Carta de Cuba, la escritura de la libertad

 

 

 

10 de junio

Aniversario de la Declaración de los Intelectuales

El 10 de junio de 1991, un grupo de jóvenes intelectuales firmaron un manifiesto donde, en vista del fracaso del bloque soviético, pedían un debate nacional para evitar la catástrofe que amenazaba al País. El documento, que se presenta abajo, causó gran conmoción dentro y fuera de la Isla, debido a que era firmado por jóvenes formados dentro de la estructura revolucionaria del País, muchos de los cuales tenían gran renombre, tanto dentro como fuera de la nación.  Por supuesto, la represión del régimen contra los firmantes fue implacable.  En Carta de Cuba tenemos el privilegio de contar con la colaboración de varios de los patriotas que firmaron esta histórica carta, entre los que se distingue el compañero Bernardo Marqués, quien ha escrito una nota recordando este evento histórico.

Reproducimos a continuación el texto de la Declaración, y el artículo de Bernardo.

DECLARACIÓN DE LOS INTELECTUALES CUBANOS

 

Nosotros, intelectuales cubanos, profundamente preocupados por la peligrosa situación que vive el país en estos momentos, nos hemos decidido a intentar promover una actitud razonable y moderada en todos los sectores integrantes de nuestra sociedad, para, entre todos, evitar la catástrofe económica, social y política y cultural que se nos encima. Para ello creemos debe llevarse a cabo un debate nacional, sin exclusiones, en el que participen todos los cubanos interesados en el futuro de la nación, que es, sin dudas, nuestro futuro. Esto es lo que nos mueve a presentar a la actual dirección política las siguientes propuestas, dejando bien claro que no creemos poseer toda la verdad, sino una visión muy parcial de ella. Urgimos a los obreros y científicos, militares y sindicalistas, campesinos y estudiantes, a las amas de casa y en fin, a todos los ciudadanos que contribuyen activamente en la búsqueda de una solución que aleje de nosotros el hundimiento como estado civilizado. En esta hora la política es demasiado importante para dejársela a los políticos. Toda verdad absoluta es en realidad una verdad obsoleta. 

MEDIDAS PARA PROMOVER Y ASEGURAR UN AMPLIO DEBATE NACIONAL

1.- Elecciones directas a la Asamblea nacional, sin restricciones.

2.- Eliminación de las exclusiones migratorias.

3.- Reactivación de los mercados libres campesinos, para evitar la hambruna que se nos avecina.

4.- Petición de asistencia a los organismos especializados de Naciones Unidas,  con el fin de paliar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la  mortalidad.

5.- Decretar amnistía a todos los presos de conciencia y a aquellos que intentaron abandonar el país de forma clandestina: No se puede condenar a un ser humano  por seguir el dictado de su instinto de conservación

Firmantes:

 

María Elena Cruz Varela                        Víctor H. Serpa Riestra

Roberto Luque Escalona                         Manolo Granados

Raúl Rivero Castañeda                            Bernardo Marqués Ravelo

Fernando Velásquez Medina                   Nancy Estrada Galván

Manuel Díaz Martínez                             José Lorenzo Fuentes

  

La Habana, junio 10 de 1991

QUINCE AÑOS DESPUÉS

En ocasión del aniversario de la firma de una declaración

Por Bernardo Marqués-Ravelo 

Miami— Es cierto: no fuimos los primeros. Antes que nosotros Ricardo Bofill,y Elizardo Sánchez, entre otros —y por ejemplo—, ya habían creado la primera organización para defender los derechos humanos, conculcados  en la isla desde el mismo triunfo de la “Involución”, como le gusta decir a una amiga entrañable. 

Se ha dicho, en estos tres lustros, que poco o nada se consiguió con la Declaración de los Intelectuales Cubanos. Y que el texto en cuestión era muy tímido. Que debió ser más agresivo, o más viril. Y que los reclamos contentivos en esa hoja es —fueron— una entelequia, o sencillamente no pasó de ser una algazara de un puñado de intelectuales irresponsables para centrar en ellos —nosotros— los ojos de la prensa extranjera. 

Y de los adversarios  de la Plaza de la Revolución.  No es cierto o, para decirlo de una manera más adecuada o diplomática: están equivocados.  

En estos quince años transcurridos, el régimen de La Habana sigue igual. O sea: que el cuartito está igualito: no hay pan ni libertad ni justicia. Y escasea todo, empezando por lo más elemental. Y de ello, por ejemplo,  puede dar cuenta la muy famosa —y sombría— Primavera Negra, de marzo de 2003, cuando los gendarmes de Castro arrastraron a las cárceles a 75 luchadores por la libertad y la democracia.                                                                                                   

Pedimos entonces, lo que podíamos pedir, y estaba a nuestro alcance: “Elecciones directas a la Asamblea nacional, sin restricciones; eliminación de las exclusiones migratorias; reactivación de los mercados libres campesinos, para evitar la hambruna que se nos avecina; petición de asistencia a los organismos especializados de Naciones Unidas, con el fin de paliar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la mortalidad; y decretar amnistía a todos los presos de conciencia y a aquellos que intentaron abandonar el país de forma clandestina: No se puede condenar a un ser humano por seguir el dictado de su instinto de conservación.” 

Y  con la excepción de Manuel Granados —que falleció en Francia poco después de salir al exterior, casi inmediatamente de la firma del documento—, todavía están (estamos) vivos y gozando de cierta (y discreta) buena salud: María Elena Cruz Varela, Roberto Luque Escalona, Raúl Rivero Castañeda, Fernando Velázquez Medina, Manuel Díaz Martínez, Víctor M. Serpa Riestra, Nancy Estrada Galván, José Lorenzo Fuentes, y Bernardo Marqués Ravelo, que soy yo. Todos ahora en el exilio.  

Estos fueron los diez primeros,  a los que luego se sumaron, entre otros, el germanista Jorge Pomar Montalvo, ex combatiente internacionalista en las guerras de África y hasta ese momento militante del Partido Comunista de Cuba, el actor y cantante Alberto Pujol Parlá,  y el cineasta Ricardo Vega Figarola.                                                                                                                        

Creo que si algún valor tiene la muy traída —y llevada—  declaración, es la de sentar un precedente epocal.  Aunque sin pertenecer a una misma generación, los firmantes, por separado, sin previamente ponerse de acuerdo —hasta donde sé—, comprendieron que era el momento justo de hacer un pronunciamiento público que, al menos, salvara la honra para las siguientes promociones de cubanos.

Fueron días de zozobras, miedos, y casi terrores porque a cada hora nos sentíamos como lo que en realidad éramos: unos seres perseguidos, repudiados, desamparados a la buena de Dios —o del Diablo, uno nunca sabe—, que tenían que comenzar a esconderse, evitar los lugares congestionados, y poco a poco comenzar a ser los seres invisible de una saga que un gran escritor de ficción había escrito para nosotros.  Con lujo de detalles.

Puedo explicar, sin que experimente vergüenza u otro sentimiento de la misma laya, que el miedo era entonces una constante. Según un famoso y viejo precepto de psicología, “cuando el estímulo no varía, la tensión desaparece”. Y una bendita alborada de aquel verano de 1991 amaneció sin que el miedo se hiciera presente, y desde entonces comprendimos (al menos yo así me lo hice saber), que comenzaba a ser un hombre libre porque había expulsado mis desasosiegos de mis entrañas, de una vez y por —y para— toda la vida.                                                                                                                            

Tan sencillo o complicado como suena. Y desde entonces fui libre, entero y sin cortapisas. Y eso fue lo que gané en mi peripecia personal de aquellos días. De buenas a primera, y sin proponérmelo al menos conscientemente,  ya no sentí el miedo que me corroía las entrañas. Que me hacía sudar, temblar las piernas, y resecárseme la boca.

De aquel verano guardo un sin número de anécdotas. Que prefiero pasar por alto en este aniversario. Guardo un montón de gestos de solidaridad, firmeza, valentía, y otros de asombrosas pequeñeces humanas. Por suerte, son muy pocas.   

¿Qué ganamos y qué perdimos?

Perdimos la posibilidad de participar en la vida cotidiana de nuestros contemporáneos, perdimos nuestra presencia en la isla, perdimos tantas cosas que no vale la pena recordar. Ganamos, eso sí, la posibilidad de ser parte de la historia —con minúsculas, no hay que exagerar—, y ganamos algo más que no es posible explicar en breves golpes de teclas: ser libres, como nunca antes habíamos sido. 

Fuimos un puñado de mujeres y hombres que se levantó desde el silencio, la sombra y la desidia. Que, por un momento fuimos depositarios de lo mejor de nuestros coetáneos, además del quehacer y  ejecutoria de los mártires y héroes de esta larga y denodada lucha por conquistar los espacios de libertad que se merecen los descendientes de Félix Varela, José Caballero de la Luz, Agramonte, José Martí, y Antonio Maceo, por no hacer excesiva la enumeración. 

Han pasado quince años. Y me parece que el tiempo no ha transcurrido. Pero lo ha hecho, y de qué manera. El tirano ya está decrépito, y de qué forma. El poco prestigio que le quedaba entonces, ha rodado por el suelo, lleno de cieno, por no utilizar un epíteto de un calibre mayor. Hoy estamos más cerca de la luz. Permanecemos a punto de romper las tinieblas, de una vez y para siempre.  

Miami, en los primeros días de junio de 2006            

 

 

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