QUINCE AÑOS DESPUÉS
En ocasión del aniversario de la firma de una declaración
Por
Bernardo Marqués-Ravelo
Miami—
Es cierto:
no fuimos los primeros. Antes que nosotros Ricardo Bofill,y
Elizardo Sánchez, entre otros —y por ejemplo—, ya habían creado la
primera organización para defender los derechos humanos, conculcados en
la isla desde el mismo triunfo de la “Involución”, como le gusta decir a
una amiga entrañable.
Se ha
dicho, en estos tres lustros, que poco o nada se consiguió con la
Declaración de los Intelectuales Cubanos. Y que el texto en cuestión era
muy tímido. Que debió ser más agresivo, o más viril. Y que los reclamos
contentivos en esa hoja es —fueron— una entelequia, o sencillamente no
pasó de ser una algazara de un puñado de intelectuales irresponsables
para centrar en ellos —nosotros— los ojos de la prensa extranjera.
Y de
los adversarios de la Plaza de la Revolución. No es cierto o, para
decirlo de una manera más adecuada o diplomática: están equivocados.
En
estos quince años transcurridos, el régimen de La Habana sigue igual. O
sea: que el cuartito está igualito: no hay pan ni libertad ni justicia.
Y escasea todo, empezando por lo más elemental. Y de ello, por ejemplo,
puede dar cuenta la muy famosa —y sombría—
Primavera Negra,
de
marzo de 2003,
cuando los gendarmes
de Castro arrastraron a las cárceles a 75 luchadores por la libertad y
la democracia.
Pedimos entonces, lo que podíamos pedir, y estaba a nuestro alcance:
“Elecciones directas a la Asamblea nacional, sin restricciones;
eliminación de las exclusiones migratorias; reactivación de los mercados
libres campesinos, para evitar la hambruna que se nos avecina; petición
de asistencia a los organismos especializados de Naciones Unidas, con el
fin de paliar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la
mortalidad; y decretar amnistía a todos los presos de conciencia y a
aquellos que intentaron abandonar el país de forma clandestina: No se
puede condenar a un ser humano por seguir el dictado de su instinto de
conservación.”
Y
con la excepción de Manuel Granados —que falleció en Francia poco
después de salir al exterior, casi inmediatamente de la
firma del documento—, todavía están
(estamos)
vivos y gozando de
cierta (y discreta) buena salud:
María Elena Cruz Varela,
Roberto Luque Escalona, Raúl Rivero Castañeda, Fernando Velázquez
Medina, Manuel Díaz Martínez, Víctor M. Serpa Riestra, Nancy Estrada
Galván, José Lorenzo Fuentes, y Bernardo Marqués Ravelo, que soy yo.
Todos ahora en el exilio.
Estos
fueron los diez primeros, a los que luego se sumaron, entre otros, el
germanista Jorge Pomar Montalvo, ex combatiente internacionalista en las
guerras de África y hasta ese momento militante del Partido Comunista de
Cuba, el actor y cantante Alberto Pujol Parlá, y el cineasta Ricardo
Vega
Figarola.
Creo que
si algún valor tiene la muy traída —y llevada— declaración, es la de
sentar un precedente epocal. Aunque sin pertenecer a una misma
generación, los firmantes, por separado, sin previamente ponerse de
acuerdo —hasta donde sé—, comprendieron que era el momento justo de
hacer un pronunciamiento público que, al menos, salvara la honra para
las siguientes promociones de cubanos.
Fueron
días de zozobras, miedos, y casi terrores porque a cada hora nos
sentíamos como lo que en realidad éramos: unos seres perseguidos,
repudiados, desamparados a la buena de Dios —o del Diablo, uno nunca
sabe—, que tenían que comenzar a esconderse, evitar los lugares
congestionados, y poco a poco comenzar a ser los seres invisible de una
saga que un gran escritor de ficción había escrito para nosotros. Con
lujo de detalles.
Puedo
explicar, sin que experimente vergüenza u otro sentimiento de la misma
laya, que el miedo era entonces una constante. Según un famoso y viejo
precepto de psicología, “cuando el estímulo no varía, la tensión
desaparece”. Y una bendita alborada de aquel verano de 1991 amaneció sin
que el miedo se hiciera presente, y desde entonces comprendimos (al
menos yo así me lo hice saber), que comenzaba a ser un hombre libre
porque había expulsado mis desasosiegos de mis entrañas, de una vez y
por —y para— toda la
vida.
Tan
sencillo o complicado como suena. Y desde entonces fui libre, entero y
sin cortapisas. Y eso fue lo que gané en mi peripecia personal de
aquellos días. De buenas a primera, y sin proponérmelo al menos
conscientemente, ya no sentí el miedo que me corroía las entrañas. Que
me hacía sudar, temblar las piernas, y resecárseme la boca.
De aquel
verano guardo un sin número de anécdotas. Que prefiero pasar por alto en
este aniversario. Guardo un montón de gestos de solidaridad, firmeza,
valentía, y otros de asombrosas pequeñeces humanas. Por suerte, son muy
pocas.
¿Qué
ganamos y qué perdimos?
Perdimos
la posibilidad de participar en la vida cotidiana de nuestros
contemporáneos, perdimos nuestra presencia en la isla, perdimos tantas
cosas que no vale la pena recordar. Ganamos, eso sí, la posibilidad de
ser parte de la historia —con minúsculas, no hay que exagerar—, y
ganamos algo más que no es posible explicar en breves golpes de teclas:
ser libres, como nunca antes habíamos sido.
Fuimos un
puñado de mujeres y hombres que se levantó desde el silencio, la sombra
y la desidia. Que, por un momento fuimos depositarios de lo mejor de
nuestros coetáneos, además del quehacer y ejecutoria de los mártires y
héroes de esta larga y denodada lucha por conquistar los espacios de
libertad que se merecen los descendientes de Félix Varela, José
Caballero de la Luz, Agramonte, José Martí, y Antonio Maceo, por no
hacer excesiva la enumeración.
Han pasado
quince años. Y me parece que el tiempo no ha transcurrido. Pero lo ha
hecho, y de qué manera. El tirano ya está decrépito, y de qué forma. El
poco prestigio que le quedaba entonces, ha rodado por el suelo, lleno de
cieno, por no utilizar un epíteto de un calibre mayor. Hoy estamos más
cerca de la luz. Permanecemos a punto de romper las tinieblas, de una
vez y para siempre.
Miami, en los primeros días de junio de 2006