad, modestia, vocación de entrega en el servicio al pueblo,
transparencia en el ejercicio de la función pública y una ejemplar vida
ciudadana.
Nuestros dirigentes surgen del pueblo y responden ante él de sus
actos. Entre nosotros no pueden ocupar un puesto en la vanguardia quienes no
estén a la altura de sus responsabilidades. No hubo ni habrá impunidad para los
que violen la legalidad y perviertan la función pública. La adopción en 1996 del
Código de Ética de los Cuadros del Estado Cubano refrendó las bases del
compromiso político y moral que adquieren ante la sociedad.
Esos principios
contrastan con la demagogia, el mercantilismo, los incesantes escándalos
financieros, la corrupción generalizada, características de la política en
Estados Unidos, el país que pretende erigirse en modelo para el mundo.
En
realidad el sistema estadounidense carece de credibilidad ante su propio pueblo.
No pueden representarlo maquinarias controladas por los mismos monopolios que
destinan miles de millones a farsas electorales, cada vez más costosas y donde
la mayoría del electorado no vota.
El imperialismo procura erosionar los
fundamentos éticos de la Revolución para minarla por dentro y socavar nuestra
soberanía. Pretende por todos los medios estimular entre nosotros el egoísmo, la
anarquía y el consumismo, y trata de promover la subversión del orden, la
fractura de la unidad, facilitar la acción de zapa de los grupúsculos
anexionistas que aspiran, financiados desde el extranjero, al regreso del yugo
norteamericano y a la restauración capitalista.
Enfrentamos nuevas formas de
lucha ideológica, cada vez más sutiles y complejas, que entrañan un reto
cotidiano para la capacidad de convocatoria de nuestras instituciones. Quieren
dañar la autoridad, la influencia y la legitimidad del sistema institucional
revolucionario. La respuesta debe ser coherente y firme, y apelar al poderoso
caudal de argumentos de la Revolución, a la unidad, a nuestras reservas morales,
a las fibras patrióticas de cada cubano.
El lumpen, la delincuencia y
cuantos alientan la violación de las leyes y la transgresión del orden, sirven
objetivamente a nuestros enemigos. Cada fenómeno de corrupción que no extirpemos
a tiempo, socava la imagen de nuestra democracia en beneficio de los que quieren
eliminarla. Hoy son inadmisibles la indiferencia y la inacción de los
revolucionarios.
También atentan contra nuestros valores patrióticos y
socialistas, el abandono de principios y normas morales, la falta de
solidaridad, la insensibilidad, la fascinación y el culto frívolo por modelos y
símbolos yanquis.
La Revolución debe continuar alerta y movilizar cada vez
más a nuestro pueblo en la lucha por la legalidad y la ética del socialismo.
Las organizaciones políticas y de masas deben debatir estos problemas, crear
conciencia acerca de la necesidad de situarlos entre las tareas ideológicas del
presente, y emprender acciones efectivas que fortalezcan el poder
revolucionario.
A la prensa, que con la Revolución pasó de manos de la
oligarquía a las del pueblo para hacerse realmente libre, le corresponde un
papel vital en la lucha ideológica. Los medios de difusión masiva, así como las
instituciones educativas y culturales, tienen ante sí el mayor reto: garantizar
la continuidad de las ideas y valores socialistas, patrióticos,
antimperialistas, de la Revolución misma, en las futuras generaciones de
cubanos.
Defendemos nuestra identidad nacional frente a toda forma de
corrosión y promovemos el ideal de la gran patria latinoamericana y la
universalidad descolonizada de Martí.
Es importante salvaguardar nuestros
paradigmas y la tradición patriótica cubana como fundamento esencial de la
práctica política. En el pueblo existen enormes reservas morales y la mayor
evidencia está en la resistencia desplegada frente a sus enemigos y el avance de
un proceso revolucionario que muchos fuera de Cuba pensaron fracasado o
irrealizable a partir de los cambios que experimentó el mundo a inicios de los
años 90.
Cuba reafirma su decisión de resistir y continuar por su propio
camino, fruto de su proceso histórico. Respeta el derecho de cada país a decidir
sobre su sistema político, económico y social, y reclama ese mismo respeto para
sí.
Los cubanos somos leales al Maestro, quien indicó: "El gobierno ha
de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país."
La
idea de una sociedad democrática, donde el pueblo ejerza la autoridad y se
gobierne a sí mismo, ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia como
un ideal y elevado anhelo que siempre los poderosos han tratado de limitar
mientras otros la han considerado una quimera inalcanzable.
Su presencia
permanente durante tantos siglos, antecediendo a nuestra era, precediendo
incluso a muchas religiones, le ha dado a esa aspiración un valor universal
colocada en el centro de las reflexiones más nobles y las luchas más heroicas
del hombre.
La esencia de esas luchas ha sido siempre la emancipación
humana, sin la cual se hace imposible la realización del ideal democrático.
Aunque los imperialistas pretenden adueñarse del concepto de democracia, su
sistema, en esencia antidemocrático, explota, oprime y excluye a las grandes
mayorías. Para engañarlas hablan de la democracia representativa, pero ella
expresa solo los intereses de las oligarquías.
La gran prensa, las agencias
de noticias, la radio, el cine y especialmente la televisión y otros medios cada
vez más sofisticados de comunicación, forman gigantescos sistemas monopólicos
con los cuales manipulan la mente del hombre y fabrican la opinión pública.
La democratización continúa siendo una meta consustancial a la lucha de los
trabajadores, los humildes, los oprimidos del mundo. Ella adquiere una
importancia aún mayor en la actualidad cuando la globalización neoliberal
pretende imponer un capitalismo totalitario: en él solo existe el mercado y el
pueblo no cuenta para nada.
Con el modelo neoliberal, aumenta la
polarización social hasta extremos intolerables: crecen el desempleo, el hambre,
la miseria; las funciones del Estado se reducen a la aplicación de las terapias
de choque, a ser guardián de la ley y el orden del gran capital mediante la
represión antipopular. Se exacerban al propio tiempo la xenofobia y el racismo,
expresiones de tendencias fascistas.
En ese modelo no hay espacio, en
consecuencia, para los desposeídos que en número siempre creciente quedan
condenados a la marginalidad, a la exclusión. En América Latina, el abismo entre
las minorías privilegiadas y los desposeídos es mayor que en el resto de las
regiones: la mitad de la población vive por debajo de los límites de la pobreza
y más de cien millones de seres humanos, en la pobreza extrema.
La
desigualdad social crece al influjo de la extensión del neoliberalismo, no solo
en el Tercer Mundo sino también en el Primer Mundo industrializado.
Estados
Unidos es el país donde la diferenciación social es más acentuada. Entre los
desheredados de esa sociedad opulenta están millones de nuestros hermanos
latinoamericanos, empujados a emigrar por la miseria, los negros y otros muchos
sumidos en la pobreza.
El imperialismo norteamericano no le perdona a Cuba
que en las circunstancias más adversas sostenga y desarrolle una sociedad que
cree en el hombre y en la solidaridad humana, y no abandone el ideal democrático
que durante milenios ha sido el irrenunciable sueño de la Humanidad.
El
régimen que el gobierno de Estados Unidos pretende imponernos, es radicalmente
incompatible con todos los logros sociales conquistados desde 1959. Nuestra obra
sería totalmente destruida. Sería liquidada del modo más violento porque en el
mundo predomina hoy un capitalismo que algunos de sus defensores no han vacilado
en calificar de "salvaje".
En el caso de Cuba, además, su imposición sería
el triunfo del sector más agresivo y cavernícola de un imperialismo que nos odia
visceralmente y que tiene como instrumento a la mafia de anexionistas y
batistianos que reclaman en lenguaje hitleriano, a la caída de la Revolución,
tres días de licencia para matar.
Estados Unidos pretende reimponer en Cuba
el gobierno del imperio, por el imperio y para el imperio.
Ante este
propósito demencial hacemos nuestro el mandato del Titán:
"Quien intente
apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre si no perece
en la lucha."
Si la Revolución ha sido una sola desde 1868 y desde
Martí uno solo el Partido de la unidad, también es uno solo el brazo armado de
la Patria: Ejército Mambí, Ejército Rebelde, Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Compatriotas:
Nuestra democracia socialista, esencia y
fruto de una Revolución, puso fin a la explotación y la discriminación; eliminó
el analfabetismo y elevó los niveles de educación y cultura; entregó a los
obreros, campesinos, estudiantes, a todo el pueblo, la capacidad de organizarse,
prepararse y armarse para defender y ejercer sus derechos; brindó a los
científicos, escritores, artistas e intelectuales en general, la libertad real
de creación e investigación y los medios para realizar su labor, y darles la
mayor significación social.
Hemos alcanzado el pluralismo creador de un
pueblo emancipado.
Nuestro sistema político, que consagra el poder
del pueblo, es la principal conquista que debemos salvar, porque de él dependen
todas las demás. La historia ha demostrado dramáticamente que cuando el pueblo
pierde el poder político, lo pierde todo.
Nuestra
democracia socialista es esencial en la continuidad de la obra que iniciamos en
1959, en favor de las más humanas relaciones sociales. Ella abre la posibilidad
de proseguir la marcha de la Revolución hacia adelante, para entregar a los
cubanos del siglo XXI un país, como quería Martí, con toda la justicia
conquistada.
Gracias al Movimiento Humanista Entorno Cubano.